Pido Perdón Ausencia
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Ausencia

Ana entró en la habitación acompañada por una monja.

Le señalaron la silla y se sentó despacio con las manos juntas sobre el regazo. Miraba a un punto fijo de la mesa, como si allí hubiera algo que pudiera ayudarla a entender lo que estaba pasando.

La monja que estaba sentada frente a ella habló. Ana vio moverse sus labios pero no entendió nada.

La monja que la acompañaba se colocó a su lado. Hizo un gesto con las manos, torpe, apresurado, y aunque Ana reconoció algunas señas, no todas; asintió por costumbre.

—¿Tu nombre es Ana? —dijo la primera, vocalizando despacio.

Ana tardó un segundo en reaccionar. Luego señaló su pecho.

La monja escribió algo.

—¿Edad? —preguntó la monja haciendo un ademán de contar con los dedos.

Ana levantó sus dedos. Uno en la mano izquierda y tres en la derecha. Trece.

Las miradas se cruzaron.

La primera monja habló durante un rato. Sus labios se movían con rapidez. La segunda intentó traducir, pero se perdía a mitad de frase. Ana observaba las manos sin entender del todo. Volvía a asentir. Siempre asentía.

Para Ana aquellos movimientos descuidados eran como escuchar una voz rota, un balbuceo incomprensible que deformaba la realidad.

La monja movía los dedos con una prisa indolente, juntando conceptos de manera errónea, transformando lo que debería ser una comunicación en una agresión silenciosa.

Sintió una punzada de rabia y desespero en el pecho.

Quería gritar… quería que parara… que sus manos no hablaran así…

, pero la mirada severa de la monja al mando le obligó a bajar más su cabeza cuando bajó la vista hacia su cuerpo.

Ana lo notó. Sintió un profundo calor que enrojeció su rostro que le obligó a hundir el mentón.

La segunda monja le hizo una seña brusca: ¿entiendes?

Ana dudó. Luego volvió a asentir. La primera monja cerró la carpeta.

—Está bien —dijo, aunque Ana no lo supo—. Es suficiente.

La monja que estaba a su lado le tocó en el hombro haciendo un gesto para que se levantara. Ana obedeció.

Antes de salir, miró una última vez la mesa. Pensó que quizá había hecho algo mal, aunque no sabía qué. Ninguna de las dos monjas dijo nada más, después la puerta se cerró detrás de ellas.

No había sido una entrevista, había sido una decisión implacable. La monja escribió:

«Manejable»

«Incompleta»