Pido Perdón Desafío
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Desafío

La monja tocó la puerta dos veces antes de entrar.

Le hizo un gesto para que pasara y cerró detrás de ella cuando Laura entró. La monja que estaba sentada al otro lado de la mesa esbozó una leve sonrisa al verla. Era una sonrisa suave, casi maternal.

La habitación era pequeña y estaba ordenada en exceso. Una mesa, dos sillas y una ventana alta por la que entraba una luz blanca dirigida directamente a la silla donde debía sentarse. Laura se dejó caer sobre ella sin que se lo indicaran.

—Laura, ¿verdad? —aseguró la monja.

—Sí —respondió ella—. ¿Qué hago aquí?

La monja abrió una carpeta con cuidado.

—Mejor te pregunto yo, y tú respondes. Será más fácil para las dos.

Laura apretó los labios, pero asintió.

—¿Cuántos años tienes?

—Dieciséis.

—¿Te consideras una buena hija, Laura?

La pregunta la descolocó.

—Creo que sí. Mis padres me han dado una buena educación.

—¿Y aun así, los has desobedecido?

—No los he desobedecido. He pensado por mí misma.

La monja anotó algo sin dejar de sonreír.

—¿Quién te ha influido para hacerlo?

—Nadie. Leo. Escucho. Me informo.

Laura se inclinó hacia delante y respondió:

—Creo que es propio de cualquier persona.

La monja levantó la vista por primera vez.

—Aquí no hablamos de personas, Laura. Hablamos de muchachas.

El silencio se alargó unos segundos.

—¿Te arrepientes de algo de lo que has hecho? —preguntó la monja con dulzura.

Laura dudó.

—No. De pensar, no.

—Bien. Eso es todo —dijo la monja sin vacilar olvidando su sonrisa inicial.

—¿Eso es todo? —repitió Laura—. ¿No va a decirme por qué estoy aquí?

La monja se levantó despacio después de anotar en su carpeta: «Peligrosa».

—Aquí no has venido a entender, Laura. Has venido a aprender.

Laura sostuvo la mirada sin pestañear. La dureza de aquellas palabras le dejó una sensación amarga recorriéndole lentamente la espalda, pero no bajó la cabeza. Se obligó a mantenerse firme antes de que la monja pudiera percibir cualquier signo de debilidad.

Entendía perfectamente lo que aquella mujer quería decirle. Y precisamente por eso no podía aceptarlo.

Al principio había pensado que, si explicaba bien quién era y de dónde venía, comprenderían que todo aquello debía ser un error.

Ella no estaba allí por hacer daño a nadie, sino por no haber aprendido a callar.

Pero poco a poco empezó a entender algo mucho peor.

Aquella entrevista no había sido para escucharla, había sido para medirla.

Para decir en qué lugar debería encajar dentro de aquel sistema.

Cuando se quedó sola, el silencio terminó de confirmárselo. Había hablado, sí, y no había servido absolutamente de nada.

Sin embargo, aquella certeza no logró doblegarla, al contrario. Sintió cómo algo se endurecía dentro de ella. Una rabia silenciosa, contenida, empezó a crecer despacio bajo el miedo.

Entonces lo supo: iba a escapar de ese lugar, costara lo que costara.