Peyton Place (Peyton Place 1) 13 #3
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—No necesariamente —dijo él—. Puede ser que el amor no resista una prueba, pero eso no significa que no sea una clase de amor.

El amor no es estático. Cambia y fluctúa, a veces se refuerza, a veces se debilita y a veces desaparece totalmente.

Sin embargo, creo que es difícil no sentirse agradecido por el amor que se tiene.

—No compensa —dijo Allison—. Sufres demasiado por cada migaja de amor.

—Lo que hay que hacer, Allison, es recordar el amor y no obsesionarse pensando en la pérdida —dijo Tom con dulzura.

—¿Qué sabes tú de eso? —exclamó Allison, levantándose de un salto y echándose a llorar—. Tú nunca has perdido nada. Tienes lo que querías.

Salió precipitadamente del porche y subió a su habitación.

—¡Bueno! —dijo Constance, sorprendida—. ¿Qué la atormenta?

—Dolores del crecimiento —dijo Tom.

En su habitación, Allison se echó de bruces en la cama. «¿Recordar? —pensó desesperadamente—. Recordar, ¿qué?»

La vergüenza que sintió al pensar en ella junto con Bradley Holmes le hizo respingar y cerrar los puños y desear el olvido. «Recuerda el amor y no la pérdida», había dicho Tom. ¿Cómo se podía olvidar completamente?

«Oh, Dios mío —gimió Allison, tendida en la cama con la mejilla ardiendo sobre la suave funda de la almohada—, ¿por qué ha tenido que nombrar el amor?»

Sucedió el día que terminó la novela. Eran las ocho y media de la mañana, había pasado toda la noche escribiendo y al final escribió la hermosa palabra FIN .

Arqueó la nuca y movió los hombros, notando el dolor del cansancio y la tensión, y después dio una ojeada al reloj y encendió un cigarrillo.

Eran casi las nueve y podía llamar a Bradley Holmes a su despacho.

—Oh, Brad —dijo en cuanto oyó su voz—. La he terminado.

—¡Magnífico! —dijo él—. ¿Por qué no me la traes el lunes?

—¡Oh, el lunes! —exclamó Allison—. Pero Brad, pensaba que podríamos ir a cenar y releerla juntos después.

—Me gustaría —dijo Brad—, pero me marcho a primera hora de la tarde a Connecticut.

—¿Ah, sí? —preguntó Allison—. ¿Vas solo?

—Sí.

—Brad. —Allison permaneció callada durante lo que pareció un largo momento—. ¿Brad?

—¿Sí?

—Llévame contigo.

Él también permaneció callado largo rato.

—Está bien —dijo al fin—. Te recogeré hacia las cuatro.

—Estaré lista.

—Y, Allison.

—¿Sí, Brad?

—Deja el manuscrito en casa. Si quieres podemos hablar de él, pero he tenido una semana de mucho trabajo. Me gustaría descansar este fin de semana.

—De acuerdo —dijo ella y colgó lentamente.

Steve Wallace salió del dormitorio, bostezando. Era una de las pocas mañanas que no tenía ninguna cita y estaba disfrutándola concienzudamente.

—Hola —saludó Steve, rascándose el cuero cabelludo con las yemas de los dedos—. ¿Has hecho café?

—Me voy a pasar el fin de semana con Brad —dijo Allison.

Steve empezó a estirar el torso en un ejercicio rítmico infalible para conservar la cintura de avispa.

—Bueno, no te portes como si estuvieras a punto de morirte e ir al cielo.

Allison la miró con ojos cansados y enrojecidos.

—Nunca he pasado un fin de semana con un hombre.

—En primer lugar —declaró Steve, recalcando sus palabras con un índice extendido—, no creo que lo que estás pensando llegue a pasar.

Sobre todo si es el señor Galahad Holmes quien está al timón.

Y en segundo lugar —esta vez extendió dos dedos—, estoy completamente segura de que no pasará si no duermes un rato y te libras de esos ojos inyectados en sangre.

—He terminado el libro.

—¡Eureka! —exclamó Steve—. ¡Albricias! O lo que sea.

—Corrió a la mesa de bridge, donde estaba la máquina de escribir de Allison, y miró la hermosa palabra mecanografiada en la hoja de papel blanco—.

Fin —dijo—. ¡Gracias a Dios! Pensaba que tendrías un colapso nervioso antes de llegar a esto.

¡Oh, Allison, es maravilloso! —Dio unos cuantos pasos de baile, con sus pies descalzos—.

¡Has terminado! —Se quedó quieta y miró a su amiga—.

Oh —dijo—, por eso te lleva Brad a pasar el fin de semana con él. Para leer el libro.

—No. Sólo quiere que le hable de él. Y quiere descansar.

—Tonterías —dijo Steve—. Si alguna vez he visto a un hombre enamorado, ése es Brad Holmes.

Su problema es que tiene más de cuarenta y eso hace que te doble la edad.

—Hablaba desde la cocina y Allison estaba sentada en el salón—.

Naturalmente, una bobada como ésta no inquietaría a la mayoría de los hombres, pero Brad Holmes no es como la mayoría de los hombres.

—Yo no creo que la edad tenga nada que ver con el amor. ¿Y tú?

—No, yo tampoco. ¿Por qué no se lo preguntas a Brad?

—Quizá lo haga después. Ahora me voy a la cama.

—Te llamaré con tiempo suficiente para que te arregles para el fin de semana.

Allison se levantó y fue a la ventana de su habitación en Peyton Place .

