Pido Perdón Sumisión
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Sumisión

Salieron de la capilla en fila, igual que habían entrado.

Nadie habló. Como siempre.

El incienso quedó suspendido en el aire frío detrás de ellas, pero las palabras del sacerdote caminaban aún entre los bancos, pegadas a las paredes, como si hubieran quedado atrapadas en la madera vieja.

Al atravesar el umbral del pasillo, el silencio cambió de forma.

Ya no era el silencio de la oración, del rezo impuesto.

Era otro más vigilado y sin embargo, todavía más sobrecogedor.

Las monjas avanzaban a los lados de la fila sin decir nada.

No hacía falta. Todas sabían qué hacer, a dónde dirigirse, y cuál iba a ser el siguiente paso.

Aunque los domingos parecían diferentes, el trabajo incesante era el mismo: elaboraban muñecos de tela huecos cuyo interior se rellenaba de caramelos.

Después servían para guardar el pijama de los niños durante el día.

Alicia mantenía la cabeza inclinada hacia adelante, apenas la levantaba a lo largo del día.

Había rezado con fervor durante la misa, repitiendo cada palabra como si en ello pudiera encontrar algún alivio.

Sin embargo, al levantarse del banco sentía el peso de algo que no desaparecía.

El sermón había caído sobre ella como una confirmación de lo que ya creía: si estaba allí era porque había fallado, porque no había sabido protegerse, porque no había sido lo suficientemente fuerte.

Todavía seguía moviendo los dedos sobre un rosario imaginario que creía seguir sosteniendo entre las manos.

Ana caminaba unos pasos más atrás. Observaba a las otras muchachas para copiar sus gestos.

Se persignaba cuando ellas lo hacían, inclinaba la cabeza cuando veía que las demás la inclinaban.

La misa había sido para ella un movimiento continuo de cuerpos que obedecían una señal invisible.

No había comprendido nada, pero había sentido algo: una intensidad que le oprimía el pecho.

De vez en cuando buscaba con la mirada a Laura, como si con ella confirmara que lo estaba haciendo bien o que alguien allí pudiera entender lo que ella sentía.

Laura caminaba con los ojos fijos en el suelo, lo justo para no parecer diferente. Por dentro repetía algunas frases del sermón con una precisión fría, como quien memoriza un discurso que sabe que volverá a oír muchas veces.

La mujer ha sido llamada a la modestia. La obediencia protege. La rebeldía trae sufrimiento.

No necesitaba levantar la vista para saber que aquellas palabras no eran solo religión. Eran una orden.

Al llegar al final del pasillo, la monja abrió la puerta de la sala de trabajo.

El olor cambió inmediatamente. El incienso desapareció bajo el aroma dulce del caramelo.

Podía haber invitado a sonreír al entrar, pero no era así.

La aguja estaba preparada desde el último día.

Todo era igual. El trabajo no se detenía hasta la hora de la cena.

—A vuestro sitio —ordenó la monja.

No hubo más explicación.

Cada una de las chicas ya conocía su lugar. Se distribuyeron por las mesas de costura e iban llenando los cuerpos de tela de los pequeños muñecos que abrazaban con sus manos las rodillas en una postura graciosa, y en sus caras cosidas, se dibujaba una sonrisa inmóvil.

El ruido de las máquinas comenzó poco a poco, primero una, luego otra, hasta llenar el espacio con ese zumbido constante que hacía imposible cualquier conversación.

Las manos no paraban, debían estar siempre en movimiento.

Alicia se sentó en su puesto y tomó la aguja con cuidado.

No por delicadeza, sino porque sus manos estaban tan deterioradas por la costura que, al menor roce, los dedos volvían a sangrar.

No era solo dolor. Cada puntada era también una forma de obediencia.

Si cosía bien, si no cometía errores, si no llamaba la atención…

quizá algún día podría demostrar que merecía otra oportunidad.

Al otro lado de la mesa, Ana trataba de seguir el ritmo de las demás. Sus dedos se movían con torpeza al principio; sin embargo, cada día iba adquiriendo más destreza. Introducía los caramelos dentro del muñeco, cuatro de cada vez. Sus pequeñas manos no daban para más.

