Peyton Place (Peyton Place 1) 13 #5
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—Me voy a casa —dijo a Steve.

Allison permaneció inmóvil y escuchó el silencio que de noche formaba parte de Peyton Place . Siguió recordando. Aún no había abandonado Nueva York cuando Brad la llamó.

—He leído el libro —le dijo, como si nada hubiera pasado durante el fin de semana—. ¿Puedes venir a mi despacho?

—No, no puedo, Brad —contestó ella, intentando adoptar el mismo tono que él—. Me voy a casa.

Hubo una larga pausa.

—Escucha, Allison. No seas tonta, por favor. Ven a mi despacho y hablaremos.

—¿Qué opinas del libro, Brad?

Hubo una nueva pausa.

—Le falta algo —dijo él al fin—. No parece vivo o completamente real.

—¿Es imposible de arreglar? —inquirió ella.

—No he dicho eso, Allison. Únicamente creo que deberías olvidarlo durante un tiempo. Eres joven. No hay prisa. Escríbeme unos cuantos relatos más para las revistas, y quizá puedas volver a intentarlo dentro de un año.

—Quieres decir que el libro no es bueno, ¿verdad?

—No he dicho eso.

—¿Puedes venderlo?

Brad volvió a guardar unos instantes de silencio.

—No —dijo finalmente—. No creo que pueda venderlo.

Allison se levantó y fue hacia la chimenea.

Separó los fragmentos del tronco casi consumido para que el fuego se apagara más rápidamente, y después dio media vuelta y subió a su habitación.

Estaba pensando en lo que David Noyes le dijo sobre El castillo de Samuel .

«Si te equivocas...», le dijo. Bueno, se había equivocado y el libro no era bueno.

Se acercó a la cómoda de su dormitorio y extrajo las cartas que había recibido de David a lo largo del verano.

Sonrió mientras las releía, pues cada una de ellas era un milagro de tacto y jovialidad.

Tenía que haberse enterado del fracaso de su novela a través de Steve Wallace , pero no la mencionaba en sus cartas.

Le explicaba sus actividades cotidianas, los progresos de su nuevo libro, los sitios a donde iba, la gente que conocía.

Y en todas las cartas le pedía que regresara enseguida a Nueva York.

«Te echo de menos —escribía—. Tu lengua afilada, o quizá debería decir la falta de la misma, ha dejado un gran vacío en mi existencia cotidiana. Nadie me ha llamado “genio” desde que te fuiste y mi ego sufre.»

Escribía: «Hoy me he sentido asqueado al oír la letra de varias canciones populares.

“Tómame. Déjame”, dicen estos horrores. “Derríbame de un golpe y dame una patada en los dientes. Afila tus tacones en el puente de mi nariz. No importa. Lo comprenderé.” ¿Te imaginas que alguien pueda ser tan estúpido? Yo sí».

«Oh, David —pensó Allison con desesperación—. Voy a hacerte daño, pero no puedo evitarlo.»

Se sentó a la mesa y escribió una carta a David. Le escribió como si estuviera escribiendo un relato, y le describió su fin de semana en Connecticut con todo detalle. Pero hasta que hubo escrito las últimas frases no empezó a sentirse aliviada.

«La medida de mi vergüenza, David, es que no le amaba —escribió—.

Esto es lo peor de todo. Me habría gustado seguir considerándome a mí misma como el tipo de mujer que sólo necesita el sexo para expresar un gran amor.

Pero no fue así en el caso de Brad. Antes creía que el hecho de confundir el amor con el sexo era infantil y estúpido, pero ahora sé por qué tantas mujeres lo hacen.

Porque después resulta demasiado doloroso si no se recuerda nada del amor. »

No volvió a recibir noticias de David, y ella tampoco volvió a escribirle. Pero su silencio le causó gran aprensión y casi lamentó haberle escrito como lo hizo.

Sin embargo, no concebía la posibilidad de ocultar a David lo que le había dicho.

Decidió volver a Nueva York a finales de octubre y escribió cortas notas a Steve Wallace y Bradley Holmes para comunicárselo.

Consiguió escribir el nombre de Brad en el sobre sin ninguna emoción, con la mano firme y el corazón en calma.

«Ya está hecho», pensó, pero no sintió nada de la tranquila satisfacción que generalmente había asociado con el hecho de atar cabos sueltos.

Una tarde, a últimos de septiembre, Allison y Tom subían la colina en dirección al castillo de Samuel Peyton.

—Nunca he estado allí —dijo ella—. Quizás éste sea el motivo por el que no he sabido escribir sobre él. Hace muchos años comprendí que era una pérdida de tiempo intentar escribir sobre algo que no se conoce.

—¿Volverás a intentarlo? —preguntó Tom—. Me refiero a la novela.

—Por ahora, no —contestó Allison—. Creo que seguiré escribiendo relatos durante otro año. Tom... —Se detuvo y se agachó para coger un palo que clavó en el suelo mientras andaba—. Tom, me gustaría hacer las paces con mi madre.

Tom se agachó a su vez y cogió otro palo.

—Me parece una buena idea —dijo con calma—. Pero no lo hagas sin haberlo pensado bien. No lo hagas si no estás convencida, porque sólo lograrías causarle un nuevo dolor y yo no te lo consentiría.

—Estoy convencida —dijo Allison—. Ahora entiendo cómo pudo ocurrir. Mi madre tuvo menos suerte que la mayoría, eso es todo.

Tom se echó a reír.

—Yo no lo creo así —replicó—. Te tuvo a ti, ¿no? Quizá tuvo más suerte que la mayoría.

—Me pregunto qué diría Peyton Place sobre nosotras si lo supiera —murmuró Allison.

—Te preocupas demasiado por Peyton Place —dijo Tom—. No es más que una ciudad, Allison, como cualquier otra. Tenemos nuestros personajes, pero también los tiene Nueva York y cualquier otra ciudad, grande o pequeña.