Pido Perdón Rutina
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Rutina

El día comenzaba siempre igual.

La rutina era la base de la disciplina. Y en aquel lugar nada estaba fuera de ella.

Sonó la campana. Un eco metálico, largo y penetrante, rasgó el silencio de la madrugada. Siempre a las cinco en punto de la mañana, el tiempo necesario para que nadie pudiera fingir no haberla oído.

Las chicas se levantaban todas a la vez, en silencio.

Pasos apresurados, filas perfectas. Miradas clavadas en el suelo gris.

Ni prisa ni lentitud: solo costumbre. Se vestían sin mirarse.

Siempre dejando el camisón puesto para que ningún trozo de piel pudiera asomar debajo de él.

Eran las normas. Después lo doblaban con cuidado y lo guardaban en una caja de madera que cada una tenía bajo la cama.

A continuación, dejaban la cama hecha a la perfección, impoluta, para orden de revista.

La imperfección se notaba enseguida y entonces había que repetir de nuevo la acción hasta que la cama quedara perfectamente lisa.

El frío no estaba solo en las paredes de aquel inmenso recinto. Estaba en la forma de moverse, de respirar, de no ocupar espacio, de pasar totalmente desapercibida para las demás. No había miradas ni gesto alguno, solo silencios eternos en días interminables.

Después venía el rezo de la mañana ejecutado a los pies de la cama, de rodillas, con las manos juntas frente al pecho en posición de oración.

Luego la fila. Una detrás de otra iban desfilando a lo largo de los interminables pasillos para ser revisadas cada mañana. Todas alineadas, con la mirada al frente y las manos cruzadas sobre el ombligo. La derecha sobre la izquierda. Siempre.

Una monja pasaba despacio, revisando uñas, pelo, postura; sin emitir ni un solo sonido. Tampoco le hacía falta. Bastaba con detenerse un segundo más ante alguna para que el resto entendiera.

Alicia estaba en la fila por primera vez.

Sentía el peso del cuerpo hacia dentro, como si quisiera desaparecer.

A su lado, una chica más pequeña, la más pequeñita de todas, miraba al suelo con una rigidez extraña.

No reaccionó cuando la monja habló. Solo cuando alguien le tocó en el hombro y levantó la vista, sobresaltada.

Laura, a su lado, lo vio. No dijo nada. Solo inclinó ligeramente la cabeza hacia la derecha, exagerando el gesto. Entonces comenzó a entender lo que estaba pasando. La chica asintió, mirando a Laura, insegura. Era Ana.

—Manos —ordenó la monja mientras se situaba frente a ella.

Ana tardó un segundo. Laura movió las suyas, despacio, sin mirar. Esta vez Ana entendió y volvió a imitarla.

Después del exhaustivo reconocimiento venía la misa diaria y a continuación, el desayuno.

Entraban en el comedor en fila, sin romper la formación.

El espacio era grande, con mesas largas de madera oscura y bancos corridos.

No había manteles. Todo estaba dispuesto para ser limpiado rápido, sin restos, sin rastro de que nadie hubiera pasado por allí.

El olor de aquella estancia era una mezcla de café aguado, pan rancio y jabón barato.

Las chicas se sentaban cuando una monja lo indicaba.

Nadie se movía sin permiso. Nadie elegía sitio.

Era un orden impuesto a la fuerza que aplastaba cualquier rastro de individualidad.

Un sistema diseñado para que, en cuestión de tazas alineadas y bocados medidos, las recién llegadas terminaran por doblegar su entendimiento.

El azar hizo que Alicia, Ana y Laura coincidieran en la fila y ahora en la mesa.

El comedor se regía por una geometría estricta y despiadada, un engranaje donde el azar no tenía cabida y los asientos se asignaban bajo la mirada vigilante de las monjas; quienes empujaban a las muchachas hacia bancos corridos para evitar cualquier asomo de afinidad.

Sin embargo, aquella mañana el destino maniobró entre los pliegues del uniforme para que los pasos de las tres chicas se acompasaran en la fila, encajándolas consecutivamente en el mismo tramo de madera oscura como tres piezas descartadas por el mismo molde.

Alicia se sentó con cuidado, como si el banco pudiera romperse bajo su peso.

La taza estaba ya colocada frente a ella, exactamente alineada con la distancia de los cuatro dedos de una mano separada del borde de la mesa.

El trabajo en la cocina y el comedor se iba alternando entre ellas a medida que se fueran haciendo con el funcionamiento del centro.

Ana se sentó rígida, sin tocar nada. Observaba todo lo que estaba pasando a su alrededor.

Sus ojos iban de una taza a otra, de unas manos a otras.

Esperaba una señal que vendría de algún lugar.

Cuando una de las chicas empezó a comer, Ana volvió a imitar.

Levantó la taza con torpeza, la cogió con las dos manos.

La bebida estaba caliente y amarga. Bebió despacio, sintiendo cómo el calor le aliviaba cuando bajaba por su garganta.

No recordó la última vez que había tomado algo caliente sin miedo.

Miró el pan. Una rebanada fina, dura en los bordes.

La partió en dos antes de llevarla a la boca.

Comer despacio era una forma de no llamar la atención.

