Paternalismo
Ana entró al confesionario cuando la monja se lo indicó con un leve gesto de la mano.
Imitó exactamente lo que había visto hacer a las demás. Se arrodilló con un leve retraso, acomodó las manos torpemente sobre el pecho y esperó.
Del otro lado de la rejilla, el sacerdote habló.
—Ave María Purísima.
Ana no respondió. El silencio se alargó unos segundos más de lo acostumbrado.
—Ave María Purísima —repitió él, con un tono más marcado.
Ana levantó la vista hacia la celosía de madera. Sus ojos no mostraban desafío, solo permaneció atenta, no había en ellos ni culpa ni resistencia. Solo desconcierto.
La monja que la acompañaba, observaba a una discreta distancia, inclinó ligeramente el cuerpo para intervenir diciendo en voz baja:
—Padre… no oye. Tampoco habla.
El sacerdote guardó silencio, apenas un instante. Pero algo cambió en su expresión. No en la sonrisa, que permaneció correcta, sino en la manera de mirar.
—Ya veo… —murmuró.
Se oyó el leve crujido de la madera cuando deslizó la pequeña compuerta de la rejilla y la abrió por completo.
—Acércate, hija —dijo con voz baja, modulada.
Ana no oyó las palabras, pero entendió el gesto de la mano que asomó por la abertura y se inclinó hacia delante.
El sacerdote la observó de cerca. Demasiado cerca.
Apoyó los dedos bajo su barbilla para que levantara la cabeza.
El gesto fue lento. El contacto, suave, casi paternal.
Sus dedos permanecieron unos segundos más de lo necesario antes de retirarse.
Después colocó ambas manos sobre sus mejillas, como si fuera a bendecirla.
Ana no apartó la mirada. No sabía que debía hacerlo. Él la observó con detenimiento como quien examina algo frágil. En ese momento, Ana recordó el gesto de su madre cuando le acomodaba el vestido antes de salir de casa.
Pero aquello era diferente.
—Es muy pequeña… —murmuró.
La monja dio un paso imperceptible hacia delante.
—Es obediente, padre —añadió con tono neutro—. Muy obediente.
El sacerdote asintió lentamente esbozando una sonrisa.
—Eso está bien.
Apoyó entonces la mano sobre su hombro, quizá como consuelo ante aquella inocencia que parecía acompañar a su discapacidad. La presión era leve, pero firme. Ana sintió el peso de aquella mano como una indicación. Asintió, como hacía siempre que no comprendía lo que se esperaba de ella.
—Prometes portarte bien… ¿verdad?
Ella volvió a asentir y el sacerdote volvió a sonreír.
—Eso está mejor.
Su mano descendió por su brazo hasta retirarse.
Desde el lateral, la monja observaba sin perder detalle.
Carraspeó con discreción. Sabía lo que aquella cercanía significaba.
Lo había visto más veces. Sabía también que la niña llevaba semanas con náuseas al amanecer, que evitaba el pan y que su cuerpo empezaba a cambiar.
Pero el sacerdote aún no lo había advertido.
—Padre —dijo con suavidad medida—, la siguiente muchacha espera.
El sacerdote retiró despacio la mano izquierda del brazo de Ana, mientras con la derecha, trazaba la señal de la cruz para darle la bendición. Acto seguido cerró la compuerta de la rejilla con un leve golpe.
—Solo Dios sabe lo que hay en su corazón —concluyó desde el interior.
Ana permaneció de rodillas unos segundos más, sin saber si debía levantarse. La monja se acercó y tocó su hombro. Entonces se puso en pie y salió del confesionario sin mirar atrás.
Solo desconcierto se notaba en los ojos de Ana: no sabía qué había confesado, no sabía qué había prometido, ni siquiera sabía lo que había ocurrido realmente. Tampoco sabía qué había significado aquella proximidad.
Pero al incorporarse sintió un nudo en la garganta. Algo le erizó la piel, como si el aire se hubiera vuelto más espeso a su alrededor.
Al cruzar el pasillo central de la capilla, buscó a Laura con la mirada. Todavía seguía allí, cumpliendo su penitencia en uno de los bancos.
Laura levantó la vista y la encontró observándola. Entonces percibió algo distinto en ella. Era… una incomodidad difícil de nombrar que parecía haberse quedado adherida a Ana como una sombra.
Frunció el ceño. No entendía qué había ocurrido dentro del confesionario, pero tuvo la certeza de que algo no estaba bien.
Y aquella sensación tardaría mucho en abandonarla.