Pido Perdón Indefensión
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Indefensión

Los días iban pasando y nada cambiaba en la rutina diaria.

Salvo algún quejido o llanto nocturno cuando se pensaba que nadie podía escuchar.

Laura tardó en cerrar los ojos. Le costaba dormir y lo hacía poco desde que había llegado allí. Había aprendido a mantener una parte de su atención despierta incluso cuando el cuerpo necesitaba descanso. Escuchaba. Ella siempre escuchaba. Fue entonces cuando oyó el primer sonido.

No fue un gemido claro. Fue más bien una respiración irregular, como si alguien tratara de contener el aire dentro del pecho.

Giró ligeramente la cabeza hacia la cama contigua donde descansaba Ana, que se movía bajo la manta.

Sus manos se agarraban a la tela como si el cuerpo intentara doblarse sobre sí mismo.

Laura esperó unos segundos pensando que quizá hubiesen sido sus propios pensamientos que, en su constante observación, le jugasen una mala pasada.

Pero Ana volvió a moverse y, esta vez, un sordo y desgarrador sonido salió de su garganta con más fuerza. No era una palabra. Era un ruido profundo, extraño, que parecía venir desde dentro del cuerpo.

Laura se incorporó despacio y se acercó a su cama…

—Ana… —susurró.

No respondió. Solo volvió a doblarse sobre sí misma, apretando las manos contra el vientre. El dolor no se podía fingir y, aunque no pudiera expresarlo en palabras, era evidente que estaba sufriendo.

Laura apartó la manta con cuidado y puso su mano en la frente de Ana.

Comprobó que estaba cubierta por sudor y con la poca luz que se filtraba por las ventanas, pudo ver que tenía los ojos muy abiertos.

El rostro desencajado por el dolor, que no la dejaba respirar con normalidad; cada movimiento del cuerpo parecía atravesarla como cuchillos.

—Ven —murmuró Laura.

La ayudó a incorporarse. Le puso una manta encima y la tomó de los brazos para poder acompañarla hasta los aseos.

Apenas podía sostenerse en pie. Se apoyó en Laura mientras caminaban despacio hacia el fondo del dormitorio.

Los aseos estaban al final del pasillo, donde el olor a humedad y jabón viejo siempre flotaba en el aire.

Cuando llegaron, Ana ya no pudo mantenerse en pie. Señaló la taza del váter y Laura la ayudó a sentarse sobre ella.

Fue entonces cuando vio la sangre. Y la hilera de gotas que habían ido dejando por el camino. Comprobó la gran mancha oscura que se extendía por el camisón.

Laura sintió cómo el corazón le golpeaba dentro del pecho. No preguntó nada. Solo sospechaba.

Miró a Ana sosteniéndole la mirada con la intención de trasmitirle calma y aprobación.

—Tranquila —le dijo mientras la sostenía entre sus brazos cuyo cuerpo temblaba como si un frío intenso se hubiera apoderado de ella—. No te dejaré sola.

Ana emitía sonidos entrecortados, ahogados, como si el dolor buscara salida y no encontrara forma de hacerlo.

Laura miraba constantemente hacia la puerta. Nadie debía verlo. Nadie debía saber que estaban allí.

Cuando volvió la vista al reguero de sangre del suelo, hizo un ademán indicando que iba a buscar algo para limpiarlo y la dejó sentada mientras recogía los restos de sangre que se habían quedado por el camino.

—No te muevas… vengo enseguida—susurró, aunque sabía que Ana no podía oírla.

Ana se quedó sola en la penumbra del aseo, balanceando el torso hacia delante para amortiguar los espasmos que le devoraban el vientre. El tiempo pareció detenerse allí, entre el frío del aseo y el olor metálico que dejaba la sangre en el ambiente y que empezaba a llenar el pequeño cuarto de baño.

No podía oír el sonido de los trapos frotando sobre las baldosas, percibía en la planta de sus pies descalzos la vibración de los pasos rápidos de Laura, un pulso apresurado y clandestino que la mantenía anclada a la vida.

El frío del suelo se le subía por las piernas recordándole la vulnerabilidad de su carne herida, pero ver la silueta borrosa de su compañera moviéndose en la oscuridad la salvaba de volverse a quebrar.

En mitad de aquel desamparo absoluto, el terror de la sangre disminuía gracias a esa presencia muda; no hacían falta palabras ni signos perfectos cuando el único idioma necesario era el amparo de unos brazos que no la dejaban caer.

Cuando Laura regresó a su lado, parecía que el dolor había remitido al ver que el rostro de Ana estaba más calmado.

—Ven, te ayudo a levantarte.

En ese momento Ana le señaló el inodoro y, con un gesto, quiso decir que «aquello» había salido de ella.

Laura se acercó y apretó los dientes al comprobar lo que flotaba en el agua. Mientras seguía sujetando a Ana, mordió su labio inferior y cerró los ojos antes de tirar de la cadena para que el agua se llevara los restos.

Después volvieron al dormitorio lentamente, mirando a cada momento para comprobar que no fueran descubiertas. Afortunadamente eran horas en las que no había demasiada vigilancia por ser madrugada avanzada.

Ana cayó sobre la cama sin fuerzas. Seguía muy caliente. Laura tiró de la manta hasta cubrirla. Durante un momento permaneció arrodillada junto a ella. La tomó de las manos y se las besó.

