Osadía
Laura se despertó en una habitación grande y bien iluminada en la que solo había una cama y un armario.
A su lado, reconoció una pequeña maleta de cuadros escoceses que le resultó familiar. En casa había una igual.
—¿Dónde estoy? —pensó.
Tenía la boca pastosa como si hubiera comido arena fina, y la lengua tan seca que apenas podía salivar. Su cuerpo no le respondía del todo; era como si siguiera dormida aun sabiendo que estaba despierta.
Tambaleándose, se acercó a la ventana. Desde allí vio el ajetreo de la calle, el tráfico, los coches pasando sin detenerse. Se obligó a mirar las matrículas leyéndolas despacio, una a una y así, descubriendo que no eran de su ciudad.
En ese momento, una monja entró en la habitación sin llamar. No sonrió.
—Coge tus cosas y acompáñame —dijo con voz recia.
Laura miró la maleta y dudó un segundo. Después la agarró despacio y siguió a la monja.
Los pasillos de aquel lugar eran interminables. Al doblar uno de ellos pudo ver una hilera de chicas vestidas todas igual: con una bata gris y un delantal azul oscuro que las cubría casi por completo. En aquel instante supo que aquella sería también su ropa.
Entraron en una estancia con diez camas a cada lado, todas iguales y perfectamente hechas. Había también algún armario en las esquinas. La monja señaló una de ellas.
—Esta es tu cama. Quítate esa ropa y ponte esto —dijo señalando el conjunto perfectamente doblado que había sobre ella—. Aquí tienes un camisón para dormir y dos bragas. Te estaré esperando fuera.
No hubo ninguna explicación más, ni un gesto. Solo una voz que parecía repetir siempre las mismas palabras.
Así fue. El uniforme que había visto en las otras ahora era el suyo. Se cambió y volvió al pasillo.
—¿Dónde vamos? —preguntó.
La moja la miró unos segundos sin decir nada.
Una fría mirada impenetrable atravesó a Laura como un puñal de hielo. Aun así, se irguió un poco más con un sentimiento que intentó disimular apretando los dientes.
—Aquí las preguntas las hacemos nosotras —sentenció.