Pido Perdón Oscuridad
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Oscuridad

Después de la oración, las luces se apagaban de golpe.

El cuerpo tardaba en entender que el día había terminado. Las manos seguían tensas, los hombros rígidos. Los cuerpos doloridos se movían sigilosos sobre las camas, apenas imperceptibles. También ahí había que disimular el dolor, aunque el ruido de la jornada aún vibrara dentro.

Alicia, pensó que quizá al día siguiente sería más fácil. Que aprendería las normas. Que no volvería a equivocarse.

Ana, cerró los ojos muy fuerte. El silencio era distinto aquí. No era el suyo. Era un silencio lleno de cosas que no entendía.

Laura, se acostó boca arriba con las manos sobre el pecho, pero permaneció despierta.

Contó pasos en el pasillo. Midió el tiempo entre una ronda y otra.

Había descubierto que una arrastraba ligeramente un pie.

Otra carraspeaba al abrir la puerta. Otra desprendía un aroma a lavanda que llegaba ligeramente hasta allí…

Iba anotando mentalmente qué hacía cada monja, cuál miraba más, cuál menos, la que entraba al cuarto, la que pasaba de largo, la más despistada, incluso la que hacía la vista gorda.

Era evidente que todas no eran iguales. Sabía que ese conocimiento podía salvarla.

Para Laura todo lo que observaba eran indicios para poder salir de allí algún día.

Mientras, la noche seguía avanzando despacio.

Pero era ahí, en la noche, cuando ya todo estaba en calma, cuando entre susurros y bajo las mantas se podía escuchar a las que estaban más cerca. El murmullo constante de sus voces ininteligibles, como rezos suplicantes llegaban desde cualquier rincón de la inmensa estancia.

Siempre había alguna que escuchaba demasiado, y siempre caía algún castigo al día siguiente.

Laura lo sabía. Lo intuía. Pero ella, en cada momento con cada cosa que veía o hacía, seguía elaborando en su mente un plan.

Por eso, cuando Ana, en la cama de al lado, la miró con los ojos abiertos buscando algo —una explicación, una señal—, Laura negó muy levemente con la cabeza colocando su dedo índice en los labios cerrados.

Un gesto que Ana no necesitaba ejecutar en absoluto.

No era más que supervivencia, por el momento.

En algún momento, una chica comenzó a llorar en la cama del fondo. Un sollozo ahogado, breve. No duró mucho. Nadie se movió. Nadie se acercó.

El centro nunca dormía, solo permitía cerrar los ojos.

El ruido se fue apagando poco a poco: un carraspeo, una cama que cruje, una respiración irregular.

Alicia se giró de lado y apretó las rodillas contra el pecho.

Pensó en su casa. En su madre. En todo lo que no había dicho.

En un momento dado dejó escapar un sollozo breve, casi sin sonido.

Se tapó la boca de inmediato, aterrada. Nadie se movió.

Laura se dio la vuelta con cuidado. Estiró la mano hacia el borde de la cama, lo justo para que Alicia la viera.

No la tocó. No aún. Alicia respiró hondo y se calmó.

Permaneció inmóvil algunos segundos más.

No veía bien en la oscuridad, pero sabía que aquella mano seguía allí.

Extendió la suya despacio, venciendo el miedo que le habían enseñado a sentir por cualquier gesto fuera de las normas.

No llegó a tocarla. Apenas dejó que sus dedos quedaran a unos centímetros.

Era suficiente. Por primera vez desde que había llegado, alguien había notado su dolor sin pedirle explicaciones. Sin reproches. Sin hacerla sentir culpable.

Cerró los ojos y , durante un instante recordó las noches de verano en casa de su abuela. El olor a jabón de sosa secándose al sol. El sonido lejano de la radio en la cocina. Unas manos arrugadas que le apartaban el pelo de la cara cuando se quedaba dormida en el sofá.

El recuerdo apareció con tanta claridad que le dolió y le hizo abrir los ojos de golpe.

La oscuridad del dormitorio volvió a envolverla. Las camas alineadas. El silencio vigilado. El miedo. Todo volvió. Nada había cambiado.

Entonces entendió que no estaba completamente sola.

Ana permanecía boca arriba con los ojos abiertos en la oscuridad, giró la cabeza, y aunque no podía oírla, la sintió, y la oscuridad se llenó de una tensión distinta. Mientras, el día seguía vibrando en cada parte de su cuerpo.

Al final de la jornada, el cansancio era un peso compartido. Los hombros caídos, las manos doloridas, los ojos secos. Nadie hablaba, pero el silencio ya no era el mismo del primer día. Era un silencio lleno de cosas no dichas.

En algún rincón de la habitación alguien soñaba con volver a casa. Otra rezaba sin poder dormir. Otra contaba los días aunque hubiera perdido la cuenta hacía semanas.

El dormitorio parecía inmóvil, pero bajo aquellas mantas se escondían decenas de pequeñas batallas silenciosas.

Ninguna podía ganarlas todavía, pero tampoco estaban completamente derrotadas.

Por primera vez desde que habían llegado, sintieron que no estaban tan solas como creían.

Cuando la campana sonó de nuevo aún era de noche y el día volvía a empezar. En ese momento, ninguna de ellas dudaba de que todos los días serían así.