Mientras cerraba uno de los muñecos, Laura notó que una de las muchachas doblaba un pequeño trozo de papel que introdujo dentro antes de subir la cremallera. Miró a su alrededor con discreción. Nadie parecía observar en ese momento. No dijo nada, pero tomó nota.

Una a una se iban cerrando las cremalleras que llevaba el muñeco en su espalda y los iban colocando con su forma característica, en una hilera, para que otra compañera los acomodara después en sus cajas correspondientes.

Cuando la tapa se cerraba, podía leerse impreso en la parte superior:

Confitería España.

Corredera Alta s/n. Madrid.

En la otra parte de la sala, dos monjas descargaban varios sacos de tela sobre una mesa grande. No era habitual ver tanto material junto. Y menos en domingo.

—Esto tiene que estar listo hoy mismo. El pedido es grande.

Laura levantó ligeramente la vista —¿pedido?, se preguntó—. Entonces comenzó a entender. Sus sospechas comenzaban a tener sentido.

No estaban allí para aprender, estaban allí para producir.

Las camisas llegaban en grandes paquetes de tela gris.

No estaban terminadas. Algunas tenían los botones sueltos o a medio coser, otras llevaban los hilos de la máquina colgando, como si alguien las hubiera abandonado a medio hacer.

Otras tenían algún que otro descosido o agujero de costura de máquina industrial que solo podían ser cosidos a mano.

Las chicas se sentaban alineadas en esas grandes mesas alargadas y comenzaban a coser.

El trabajo se hacía en cadena repasando cada una de las camisas a conciencia.

Botón tras botón. Puntada tras puntada: unas repasaban los descosidos, otras pegaban botones, otras revisaban cada prenda para cortar los hilos sobrantes.

Después venía el planchado y el doblado.

Una vez estaban perfectamente plegadas, se procedía a colocar las etiquetas en su interior para después introducirlas en una bolsa de celofán, y así, se iban colocando en su caja de cartón correspondiente.

En la tapa se podía leer impresa en tinta azul el mismo nombre del almacén y su dirección en Madrid.

Grandes Almacenes Capital

Gran Vía - Madrid

Las cajas se cerraban enseguida y se apilaban unas encima de otras al final de la mesa. Ninguna podía saber para quién trabajaban, pero todas sabían leer… y estaba claro a dónde se dirigían. Lo único seguro era que al día siguiente, llegarían más camisas.

Las agujas salían y entraban de la tela durante horas. Una tras otra, sin poder levantar la vista del trabajo, sin poder estirar el cuerpo entumecido con la postura en horas interminables. Aguantando incluso las ganas de orinar hasta que no podían más.

No había permiso para eso. Algunas se lo hacían encima. Entonces llegaba el castigo. Otro más.

Los dedos se iban endureciendo con el paso de los días, pero aun así seguían pinchándose.

Estaban tan deterioradas que era difícil curar las heridas de un día para el otro.

Algunas muchachas envolvían las yemas con hilo que enrollaban para protegerse o con algún resto de tela sobrante. Aun así, no servía de mucho.

Cuando una gota de sangre aparecía sobre la tela blanca, el corazón se detenía un instante. Entonces ocurrió. Una mancha roja traspasaba la tela. Aquella muchacha se quedó inmóvil. Su cara expresaba el horror de lo que sucedería después.

La monja que caminaba entre las mesas lo vio enseguida.

—A la lavandería.

La camisa desaparecía del montón y debía lavarse en ese mismo momento.

Agua fría, jabón áspero, y frotar hasta que la mancha desapareciera.

Era la única forma de limpiar una mancha de sangre.

Después había que secarla y plancharla para devolverla exactamente al mismo lugar del que había salido.

Ese trabajo correspondía a la causante del error.

No estaría terminado hasta que la camisa quedara perfecta otra vez, como si nada hubiera ocurrido.

A veces, se hacía muy difícil lograrlo. Los dedos seguían sangrando mientras se iba frotando la tela debajo del agua fría hasta que el flujo de sangre cedía por sí solo.