Peyton Place (Peyton Place 1) 13 #4
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Él se acercó rápidamente a ella y la hizo levantar poniéndole las manos debajo de los codos. Un segundo antes de que la besara, ella pensó que se alegraba de haberse puesto zapatos planos. De este modo, la cabeza le llegaba exactamente a las cejas de Brad.

Él apartó los labios, pero no aflojó el abrazo.

—Casi, pero no del todo —dijo suavemente.

—¿Qué?

—Casi, pero no toda una mujer —dijo—. Besas como una niña.

A la luz de las llamas, ella se vio reflejada en los ojos de Brad.

—¿Cómo se hace? —preguntó, sin aliento.

—¿Qué?

—Besar como una mujer.

—Abre un poco la boca —dijo, y volvió a besarla...

Brad era un experto que consideraba el acto del amor como un arte creativo. La condujo con pericia a través de los prolegómenos del sexo, desnudándola hábil y rápidamente.

—No lo hagas —dijo, cuando ella desvió la cara y cerró los ojos.

Le puso los dedos en la mejilla y la obligó a mirarle—.

Si sientes vergüenza, Allison, no te producirá ninguna satisfacción, ni esta noche ni nunca.

Dime qué te impulsa a volver la cara y yo podré disuadirte.

Pero no empieces cerrando los ojos para no tener que mirarme.

—Es la primera vez que estoy desnuda delante de alguien —dijo ella, sobre el hombro de Brad.

—No utilices la palabra «desnuda» —dijo él—.

Hay millones de diferencias entre estar desnuda y estar desvestida.

Desvestida es una palabra tan suave como tus caderas —dijo, acariciándola—, pero desnuda sugiere la idea de algo sórdido e inconfesable.

Y ahora dime, ¿por qué te avergüenza estar desvestida?

Ella titubeó.

—Temo que me encuentres fea —dijo al fin.

—No voy a decirte nada porque, por muchas seguridades que te diera en este momento, todas te parecerían falsas. Además, esto no es lo que temes en realidad, y tú lo sabes.

—Entonces, ¿qué es?

—Temes que piense mal de ti por entregarte a mí. Es un temor femenino completamente normal. Si te diera una razón convincente para tu proceder, este temor desaparecería. Es extraño, pero la mayoría de las mujeres necesitan tener alguna excusa. A los hombres nos resulta mucho más fácil.

—¿Por qué?

Sonrió al oír sus descripciones de las mujeres.

—Un hombre dice: «Ah, ésta es una preciosa criatura a la que me encantaría llevar a la cama».

Entonces empieza a trabajar para conseguir su propósito.

Si tiene éxito, salta con ella a la cama más próxima y fornica con todas sus fuerzas antes de que ella cambie de opinión y exija que le dé una buena razón para lo que está haciendo.

Ella se volvió sobre la espalda y puso los brazos encima de la cabeza.

—Entonces, tú crees que la relación sexual entre personas que no están casadas es perdonable.

—Nunca he pensado en ello como algo perdonable o condenable. Está ahí, y puede ser bueno si las personas no lo estropean con razones y disculpas. ¿Has entendido alguna palabra de lo que he dicho?

—Sí, creo que sí.

—Entonces, ¿puedo mirarte?

Ella apretó los puños, pero no cerró los ojos ni volvió la cara.

—Sí —dijo.

Él lo hizo lentamente, siguiendo con sus ojos el camino que recorrieron sus manos sobre ella.

—Eres muy hermosa —dijo—. Tienes unas piernas largas y aristocráticas y el busto exquisito de una estatua.

Ella exhaló un profundo suspiro que la hizo estremecer, y su corazón latió con fuerza bajo sus senos.

Él colocó los labios sobre el lugar de las pulsaciones, mientras le oprimía suavemente el abdomen con la mano.

Continuó besándola y acariciándola hasta que todo su cuerpo tembló bajo sus labios y sus manos.

Cuando le besó la parte interior de los muslos, ella empezó a gemir, y aun entonces él continuó sus sensuales caricias y esperó a que ella iniciara los ondulantes movimientos del acto sexual con las caderas.

Estaba echada con los brazos doblados y levantados por encima de la cabeza, y él la mantenía sujeta a la cama con las manos encima de sus muñecas.

—No lo hagas —ordenó, cuando ella intentó liberarse al sentir la primera acometida de dolor—. Ayúdame —dijo—. No te resistas.

—¡No puedo! —exclamó ella—. ¡No puedo!

—Sí que puedes. Aprieta los talones sobre el colchón y levanta las caderas. Ayúdame. ¡Deprisa!

En el último momento una brillante gota de sangre apareció en su boca, donde se había mordido el labio, y entonces exhaló un grito de dolor y placer.

Después, cuando ya habían fumado y hablado, él se volvió nuevamente hacia ella.

—La primera vez nunca es tan satisfactorio como debería para una mujer —dijo—. Ésta lo será.

Empezó a seducirla de nuevo, con palabras, y besos, y caricias, y esta vez ella sintió el pleno goce del placer sin dolor.

—Pensaba que me estaba muriendo —le dijo después—. Era la sensación más maravillosa del mundo.

El domingo por la mañana, Allison fue capaz de andar desvestida delante de Brad y notar sus ojos fijos en ella sin experimentar vergüenza o temor. Arqueó la espalda, sacudió su abundante cabellera, apretó los senos contra su cara y se regocijó de la instantánea reacción que despertó en él.

«Esto es lo que se siente —pensó con alborozo— cuando te entregas en cuerpo y alma al hombre que amas.»