«¡Qué listas y cosmopolitas nos consideramos Steve y yo aquel día! —pensó—. ¡Con qué naturalidad tomamos el hecho de que me fuera a pasar el fin de semana con un hombre! ¡Qué atrevida me sentía yo, y qué mayor, y qué tranquila!»

—¿No te escandaliza saber que me voy a pasar el fin de semana con un hombre? —preguntó a Steve.

—Si el hombre es Brad Holmes, no —contestó Steve mien tras metía el pijama de algodón de Allison en una maleta—.

El mayor favor que ese tipo te ha hecho ha sido presentarte a David Noyes.

Él lo sabe y tú deberías saberlo. No tengo ninguna duda de que el lunes regresarás a la ciudad tan virginal como ahora.

Allison se apartó de la ventana de su dormitorio y buscó impacientemente un cigarrillo entre las cosas de la mesilla de noche.

Sus dedos tropezaron con un paquete vacío y lo estrujó en la mano mientras bajaba sin hacer ruido por la escalera.

Constance y Tom se habían ido a acostar hacía rato y sólo una lamparita estaba encendida en el salón.

Todo se hallaba en calma cuando Allison abrió la puerta principal y contempló Beech Street; la noche era fría, como solían ser las noches de septiembre en Peyton Place .

Cerró suavemente la puerta y volvió al salón.

La chimenea estaba fría y oscura y Allison formó un pequeño montón de leña encima de los morillos.

Cuando el fuego estuvo encendido se sentó en un sillón y se quedó contemplando las llamas.

«Tendría que haber huido —pensó—. Tendría que haber huido de Brad para ir al encuentro de David.

Pero ¿era eso lo que yo quería? En el mismo momento que pude dar media vuelta y decir no, ¿qué es lo que quería?

» Hasta ahora, Allison se había dado muchas excusas a sí misma.

«No pude evitarlo», se había dicho. «No me di cuenta.

Le amaba. Fue culpa suya. Él debería haber actuado de otro modo.

» Allison miró distraídamente el fuego en el salón de la casa de su madre, y por primera vez desde que se enteró del abandono de Constance se preguntó sobre el corazón y la mente de ella.

—Le habría pasado a cualquiera —le había dicho Constance—. Yo estaba sola y él estaba allí.

«Pero yo no estaba sola. Tenía mi trabajo, y a Steve, y a David. No estaba sola.»

El fuego chispeó cuando un tronco empezó a arder e inme diatamente Allison sintió la presencia de Bradley Holmes . Era extraño; mientras antes las reminiscencias le habían causado dolor, ahora podía recordar con curiosidad.

Él se hallaba frente a la chimenea del salón de su granja de Connecticut y le alargaba un vaso.

—Quizá contribuya a la delincuencia de una menor —comentó—, pero un poco de jerez nunca ha hecho daño a nadie. Toma.

—Por El castillo de Samuel —añadió— y cincuenta y dos semanas en las listas. Si lo has escrito tan bien como me lo has explicado esta noche, tendremos un gran éxito.

«Monetario», pensó ella acordándose de David Noyes, pero no lo dijo en voz alta. Le miró.

—Mientras a ti te guste —dijo—, no me importaría que fuera rechazado por todos los editores de Nueva York.

—No hables así —dijo Brad, sentándose a su lado en el sofá—. ¿Cómo esperas que pague el alquiler del despacho sin un éxito editorial de vez en cuando?

Hubo un largo silencio durante el que ella tomó un sorbo de jerez, se alisó la falda del vestido y encendió un cigarrillo. Permaneció inmóvil y contempló el fuego, tal como Brad hacía, y por primera vez desde que le conoció se sintió incómoda en su presencia.

—No es necesario, ¿sabes? —dijo Brad, y ella se sobresaltó tanto que estuvo a punto de dejar caer la copa.

—¿Qué no es necesario?

—Sentirte incómoda. —Se levantó y fue a atizar el fuego, volviéndole la espalda—. Me pregunto si sabías lo que hacías cuando me has pedido que te llevara conmigo o si me dejabas a mí el trabajo de averiguarlo.

—Y ¿a qué conclusión has llegado?

—He llegado a la conclusión de que una jovencita que quiere pasar un fin de semana con un hombre va, o bien por el sexo, o bien porque no le importa ponerse en ridículo.

Me alegro mucho de que hayas sido lo bastante lista para escogerme por compañero.

Debías de saber que no podía ocurrirte nada malo en compañía de un hombre lo bastante viejo para ser tu padre.

—David Noyes no me considera tan niña —dijo Allison de mal humor—. Hace unos días me pidió que me casara con él. Me gustaría que dejaras de emplear las palabras joven y viejo como si fueran nuestros nombres de pila, aunque sólo sea por esta noche.

—No puedo —contestó Brad—. Y menos esta noche. Resultaría muy provocativo pensar que tú y yo tenemos la misma edad.

—Es posible que a mí me gustara insinuarte algunos pensamientos. Pensamientos sobre mí, como persona, en vez de pensamientos sobre mí en relación al trabajo.

—No te dejes dominar por el despecho, querida —dijo él con ecuanimidad—. El despecho suele poner en la boca de una mujer palabras que luego lamenta amargamente.

—¡Bueno! —exclamó ella, recalcando su sorpresa—. ¡Que repiquen las campanas, que ondeen las banderas, que cierren las escuelas! ¡Bradley Holmes ha dicho que Allison MacKenzie es una mujer!