Pido Perdón Expiación
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Expiación

La culpa era algo que se aprendía rápido en aquel lugar.

Y para la culpa siempre había un remedio: La confesión.

La religión siempre expiaba las culpas cuando te ponías en manos de un sacerdote que estaba dispuesto a perdonar tus errores, o lo que ellos llamaban «pecados», que era una palabra que imponía más.

Si pecas, necesitas expiación; y eso solo se podía conseguir con oración impuesta por el representante de Dios en la tierra.

El olor a incienso y una sensación de frialdad lo impregnaba todo. La luz entraba tenue por los altos ventanales. El silencio se podía casi mascar, roto solo por los pasos del sacerdote sobre la vieja madera del suelo.

El cura acababa de llegar a la capilla del centro. Las chicas, todas en una perfecta fila, fueron saludando a medida que él pasaba delante de ellas. Ofrecía su mano mostrando su anillo de sacerdote y ellas la besaban en acto de sumisión y aceptación.

—El padre viene a oíros en confesión —expuso en voz algo más alta la monja que lo acompañaba.

Era un hombre mayor, de aspecto tranquilo y sonrisa agradable. Parecía infundir sosiego a quien lo tenía delante. Mostraba autoridad al ofrecer su mano y, con voz muy baja, decía a cada una:

Ave María Purísima.

Sin pecado concebida —contestaban ellas.

Aunque impuesto, para algunas era una humillación; para otras, la devoción de la jerarquía eclesiástica fue aprendida y asumida desde niñas. Laura observaba, aunque hubiera preferido no hacerlo, disimulando su gesto de asco. Alicia solo obedecía, como siempre, y Ana las miraba para saber qué hacer.

El sacerdote se detuvo frente a Ana más tiempo del necesario. Su mirada ya no era la misma. La sonrisa se le quedó fija, tensa. Una de las monjas dio un paso al frente.

—Padre, tenemos que continuar —dijo mientras se acercaba ligeramente a él para sacarlo de su ensimismamiento.

—Sí, claro.

Él parpadeó, como si despertara de algo, y siguió avanzando.

Las confesiones, desde tiempos inmemoriales, siempre comenzaban de la misma manera. Un ritual que presidía la escucha del cura, no para entender, sino para encuadrar a cada una de ellas, y siempre llevando la iniciativa de la conversación.

—Ave María Purísima.

—Sin pecado concebida.

Alicia permanecía en silencio sin saber qué decir.

Al pronunciar el saludo, sus palabras cargaban más miedo del que podía soportar.

Los hombros caídos, la cabeza tan baja que apenas podía mirar a dos pasos delante de ella…

Aquella pequeña estancia que era el confesionario la dejó literalmente sin palabras.

No sabía por dónde empezar. El peso del cansancio y la culpa mantenían su silencio hasta que el cura lo rompió.

—Buenos días, hija. ¿Has sido obediente?

—Sí, padre.

—¿Y has guardado la modestia que se espera de una muchacha?

—He fallado, padre.

—¿En qué has fallado, hija? ¿No has sabido cuidarte?

—No, padre. No he sido fuerte.

—¿Has fallado entonces en cuidarte como se debe?

—Sí, padre. No fui capaz.

—Bueno… tú sabes que tu cuerpo es un don que hay que guardar, y que es tu responsabilidad hacerlo durante toda tu vida.

Alicia asintió sin decir una sola palabra más. Solo escuchaba la culpa que siempre la acompañaba. Se empequeñecía cada vez más al reconocer que aquellas palabras encajaban con lo que se exigía de ella aunque no fueran las suyas.

—Además —continuó—, debes saber que la pureza se pierde primero en el pensamiento y que solo se cae cuando bajas la guardia. Eso es lo que te ha pasado a ti, ¿verdad, hija?

—Así es, padre. He pecado.

—Muy bien, hija. Dios, en su infinita misericordia quiere que seas buena muchacha, que controles tus pensamientos para no salirte de su verdad y no le vuelvas a fallar.

Él te bendice y dispone que, como Padre misericordioso que reconcilió consigo al mundo por la muerte y resurrección de su Hijo, y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda el perdón y la paz.

Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

—Amén —contestó Alicia.

—Ahora, como penitencia rezarás tres padrenuestros y tres avemarías cada noche hasta tu nueva confesión. Pide a Dios fuerza para no volver a caer. Ofrece estas oraciones como enmienda de tu vida y guarda silencio y recogimiento. Vete en paz y no vuelvas a pecar.

¿Pecar? ¿Dónde?

Alicia había entrado con miedo y culpa al pequeño receptáculo y salió con deberes, afianzando aún más la culpa que llevaba encima.