Laura sintió cómo aquella pequeña niña había dejado de serlo sin siquiera intuir lo que le había ocurrido esa noche. Su rostro parecía tranquilo cuando Laura regresó a su cama, pero no dejó de observarla durante toda la noche.

Sabía que algo había cambiado en Ana a partir de ese momento; y también en su propio corazón. Pero también sabía que, en aquel lugar, lo peor siempre llegaba después.

Cuando amaneció, el dormitorio comenzó a moverse lentamente. Las muchachas se levantaban una a una como cada mañana. Vestirse, doblar el camisón, colocarse en fila… El mismo orden de siempre.

Pero Ana no lo hizo, no se levantó con las demás. Una de las monjas lo advirtió enseguida. Y se fue para ella como alma que lleva el diablo.

—Tú —dijo acercándose a la cama y retirando de mala manera la manta que la cubría— Sal de ahí ahora mismo.

Al hacerlo, el olor apareció antes que la imagen. Sin embargo, la imagen era desoladora. La sábana estaba empapada. La sangre había traspasado la tela hasta el colchón.

Durante un instante nadie dijo nada. Todas permanecieron inmóviles frente a sus camas, mirando al frente como se les había enseñado. Ana permanecía inmóvil sobre el charco de sangre, con el rostro completamente descolorido.

La monja comenzó a zarandearla pero Ana no respondía. Le puso la mano en la frente y comprobó que estaba ardiendo. Al momento llamó a otra monja.

—Saca a las chicas de aquí y avisa a la enfermería.

Todas las demás salieron del cuarto, las que estaban cerca de la cama de Ana pudieron comprobar el estado en el que se encontraba al echar una rápida mirada mientras caminaban hacia la salida.

Laura mantuvo la mirada fija hacia delante mientras apretaba las manos y los labios al pasar delante de la cama de Ana.

Ella lo vio todo. Lo sabía todo, pero lo único que quería en ese momento era comprobar si Ana seguía con vida. No parecía que la vida la estuviera sosteniendo.

Cuando llegaron los refuerzos con una silla de ruedas, entre las dos monjas levantaron el cuerpo inerte de Ana. Su cuerpo parecía demasiado ligero, como si parte de ese peso se hubiera quedado en la cama. Sus pies descalzos arrastraron por el suelo mientras la sacaban del dormitorio.

La enfermería estaba al final del pasillo principal. Era una habitación pequeña donde el olor cambiaba. Allí no había jabón ni humedad. Olía a alcohol, a metal, a algo que siempre hacía que las muchachas respiraran más despacio cuando pasaban por delante.

Ana fue colocada sobre la camilla sin demasiadas explicaciones. El médico llegó poco después. No parecía sorprendido. Había visto aquello demasiadas veces. Miró a la muchacha durante unos segundos y habló con la monja en voz baja.

Después se acercó. Su temperatura casi rozaba los cuarenta grados. El médico le tomó una vía en el brazo para introducirle un medicamento para que le bajara la fiebre. Luego tomó el instrumental que despidió un destello brillante bajo la luz.

En ese momento, Ana volvió en sí, no comprendía lo que estaba ocurriendo, su cuerpo comenzó a tensarse, el dolor llegó de inmediato cuando el médico introdujo de un golpe seco el espéculo helado.

Un sonido ahogado salió de su garganta antes de que pudiera contenerlo. No era una palabra. Era un sonido desgarrado, profundo.

La monja la sujetó por los hombros.

—Quieta —dijo sin más.

Ana intentó incorporarse mientras el dolor seguía ahogado en su llanto sin sonidos.

El médico continuó trabajando con rapidez, rasgando su interior sin el más mínimo cuidado ante el dolor que Ana mostraba.

El sonido volvió a salir de su garganta, más fuerte esta vez. La monja tomó un paño y lo presionó contra su boca, apenas dejándola respirar, mientras el sonido quedaba atrapado en la tela.

Durante varios minutos solo se escuchó el metal, la respiración agitada y aquellos gemidos ahogados, desgarrados de una niña de trece años.

Cuando todo terminó, el médico se quitó los guantes.

—Ya está.

Ana se convulsionaba sobre la camilla. Nadie dijo nada más.

Dos días después, la puerta de la sala de trabajo se abrió de nuevo para ella.

Apenas podía tenerse de pie y caminaba con dificultad.

Su cara estaba pálida. Los ojos hundidos.

Incluso parecía más pequeña, como si hubiera encogido.

Era porque el dolor le impedía ponerse derecha.

Pero estaba prohibido mostrarle cualquier tipo de ayuda.

Las agujas seguían entrando y saliendo de la tela cuando la monja se detuvo junto a la mesa.

—A tu sitio —indicó con un gesto. Nada más.

Ana se sentó con cuidado. Difícilmente podía mantenerse sentada cinco minutos seguidos. Tomó la aguja. Sus manos tardaron unos segundos en comenzar a moverse. Luego lo hicieron, más despacio, pero siguió con la faena como todas las demás.

Laura levantó la vista un instante buscándola, pero Ana no la miró.

La aguja volvía a entrar en la tela, una y otra vez, y el trabajo continuó como si nada hubiera ocurrido.