Pido Perdón Control
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Control

Laura entró sin bajar la cabeza del todo, lo justo para no parecer desafiante.

Cuanto mejor lo controlara, mejores opciones de salvación tendría. Eso lo sabía muy bien.

La pequeña estancia del confesionario no le impresionó como a las demás. Observó la madera vieja, la rejilla de separación, incluso pudo calibrar la distancia exacta entre su reclinatorio y la silla del sacerdote. Todo medido, registrado hasta el más mínimo detalle.

—Ave María Purísima.

—Sin pecado concebida.

Su voz no tembló; algo que puso en alerta al cura, que sabía muy bien cómo entraban al confesionario las demás muchachas.

El sentimiento de culpa las invadía y él lo notaba al instante.

Él la miró unos segundos más de lo habitual.

No con deseo —como a Ana—, sino con atención.

Reconocía en ella algo diferente… otra cosa, algo que todavía no podía definir bien.

—Buenos días, hija. ¿Has sido obediente?

Laura le miró y sostuvo la mirada apenas un instante antes de bajarla. Su cuerpo le dio un respingo que disimuló como pudo mientras intentaba contestar de forma que no se le notara la rabia.

—Sí, padre.

No añadió ni una palabra más.

—¿Te han dicho por qué estás aquí?

Laura sabía que esa pregunta era una trampa. Si decía que sí, aceptaba la culpa. Si decía que no, cuestionaba la autoridad y eso la ponía en un serio peligro.

—Me han dicho que debo aprender —respondió intentando no apretar los dientes y que intuyera lo que realmente estaba sintiendo por dentro.

El sacerdote ladeó la cabeza. Él sabía más de Laura de lo que ella podía imaginar y debía estar atenta a todo lo que acontecía.

—¿Y crees que no tienes nada que aprender?

Otra pregunta trampa.

—Siempre hay algo que aprender, padre —contestó neutra, sin aristas.

—Me han hablado de tu carácter. De tus ideas y de tu tendencia a opinar más de lo conveniente.

Laura sabía muy bien por dónde quería ir. Sin levantar la cabeza optó por el silencio. El cura prosiguió con más seriedad al comprobar que no alteraba en modo alguno su ánimo.

—¿Crees que una muchacha debe alzar la voz por encima de quienes la guían?

Laura sintió en la boca del estómago el impulso de responder con claridad. De decir que sí, ¡claro que sí! Decir con verdad: que pensar no era pecado, y que callar tampoco era virtud. Pero no estaba allí para ganar, por lo menos no en ese momento. Así, su palabra cayó sin fuerza, pero sin temblor.

—No, padre.

El cura se inclinó ligeramente hacia delante acercándose sigilosamente a la rejilla, tanto que Laura notó su respiración… también pudo percibir su aliento rancio.

—El silencio puede ser humildad… o puede ser soberbia, hija —susurró en la cercanía—. A veces creemos que sabemos más de lo que nos corresponde. Y eso, también es pecado.

Laura comprendió en ese mismo instante que incluso no decir nada podía volverse en su contra. Aquello confirmó algo que llevaba días sospechando: no buscaban respuestas correctas. Buscaban sumisión.

Las preguntas no estaban hechas para conocer la verdad. Estaban construidas para conducir siempre al mismo lugar: la obediencia.

Laura bajó la vista mientras fingía reflexión. Por dentro estaba tomando nota de todo.

Si alguna vez quería salir de allí tendría que aprender a representar el papel que se esperaba de ella.

—Examinaré mi conciencia, padre —contestó con prudencia mientras se hacía crujir los nudillos de la mano apretándolos con fuerza.

No estaba haciendo una promesa, solo era una frase útil.

Sabía que, de alguna manera tenía que protegerse, que no era más que supervivencia; y si en algún momento alguien notara que estaba siendo previsora o mostrara un ápice que iba por delante, sería lo peor que pudiera pasarle.

Ella sabía cosas que las demás ni intuían…

pero debía reservarlas hasta que pudiese posicionarse en el momento oportuno.

Por el momento, el sacerdote pareció satisfecho.

—Bien. Rezarás dos padrenuestros y dos avemarías, y le pedirás a Dios que te conceda docilidad. La inteligencia sin obediencia es peligrosa, hija —sentenció.

Ahí estaba la palabra. Peligrosa. Sintió la dureza de esas últimas palabras mientras asentía con la cabeza.

El sacerdote levantó su mano derecha y, mientras hacía la señal de la cruz, pronunció:

—Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

—Amén.

Laura se incorporó sin levantar la cabeza y salió despacio del confesionario con paso firme. No se sentía culpable. En realidad ella nunca se sintió culpable de nada, pero pudo entender algo nuevo: incluso el silencio debía ser mejor administrado.