Pido Perdón Indignidad
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Indignidad

El trabajo había vuelto a ocupar la sala como si nada hubiera ocurrido.

En realidad, nada había ocurrido a ojos de las demás, salvo para Laura.

Las agujas seguían entrando y saliendo de la tela con el mismo ritmo de siempre.

El ruido constante de las máquinas y el roce de los hilos llenaban el aire con un zumbido monótono que terminaba por adormecer el pensamiento.

A la tarde vendría la lavandería, y así cada día… siempre igual, siempre el mismo ciclo.

Laura trabajaba con la cabeza inclinada, pero su mente no dejaba de moverse.

Pensaba. Daba vueltas a lo que veía y escuchaba cada día intentando encontrar alguna explicación a tanto horror, vigilante a todo lo que le pudiera ayudarla a elaborar un patrón que le permitiera entender aquel lugar… o tal vez, algún día, salir de allí.

Habían pasado varias semanas y, aunque Ana se iba encontrando mejor, seguía débil. La comida no era buena, y menos para una chica de su edad y el momento por el que estaba pasando.

Desde su sitio, Laura podía ver a Ana unos metros más allá, cambio que se había producido por la vigilancia extrema después de lo ocurrido. La muchacha seguía cosiendo más despacio que las demás, y cada cierto tiempo detenía las manos unos segundos antes de volver a mover la aguja.

Era como si su cuerpo hubiera regresado al trabajo antes que su propia vida.

Pero nadie le decía nada. Nadie preguntaba, solo parecían apreciar que algo había ocurrido con ella. Tampoco nadie podía ayudarla, ya se sabía muy bien el castigo que llegaba con ello.

Lo comprobaban cada día cuando alguna faltaba al trabajo y, cuando regresaba, su cuerpo lento y machacado por los golpes condicionaba su ritmo durante un tiempo.

Aun así, las monjas no permitían que aquello se hiciera visible demasiado tiempo.

El trabajo debía continuar como si nada hubiera sucedido.

A media mañana, mientras Laura recobraba una bocanada de aire en medio del trabajo y volvía a bajar la mirada hacia la tela, oyó unas voces.

Venían del pasillo que comunicaba con la lavandería. Dos monjas hablaban sin preocuparse demasiado de bajar la voz, como si nadie pudiese oírlas.

—Menudo espectáculo dejó la sordomuda —dijo una con desprecio.

La otra soltó una risa seca.

—Normal. Mira cómo vienen algunas. Como animales.

Laura siguió cosiendo, pero puso más atención a la escucha.

—¿Sabes lo que dijo el médico? —continuó la primera.

—¿Qué?

—Que esa ya no va a parir más en su vida.

Hubo un breve silencio.

—Mejor —respondió la otra—. Bastante desgracia sería que una criatura naciera de algo así.

La primera volvió a reír.

—Si es que parecen tontas. Se dejan tocar por cualquiera y luego pasa lo que pasa.

Laura sintió cómo la aguja se detenía un segundo entre sus dedos y se le clavaba en el corazón. Sabía muy bien de quién hablaban.

—Ahora ya está arreglado —siguió diciendo la monja—. Ni hijos ni problemas.

—Más nos vale. Bastante tenemos ya con limpiar la suciedad que traen aquí.

Laura no levantó la cabeza, pero permaneció atenta a las voces que continuaron con su conversación.

—Aunque espérate —añadió la segunda—. Que todavía queda la otra que llegó el mismo día.

—¿Cuál?

—La del pelo oscuro.

Laura supo inmediatamente a quién se referían.

—Esa viene igual —dijo la monja con desprecio—. Ya verás cuando empiece a notarse. Pero que no se preocupe. Aquí no hay tiempo para crianzas.

—Otra que no supo tener las piernas cerradas.

Las dos rieron.

—Pues aquí aprenderán a cerrarlas —dijo una finalmente—. Aunque tengamos que sacarles el pecado a golpes.

Hizo una pausa breve.

—Mañana corto unas ortigas y verás cómo se les quitan las ganas de abrirlas más.

Las voces se alejaron por el pasillo.

Laura sintió cómo la indignación llenó su pecho de ira y un profundo dolor. No hizo nada, solo apretó los labios tan fuerte que, sin darse cuenta se pinchó con la aguja y ese dolor la devolvió a la realidad. Automáticamente se llevó el dedo a la boca.

Permaneció inmóvil durante unos segundos. Después, levantó la vista y buscó a Alicia entre las mesas. Ella seguía cosiendo. Laura ya lo sabía desde aquella noche, y también había notado que su barriga comenzaba a redondearse cada vez más bajo la bata.

De pronto comprendió lo ocurrido, algo que hasta entonces había preferido no pensar. Lo sucedido con Ana no había terminado, ni con ella, ni con ninguna de las otras. Ya había percibido que alguna estaba engordando más de lo normal a medida que pasaban los días.

Sus cabos sueltos comenzaban a unirse por sí solos. Solo había que prestar algo más de atención. Y Laura no había dejado de hacerlo desde que llegó.