Pido Perdón Vergüenza
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Vergüenza

Las muchachas se desvistieron deprisa evitando mirarse.

El cansancio del día pesaba en los hombros como si alguien hubiera colocado una piedra invisible sobre cada cuerpo.

El trabajo del domingo había sido distinto, pero no más ligero.

Las manos seguían ardiendo por dentro y los cuerpos caían sobre los lechos como los fardos de camisas que habían cosido durante el día.

El dormitorio se quedó en aparente silencio cuando las luces se apagaron. Las camas se alineaban en la oscuridad como si formaran parte de un mismo mueble. Solo se escuchaban respiraciones, algún crujido de madera y el roce ocasional de una manta al acomodarse.

Alicia se quedó un instante sentada en el borde de la cama antes de acostarse.

Sentía el estómago revuelto desde la tarde.

Pensó que quizá había sido el olor dulce de los caramelos o el calor de la sala de costura, pero la sensación no desaparecía.

Se tumbó de lado y cerró los ojos intentando que el mareo pasara.

Laura permanecía despierta atenta a cualquier ruido que pudiera identificar.

Había aprendido a dormir poco; para ella todo lo que pasaba le resultaba importante.

Al final el cuerpo terminaba acostumbrándose cuando el descanso no dependía solo de una misma.

Miraba las sombras del techo mientras repasaba mentalmente el día y todo lo que había acontecido en él, escudriñando cada gesto, cada palabra, como siempre hacía desde que llegó allí y así poder entender mejor.

Era su manera de comprender dónde estaba y qué podía esperar de cada jornada.

Pero algo no encajaba esa noche.

Giró ligeramente la cabeza hacia la cama de Alicia.

Estaba sentada en el borde de la cama, pudiendo percibir sus leves quejidos de incomodidad.

Supuso que, como las demás, estaba más cansada de lo habitual.

La había visto trabajar más despacio aquella tarde.

También había notado cómo apartaba la cara cuando el olor de los caramelos se hacía más fuerte.

No era la primera vez en los últimos días.

Laura permaneció en silencio unos segundos.

—Alicia… —susurró finalmente.

Alicia abrió los ojos en la oscuridad y miró hacia la cama de Laura, comprobando antes de que nadie pudiera oírlas.

—¿Qué?

—¿Te encuentras mal?

—Un poco… nada más.

Se llevó una mano al vientre de forma casi inconsciente y Laura se dio cuenta de ello al instante. Sin embargo, guardó silencio unos segundos más antes de volver a preguntar:

—¿Cuándo fue la última vez?

Alicia frunció ligeramente el ceño.

—¿La última vez de qué?

Laura se inclinó apenas unos centímetros para acercarse más a ella.

—La regla.

La palabra quedó suspendida entre las dos. Alicia no respondió inmediatamente extrañándose de la pregunta de Laura pero en ese momento no podía atar cabos. El silencio se alargó tanto que Laura llegó a pensar que no contestaría.

—No lo sé —susurró al fin—. Hace tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

Alicia movió ligeramente la cabeza contra la almohada.

—Desde antes de llegar aquí.

Ya no necesitó preguntar nada más.

En la cama contigua, Ana se movió ligeramente bajo la manta. No podía oír lo que decían, pero percibía la tensión en el aire. Giró la cabeza y miró hacia ellas en la oscuridad, intentando entender lo que ocurría.

Alicia, tumbada boca arriba seguía mirando al techo. Colocó las dos manos sobre su vientre…

—No creo que sea nada —añadió, casi para convencerse a sí misma.

Cerró los ojos con fuerza. No necesitaba pensar demasiado para recordar cuándo había sido la última vez que su cuerpo había dejado de pertenecerle.

Solo un recuerdo apareció confuso en su mente.

No fue un recuerdo completo, solo fragmentos: una puerta cerrándose…

un olor conocido… una mano demasiado pesada sobre su hombro…

La vergüenza le subía por la garganta como si fuera otra forma de fiebre.

Quiso llorar, pero el cansancio la venció antes y se quedó dormida casi al instante.

Laura no respondió. Sabía que sí era algo. Y también sabía que Alicia ni siquiera lo sospechaba. No quería decir lo que ya sabía. No quiso decir en voz alta lo que ya había entendido.

En la cama contigua, Ana seguía observando en la oscuridad sin comprender del todo lo que estaba ocurriendo. Solo pudo intuir que algo había cambiado.

El dormitorio volvió a quedarse en silencio.

Pero aquella noche ninguna de las tres durmió igual.

Laura permaneció despierta durante un tiempo más.

Miraba las sombras que el techo reflejaba a través de las ventanas que dejaban ver los movimientos de las ramas de los árboles del espacio exterior, mientras su mente seguía calculando en silencio.

Cuando volvió a mirar hacia la cama de Alicia, ya no tenía ninguna duda.