Temor
El trabajo continuaba. Cada día lo mismo.
La rutina pesaba de tal manera que el pensamiento ya no era propio. Ningún cambio. Nunca.
Las agujas seguían su ritmo sobre la tela, con la misma cadencia de siempre.
El murmullo constante de las máquinas… lo cubría todo.
Sin embargo, había algo que no se sabía identificar pero ahí estaba, perenne, constante, casi infinito, marcando los días como un reloj marca las horas.
Indemne. Impertérrito. Algo que no se mostraba a la vista, que no se decía con palabras. Pero estaba.
Las muchachas ya no se movían de la misma manera. La cadencia ya se había afianzado en ellas. Había una pausa antes de cada gesto. Un segundo de duda antes de levantar la cabeza. Un cálculo silencioso antes de mirar a un lado u otro.
De alguna manera, el miedo había encontrado un lugar preferente.
Alicia cosía con la vista fija en la tela.
No levantaba la cabeza más de lo necesario.
Sus manos seguían el ritmo que se esperaba de ella, pero su cuerpo estaba tenso.
Cada vez que una monja pasaba a su lado, el pulso se le aceleraba sin motivo aparente…
O quizá sí. Desde hacía días notaba su cuerpo extraño, distinto.
Más pesado. Más lento. Como si algo en su interior no terminara de encajar.
Había engordado demasiado y su vientre empezaba a mostrar una evidencia que aún no comprendía del todo.
Se llevó una mano al vientre sin darse cuenta, pero la retiró enseguida.
Pensó que era el cansancio acumulado día tras día, pero los mareos y ese nudo constante en el estómago no desaparecían. No debía pensar en ello.
Pero las palabras volvieron. Todas esas frases que oían a diario en la homilía. Cada vez estaban más integradas en sus cabezas.
El pecado empieza en el pensamiento.
La mujer debe ser modesta.
La obediencia protege.
Aquellas palabras no desaparecían, se quedaban impresas en la memoria. Se repetían incluso cuando nadie las pronunciaba machacando la mente a cada instante.
Alicia no preguntaba nada, realmente nadie se atrevía a hacerlo. ¿O era quizá porque no quería saber?
Ana, que trabajaba unos puestos más allá, ya no miraba a nadie.
Y aunque sus movimientos eran más lentos, ya había aprendido.
Todo en ella era más medido: los gestos, la forma de moverse, incluso la manera de respirar, como si cada uno de ellos tuviera que atravesar primero el recuerdo del dolor vivido antes de sentirlo como real.
Laura lo veía todo. Lo controlaba todo sin apenas levantar la vista, pero sus ojos no dejaban de moverse de un lado para el otro. Había aprendido a no anticiparse. Las palabras también intentaban entrar en ella, pero no encontró culpa en ellas, encontró otra cosa: silencio.
Ya apenas levantaba la cabeza, no necesitaba hacerlo, había algo instintivo en ella que le indicaba que se respiraba algo distinto en aquella sala de costura; y no solo era el silencio que cada vez era más denso, era la forma en la que se sostenía.
Antes era impuesto con la fuerza, sin embargo, ahora era aceptado, integrado en el cuerpo… y en el alma.
Veía cómo Alicia cada vez se encogía más sobre sí misma. Veía cómo Ana evitaba cualquier contacto. Veía cómo las demás repetían gestos que ya no cuestionaban. Y comprendió algo: no necesitaban castigarlas todo el tiempo. Bastaba con hacerles creer que lo merecían.
Una de las muchachas dejó caer una tijera al suelo. El sonido del golpe fue tan seco, que sacó a todas de su ensimismamiento. Un estruendo hizo que, por un instante, los corazones parecieran salirse del pecho.
Durante un segundo, todo se detuvo. Nadie se movió.
La muchacha tardó unos segundos en agacharse a recogerla. Sus manos temblaban mientras lo hacía.
Una de las monjas supervisoras levantó la vista desde el otro lado de la sala. No dijo nada pero la miró fijamente; y eso… fue suficiente.
El trabajo continuó sin más después del sobresalto. Como siempre. Laura apretó ligeramente la aguja entre los dedos sin levantar la vista. Ella ya lo sabía: ya no hacía falta castigar. El castigo ya lo llevaban dentro.