Rutina #2
En la sala de costura el aire estaba cargado. Las ventanas altas apenas dejaban pasar la luz y las mesas se alineaban como en un aula. Las máquinas no paraban. Ese ruido constante, monótono, ayudaba a no pensar.
Alicia cosía despacio, con miedo a equivocarse.
Para ella, como todo lo que hacía, cada puntada, contadas cada una de ellas sin palabras, era una forma de pedir perdón.
Cada error que cometía en alguna le hacía arder la cara de vergüenza.
Pensaba que, si lo hacía bien, si no fallaba, quizá no llamaría la atención sobre ella. Quizá así pasaría desapercibida.
Para Ana era distinto, ella estaba acostumbrada a coser, ya lo hacía en casa.
Su madre le enseñó bien, como la buena modista que era.
Sin embargo, se dio cuenta de que debía copiar lo que veía y se guiaba por el movimiento de las demás.
Miraba sus manos y después sus caras. El sonido de las máquinas le llegaba como una vibración molesta, pero constante.
Se sentía desbordada por el entorno hostil que no podía escuchar, pero los gestos de miedo los entendía a la perfección.
Se guiaba por los cuerpos, por cada acción o cambio que se pudiera producir.
Era fácil imitarlas. Sus ojos buscaban constantemente a su alrededor, firmes en encontrar el siguiente paso en la labor.
Sobre todo los de Laura, que se convirtió en su referente.
Laura cosía rápido, demasiado. Le importaba muy poco como pudiera quedar la costura, era simple: hacía lo justo, no iba a hacer nada de más que no fuese obligatorio para que la labor estuviese terminada.
Cumplir. No fallar. Solo eso, nada más. Entonces se obligó a aflojar el ritmo para no sobresalir si terminaba antes y así revisasen su trabajo más que el de las otras.
Había aprendido que destacar era peligroso, incluso cuando se hacía bien, pero aún no había aprendido a fingir torpeza aunque su trabajo fuese menos pulido que el de las muchachas que tenía al lado.
También comenzó a fijarse en las demás, sobre todo en Ana, sus puntadas eran firmes y rayaban la perfección.
Tropezó con torpeza la mano de Ana y la miró, intentando con la mirada que se diese cuenta de que no debía hacerlo tan perfecto.
En un descuido, el hilo de Ana se enredó.
Tiró de él con desacierto y la tela se frunció.
Se quedó inmóvil, con la aguja suspendida en el aire, como su corazón acelerado.
Una sombra cayó sobre la mesa. Cuando alguien se acercaba por detrás, se tensaba.
No sabía distinguir quién era, solo sentía la presencia.
Ana levantó la vista asustada. En ese momento, Laura dejó caer su propio hilo, despacio.
Se inclinó lo justo y deshizo el nudo de Ana con un gesto rápido, casi invisible. Luego volvió a su labor sin mirarla.
La monja pasó de largo y Ana respiró. No miró a su compañera, no sonrió, no agradeció; pero comprendió algo vital: al lado de Laura, el aislamiento dolía un poco menos.
Aun así, aquella tarde al pasar junto a ella al final del día, dejó caer el trozo de tela que llevaba en la mano.
Ana se agachó para recogerlo al mismo tiempo y durante un segundo, sus manos se tocaron.
Se miraron fijamente y no hubo nada más.
Nada. Pero fue suficiente para que ambas supieran que no estaban tan solas.
Ana, por primera vez, esbozó una leve sonrisa.
La tarde avanzaba lenta, espesa. En la lavandería, el ruido del ambiente hacía imposible cualquier palabra. Aun así, algunas lo intentaban mientras el sonido de las máquinas mitigaba el de las palabras.
Un lavabo común en el que el agua fría acompañaba a hacer movimientos rápidos era la excusa perfecta para acabar cuanto antes.
No había intimidad, pero tampoco miradas.
El camisón cubría todo el cuerpo y había que lavarse con él puesto.
El cuerpo empezaba a no pertenecer del todo; era como algo que te acompañaba cada día, pero al que se le prestaba durante muy poco tiempo la atención necesaria.
Alicia se lavó deprisa, con la sensación de que cada centímetro de piel estaba siendo evaluado, aunque nadie hablara.
Ana imitó lo que veía a un lado y al otro de donde ella estaba.
Laura observó dónde ponerse: cuándo mojarse las manos, cuándo apartarse, quién miraba y quién no y, hacia dónde iban esas miradas furtivas.
Todo tenía un orden que nadie explicaba pero que ella iba escudriñando a la perfección.
Antes de subir al dormitorio, una última fila. Una última mirada. Una última comprobación de que todas seguían allí.
En la habitación, las camas alineadas esperaban como si no hubieran sido usadas nunca. El camisón limpio sobre cada colchón. Las bragas dobladas con exactitud. Nada personal. Nada propio.
Se desvistieron sin mirarse y sin que ninguna parte de su cuerpo estuviera al descubierto.
Alicia dobló su ropa con cuidado, como si fuera a necesitarla pronto.
La colocó en el cajón de madera que cada una tenía bajo la cama.
Ana tardó algo más. No sabía muy bien cómo hacerlo.
Laura esperó a que una monja se girara para colocarle la tela en el orden correcto.
Después del aseo diario, el rezo nocturno antes de dormir. Como en la mañana, de rodillas delante de sus camas, daban gracias en alto por estar vivas. Luego, en silencio, sentían el dolor de saberse esclavas en un mundo que no podían comprender.