Imposición
La casa no era grande, pero tampoco demasiado pequeña.
Tenía el tamaño justo para que todo estuviera cerca y, al mismo tiempo, para que Ana no encontrara ningún lugar donde resguardarse.
Entró detrás de él sin que nadie le indicara nada. No hizo falta. El recorrido estaba marcado de antemano, como si ya hubiera sido previsto para su llegada: ella no significaba nada.
El olor le resultó ajeno. No era el del centro, pero tampoco era un olor acogedor. Era un olor usado, gastado, como si las paredes hubieran absorbido demasiadas cosas y ya no quedara nada limpio en ellas.
Dejó el hatillo donde él le indicó, en una esquina que no parecía suya, aunque desde ese momento lo sería.
No hubo bienvenida. No hubo palabras. Solo una mirada rápida que parecía colocarla en su nuevo lugar.
Un instante después los vio. Estaban en la mesa, sentados, comiendo sin esperar a nadie.
Uno levantó la vista y la miró con descaro de arriba abajo, como si estuviera evaluando algo que no terminaba de encajarle.
El otro ni siquiera se molestó en hacerlo.
El mayor —casi de su edad— sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. No había curiosidad en sus ojos. Tampoco un rechazo abierto. Era algo más cercano al desprecio aprendido.
Ana se quedó quieta, no sabía dónde colocarse. Nadie le indicó que se sentara, tampoco nadie le ofreció nada. Solo entendió que debía moverse sin estorbar. Eso lo había aprendido muy bien.
Los platos ya estaban en la mesa. Se sentó en el lugar que había quedado libre. Tomó un bocado y lo tragó casi sin masticar. No pudo con el siguiente.
—Levántate temprano —dijo él sin mirarla directamente—. Aquí hay mucho que hacer.
Fue la primera frase completa que le dirigió desde que salieron del centro. No tenía tono. No era brusca, tampoco era amable. Era simplemente una orden.
Ana asintió sin pensarlo.
—Y no me des problemas —añadió después, mientras dejaba el vaso sobre la mesa.
Nada más. No hizo falta más. No entendía sus palabras, pero había aprendido a leer bien los gestos.
La había sacado de allí, no sin antes pasar por la bendición del sacerdote y de dejar el sobre —ya abultado—, en la sacristía. Ahora le pertenecía. El Estado y la Iglesia habían dado su beneplácito. Podía hacer con ella lo que quisiera.
La noche llegó sin transición. El trabajo en aquella casa la había dejado exhausta. Entonces entendió que todos los días iban a ser iguales. Los días no terminaban: se apagaban.
Ana se quedó en la habitación que le habían indicado. Una cama estrecha, una silla, una ventana pequeña que no abría del todo.
Se sentó primero y lo miró todo con cuidado. Después se tumbó. No pudo dormirse. El cuerpo no le respondía, dolía, pero ya no era el mismo dolor que sentía en el centro. Cuando oyó los pasos en el pasillo, los reconoció antes de entenderlos.
Se tensó. No se movió. No podía hacerlo, algo dentro de ella la paralizaba por completo. Su intuición le decía que iba a volver a pasar.
Entonces, en medio de la oscuridad lo sintió… el peso del cuerpo sobre el suyo llegó sin palabras. Sin aviso. Solo pudo cerrar los ojos. No podía gritar, no porque no quisiera. Ahora sabía que estaba allí para ser usada.
Los días empezaron a repetirse sin diferencia.
Se levantaba antes que nadie. Encendía el fuego en la cocina de leña y carbón.
Preparaba el desayuno. Limpiaba la casa.
Lavaba la ropa en la pileta de la cocina.
Mientras, iba preparando la comida para cuando los chicos regresaran del colegio. No había pausa entre una tarea y otra.
Las tardes eran algo distintas: a veces, podía sentarse un momento con la aguja y seguir con sus bordados. Ya no obligada como en el centro, ahora bordaba cuando quería y lo que ella quería.
El cuerpo le dolía todo el tiempo, y aunque no era un dolor nuevo, era distinto. Más continuo, más pegado a los huesos.