Al volver a colocar la taza sobre la mesa derramó un poco del líquido sobre ella y se quedó inmóvil, asustada, mirando hacia los lados de nuevo.

El golpe seco de unos nudillos sobre la madera le hizo dar un respingo.

—Cuidado —dijo una monja sin alzar la voz.

Ana bajó la cabeza. Laura lo vio. No la miró directamente, solo se llevó el pan a la boca, despacio, exagerando el gesto, después levantó la taza.

Ana no le quitaba la vista de encima sin mirarla directamente para no generar sospechas; solo supo lo que debía hacer, y repitió la acción.

No podía haber agradecimiento, no había tiempo para eso, ni siquiera una sonrisa de aceptación.

Pero lo que sí entendió Ana, era que estar al lado de Laura le daba esa pequeña tranquilidad que necesitaba.

Una chica del extremo de la mesa dejó de comer antes que las demás. Se levantó un poco, quizá sin darse cuenta. La monja se acercó y le apoyó la mano en el hombro con firmeza.

—No hemos terminado.

La chica volvió a sentarse sin levantar la mirada. Tampoco nadie la miró a ella. Así era siempre.

Alicia sintió un nudo en el estómago. No sabía si era hambre o vergüenza. Pensó que, si comía bien, si no molestaba, si hacía todo como debía, quizá aquello pasaría más rápido y podría irse pronto. Era como si cada bocado fuese una forma de disculpa.

Ana masticaba con dificultad, no porque no pudiera, sino porque apenas podía tragar la comida.

No solo era comida lo que tragaba, todo su alrededor estaba fuera de su entendimiento.

El murmullo del poco sonido que podía percibir de aquel entorno la desbordaba.

No entendía las palabras, pero sí los gestos.

Ella entendía muy bien el miedo y lo sentía en cada una de ellas solo con ver sus gestos.

Laura comía sin prisa, pero sin pausa. Observaba…

¡y de qué manera! No se le pasaba una. Tomaba nota mental de todo: cuánto duraba el desayuno, cuándo se podía levantar la vista, quién vigilaba más.

Sabía que entender las reglas era la única forma de no romperse demasiado pronto, y aquello, parecía que iba para largo.

Cuando una monja dio la señal, todas dejaron la taza a la vez. El sonido fue casi idéntico, como si lo hubieran ensayado. Las migas se recogieron con la mano plana. Las mesas quedaron limpias. Demasiado limpias. Como siempre.

—En fila —dijo en tono más alto.

Salieron del comedor igual que habían entrado.

Nadie preguntó si tenían hambre. Nadie preguntó si era suficiente.

Comer era otra forma de obedecer, de pasar otro trámite diario.

El resto del día siguió su curso: trabajo, silencio, vigilancia.

Pero algo había cambiado. Un sentimiento extraño se percibía en el aire y siempre estaba ahí, a cualquier hora del día y de la noche.

Alicia sabía ya que aquí, incluso el cuerpo tenía normas estrictas para poder continuar viviendo. Ana había aprendido que debía mirar a todos lados antes de ponerse a hacer cualquier cosa. Laura pudo entender que ayudar era posible… pero solo si no se notaba.

Cuando volvieron a colocarse en fila por la tarde, ya no eran las mismas que por la mañana. Aquellas niñas que entraron, entendieron que tan solo habían necesitado unas horas para doblegarlas y eso, el centro lo sabía muy bien.

Costura por la mañana. Lavandería por la tarde.

Confeccionaban mantelerías y juegos de sábanas que servirían para los ajuares de novia de las jóvenes que no eran como ellas.

Después, sábanas de hospital, camisones, paños blancos que volvían siempre manchados, muchos de sangre que se hacía muy difícil de quitar.

En el taller de lavado el aire se volvía una masa pastosa y ardiente enturbiado por los vapores densos de la legía y el desinfectante industrial que lo cubría todo con una niebla espesa y permanente, en la que, en ocasiones, apenas se podía ver a la persona que tenían al lado.

Respirar en aquel ambiente se hacía difícil.

Las sábanas de hospital, rígidas y pesadas por la suciedad acumulada, exigían un esfuerzo físico que les destrozaba las manos, el agua hirviendo terminaba por levantarles la piel, dejando las yemas de los dedos vivas y sangrantes.

En medio de aquella niebla perpetua, el dolor de las manos se mezclaba con el hedor a humedad y el cansancio, convirtiendo en un suplicio aquellas extensas jornadas de trabajo en las que solo se paraba para comer y dormir.

No quedaba tiempo para pensar; y eso, era precisamente lo que el centro buscaba.

Y todo, en silencio, algo que para Ana no pasaba desapercibido. Ella no hablaba, pero las demás tampoco podían hacerlo; y no entendía nada.

El silencio no era una norma escrita, pero era la más vigilada.

Las monjas caminaban entre las mesas, observando manos, movimiento, pero no rostros.

Las manos debían moverse sin pausa, pero eran los rostros los que más decían de las chicas y una muy buena forma de entenderse sin decir nada.

Aprendieron que era un lenguaje que debían cultivar si querían sobrevivir al desprecio, las humillaciones y el desaliento que producía en ellas la obligación de permanecer calladas.

Las monjas solo buscaban gestos, no miradas.

Y eso Laura lo entendió muy bien, casi al instante.