Culpa
Alicia entró en la habitación con la cabeza gacha.
Se sentó cuando la monja, con un gesto breve con la mano se lo indicó. Apoyó las manos sobre su regazo, como si así pudiera ocupar menos espacio, las apretó con firmeza intentando mantenerlas quietas.
La monja no sonrió.
—Alicia, ese es tu nombre, ¿verdad?
—Sí, madre.
—¿Cuántos años tienes?
—Catorce.
La monja bajó la vista hacia los papeles y después, apenas un segundo, miró hacia el vientre de la muchacha. Alicia lo notó. Lo notó todo.
—¿Sabes por qué estás aquí?
Alicia tragó saliva.
—Supongo que… porque no me he portado bien.
—Explícamelo.
Tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, la voz le salió baja.
—Porque… no me supe cuidar.
La monja anotó algo sin levantar la cabeza.
—¿Y crees que eso es una falta grave?
Alicia asintió enseguida.
—¿Crees que le has fallado a tus padres?
Dudó un instante. Luego asintió. La palabra padres le cayó como un peso en el pecho.
—Sí.
—¿Y a ti misma?
Volvió a asentir.
—También.
—¿Y te arrepientes?
—Mucho.
Las palabras salieron rápidas, casi ansiosas, como si al decirlas bien pudiera arreglar algo.
—¿Te das cuenta del daño que has causado? —insistió— ¿Crees que una niña decente llega a esta situación sin haber hecho algo mal?
Alicia bajó aún más la cabeza. El silencio se alargó solo roto por el leve gemido de unas lágrimas incipientes. No quería llorar. La monja cerró la carpeta con cuidado.
—Aquí no estamos para juzgarte, Alicia —dijo con voz tranquila—. Estamos para ayudarte a corregirte.
Alicia levantó la vista por primera vez.
—No quería… Yo no pensé…
—Eso está bien —interrumpió la monja—. Para aprender, lo primero es reconocer el error.
El silencio se hizo espeso. La luz que entraba por la ventana superior se espesaba al hacerse visible el polvo en suspensión de la estancia.
—¿Quieres que te ayudemos? —prosiguió la monja.
Alicia levantó la vista de nuevo.
—Sí —dijo enseguida—. Haré lo que sea.
La monja cerró la carpeta anotando en ella:
«Sumisa»
«Incompleta»
—Eso está bien. Aquí aprenderás.
Alicia sintió un alivio extraño, casi agradecimiento. Si el problema era ella, entonces podía arreglarse. Si había fallado, podía enmendarse. Lograría aprender, y si conseguía hacerlo mejor, todo volvería a estar bien y quizá así, algún día, dejaría de sentirse sucia y podría volver a casa.
La monja se levantó.
—Puedes irte —dijo sin mirarla.
Lo que ella no entendió es que no había sido escuchada. Había sido aceptada, sí…, pero como culpable.
Salió de la habitación con la sensación de haber hecho algo bien por primera vez desde hacía mucho tiempo. No pensó que la hubieran juzgado.Pensó que la habían entendido.
No pudo intuir que ese pensamiento sería el que más caro le costaría.