Nadie le daba instrucciones detalladas, tampoco hacía falta. Si algo no estaba bien, lo sabría. Cualquiera de los tres hombres con los que vivía se lo hacía notar enseguida.
Un día, olvidó lavar unos calcetines que se quedaron en la pileta. La casa estaba recogida, todo limpio y en su sitio y la comida ya preparada y en la mesa.
No importó. El reproche llegó igual. Siempre habría un motivo para el descrédito.
El hijo mayor empezó a moverse a su alrededor con una presencia cada vez más incómoda. No la tocaba, por lo menos no al principio, pero se acercaba demasiado.
Se quedaba en los marcos de las puertas observándola. Entraba en la cocina sin necesidad. Eso le daba ventaja.
—Aquí no se hacen las cosas así —dijo una vez, quitándole el trapo de las manos—. Si eres amable con mi padre también lo puedes ser conmigo —añadió.
Ana no respondió. Se quedó quieta pero le miró de frente sosteniéndole la mirada. Él se envalentonó. La agarró por la cintura y la atrajo hacía sí. En ese momento, el padre entró en la cocina.
El bofetón resonó en toda la casa.
—No se te ocurra tocarla —dijo empujándolo fuera—. Es la última vez.
Ana no se movió, pero sabía que eso no era protección. Era propiedad.
El resto de las noches no fueron distintas. Ya sabía que las sorpresas nocturnas iban a estar incluidas. Lo que no esperaba es que fuera mientras dormía.
La despertó el dolor, el escozor, la violencia en la que entraba en ella. Aún a medio sueño, sin entender todo lo que pasaba, sin apreciar el alcance que aquella acción iba a producir en ella, le apartó de un manotazo. Cayó al suelo.
Él se levantó de inmediato. Un golpe detrás de otro. La golpeó hasta que todo se volvió negro.
—No vuelvas a hacer eso —oyó antes de perder el sentido—. Ahora me perteneces, mi buen dinero me has costado. Puedo hacer contigo lo que me plazca.
A la mañana siguiente, con la cara hinchada y los morados empezando a aparecer, Ana tomó una decisión.
No podía defenderse, físicamente era una mujer débil. No podía gritar, no podía pedir ayuda, su garganta no se lo permitía. Pero podía pensar, buscar una solución, y estaba dispuesta a hacerlo.
Los días siguieron y la casa seguía en pie. La rutina funcionaba. Todo parecía estar en orden, pero Ana ya lo sabía. Nada de aquello le pertenecía. Ni la cama, ni el tiempo, ni su cuerpo.
No la habían sacado de ningún sitio. La habían colocado en otro lugar, con otras paredes pero con las mismas normas.
Se había dado cuenta de que tenía un tiempo precioso entre el desayuno y la comida. Nadie estaba en casa. Los niños en el colegio y él trabajando.
Fue entonces cuando empezó a buscar. Por el momento no sabía qué, pero ella buscaba algo.
Encontró un tomo de páginas amarillas en un cajón del mueble del salón y, con paciencia, fue recorriendo página por página hasta dar con algo que le llamó la atención: una escuela.
Ese lugar especial en el que pudiera aprender lengua de signos.
No estaba cerca de casa, pero el transporte la dejaba a poca distancia. Decidió apuntarse y acudir a clase en ese horario que disponía suyo.
Aprendió a disimular, a calcular los tiempos para dejar tareas adelantadas, a moverse sin dejar rastro. A llegar con alguna pequeña compra si en algún momento se retrasaba y así no despertar sospecha.
Guardó pequeñas cantidades del dinero que le daban para la compra del día. Lo suficiente para poder pagar las clases.
No había ningún cambio en casa. Todo seguía igual. Pero dentro de ella algo se movió. Una posibilidad.
Entendió que podía comenzar a vivir su propia vida. Por primera vez desde que la sacaron del centro, Ana sintió que había un lugar —aunque fuera mínimo— que podía ser solo suyo.
Comenzaba a sentirse libre.