Las horas pasaron con rapidez y, al caer la noche, tomaron la carretera de Merritt para regresar a Nueva York. Brad le cogió una mano y ella se rió con nerviosismo.

—Sería terrible que me quedara embarazada —dijo, pensando que no sería nada terrible—, porque entonces tendríamos que casarnos y yo no podría seguir trabajando. Pasaríamos todo el día en la cama.

Brad le soltó la mano inmediatamente.

—Pero, querida niña —dijo—, he tomado todas las precauciones necesarias contra algo tan desastroso como un embarazo. Ya estoy casado. Pensaba que lo sabías.

Ella sólo notó un entumecimiento que pareció aislar todo su cuerpo con hielo.

—No —dijo, con forzada naturalidad—. No lo sabía. Tú y tu esposa, ¿tenéis hijos?

—Dos —dijo Brad.

Debería haber sentido algo, pero continuó tan vacía como antes.

—Ah —dijo.

—Me sorprende que no lo supieras. Todo el mundo lo sabe. David Noyes, también. De hecho, un día coincidió con mi esposa en mi despacho.

—No me lo comentó —dijo, como si hablara de alguien que hubiera conocido a una persona cualquiera y no le hubiera dado importancia.

—Bueno —repuso Brad, con una carcajada—, Bernice no es una mujer que impresione a un desconocido en el primer encuentro. —Aparcó hábilmente frente a la casa de Allison—. Mañana leeré la novela. Espero que sea tan buena como me has dado a entender.

—Sí. —Se apeó del coche—. No, no te molestes en subir, Brad. Ya nos veremos. Buenas noches. Buenas noches —repitió—, y gracias por todo.

Steve Wallace se encontraba con un amigo en el apartamento cuando Allison entró.

—Márchate —dijo Steve a su amigo, y en cuanto la puerta se hubo cerrado tras él, se volvió hacia Allison—. ¿Qué? —preguntó—. ¿Qué te pasa? ¿Ha ocurrido algo?

Allison dejó la maleta en el suelo.

—Brad está casado —dijo, con el mismo tono que habría empleado para decir a un desconocido que Brad tenía el cabello negro.

Steve se acercó a la mesa del salón, extrajo dos cigarrillos de una cajetilla, los encendió y le pasó uno.

—Bueno, no es una tragedia, ¿verdad? Quiero decir que no es como si estuvieras enamorada de él o algo así. ¿Allison?

—¿Sí?

—He dicho que no es como si estuvieras enamorada de él o algo así. ¿Verdad?

—Nadie me había hablado de su esposa —dijo ella, con tono de perplejidad—. ¿No es extraño? Ni siquiera sabía que Brad estaba casado hasta que él me lo ha comentado hace un rato.

—¡Allison! ¡Contéstame! He dicho que no es como si estuvieras enamorada de él o algo así. ¿Verdad?

—He pasado todo el fin de semana en la cama con él. No creo que una mujer pueda conocer a Brad y no considerarse enamorada de él, o que pueda dormir con él y no darse cuenta de que está enamorada de él.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Steve, y se sentó en el borde de un sillón y se echó a llorar—. Oh, Allison —sollozó—. ¿Qué puedes hacer?

—¿Hacer? Sencillamente, irme a la cama.

Cuando Steve entró en el dormitorio a la mañana siguiente para ver si Allison estaba despierta, la encontró echada sobre la espalda, mirando al techo con ojos secos.

—¿Te encuentras bien? —preguntó ansiosamente Steve—. Tengo una cita a las nueve, pero puedo telefonear y anularla si no te encuentras bien.

—Estoy perfectamente —dijo ella, sintiéndose como si estuviera encajonada en hielo.

—Oh, Allison. ¿Qué vas a hacer?

—¿Hacer? —preguntó, con el mismo tono que la noche anterior—. Pues... creo que iré a dar un paseo. Hace buen día.

Alzó las piernas por encima del borde de la cama y se levantó.

—Será mejor que te des prisa si no quieres llegar tarde.

—Oh —dijo Steve—, por poco se me olvida. Tu madre te llamó el sábado. Le dije que habías ido a pasar el fin de semana a Brooklyn, a casa de una amiga. Me dijo que no era nada importante, que sólo quería darte una noticia local que podía interesarte. Le dije que la llamarías cuando volvieras.

—Lo haré. Gracias.

Tomó tres tazas de café y fumó cuatro cigarrillos, pero no comió y no llamó a Constance.

Dejó el apartamento y echó a andar, y anduvo toda la mañana.

Hacia mediodía, se encontró en Broadway, cerca de Times Square .

Estaba a casi quince metros del quiosco cuando lo que había visto allí se registró en su cansado cerebro.

Un periódico doblado y las grandes letras del titular avivaron algo en su interior.

« Peyton Place » eran las letras que había visto.

Se abrió paso entre la gente y volvió al quiosco.

—Ese periódico —dijo, señalando.

—Diez centavos —contestó el hombre.

Era un ejemplar del Concord Monitor de hacía cuatro días.

« PARRICIDIO EN PEYTON PLACE », leyó. Después paró un taxi y dijo al chófer que la llevara rápidamente a la dirección que le dio, que estaba enferma y tenía que llegar pronto a su casa.

Cuando entró en el apartamento, Steve le dijo que Brad había telefoneado tres veces.

Ella pasó junto a Steve y entró en el dormitorio. Sacó la maleta del armario donde Steve la había metido la noche anterior.