13 #2
El despacho de Bradley Holmes estaba inundado de luz la mañana que Allison fue allí por primera vez, y olía a alfombras caras, y colillas aplastadas, y libros lujosamente encuadernados.
—Siéntese, señorita MacKenzie —dijo Bradley Holmes— . Debo confesar que estoy bastante sorprendido. No había esperado a alguien tan joven.
Joven era una palabra que Brad utilizaba a menudo, de una forma u otra, en todas sus conversaciones con Allison.
«Soy mucho mayor», decía.
O: «He vivido mucho más».
O: «Eres muy lista, para ser tan joven».
Y muchísimas veces dijo: «Aquí hay un joven encantador que seguramente te gustará».
Allison pasó unos quince minutos con él, y después él la acompañó cortésmente hasta el ascensor.
—Leeré sus relatos lo antes posible —le dijo—. Me pondré en contacto con usted.
—Hum —dijo Steve Wallace más tarde—. La misma cantinela de los directores de reparto.
No nos llame, nosotros lo haremos. Afortunadamente, no me ha pasado nunca con los agentes publicitarios, pero no sabes de cuántas oficinas teatrales me han echado con estas palabras.
No sacarás nada del señor Bradley Holmes . Te aconsejo que pruebes con otro.
Tres días después, Bradley Holmes telefoneó a Allison.
—Hay algunas cosas que me gustaría comentar con usted —dijo—. ¿Puede venir hoy a mi despacho?
—Tiene usted un gran dominio del lenguaje —le dijo, y en aquel momento Allison habría dado su vida por él—.
Además —añadió—, tiene una habilidad especial para el relato.
Creo que por el momento debemos concentrarnos en esto.
Reserve su verdadero talento para más adelante, para una novela quizá.
Desgraciadamente, no sé de ningún lugar donde podríamos encajar sus mejores relatos.
Las revistas de categoría, las únicas que pagan lo bastante para vivir, no son demasiado partidarias de los relatos llenos de solteronas, gatos, y sexo. Tenga.
Alargó a Allison un montón de manuscritos que eran sus mejores relatos.
—Trabajaremos con estos otros —dijo.
Al cabo de dos semanas, Allison había llegado a considerar a Bradley Holmes como un genio de primer orden. Al cabo de un mes le había vendido dos de sus relatos y ella había empezado a pensar en escribir una novela.
—Tienes mucho tiempo por delante —le dijo él—. Eres muy joven. Sin embargo, en cuanto empieces a ganar bastante dinero seguramente no querrás probar suerte con un libro. Adelante, si quieres, y veamos de lo que eres capaz.
—Sí, Brad —dijo Allison.
Si él le hubiera dicho que le convenía tirarse de un tren en marcha, habría dicho: «Sí, Brad».
Estaban cenando juntos en uno de los buenos restaurantes del East Side que Brad frecuentaba.
—No tengo que trasladarme al centro para conocer a tipos raros y pervertidos —dijo él—. Veo muchos más de los que querría en los llamados tés literarios.
A partir de entonces Allison empezó a huir del Village, pero pasó largo tiempo antes de que Bradley Holmes se diese cuenta de la influencia que ejercía sobre su más joven cliente.
—Piensa por ti misma —le dijo bruscamente—. La nuestra no es una relación Trilby-Svengali. No pienses que lo es.
Sin embargo, Allison había desarrollado el hábito de la dependencia. Le había telefoneado y había acudido a él en busca de un consejo sobre multitud de detalles que habría podido resolver fácilmente por sí sola.
—No empieces a pensar en mí como tu padre —le advirtió.
Allison no lo hizo. Pensaba en él como Dios.
Fue entonces cuando Brad empezó a presentar a Allison a gran número de jóvenes. El más interesante era uno alto y delgado que se llamaba David Noyes y escribía lo que ella denominaba «Novelas de Significación Social».
—Me gustaría que Allison me mirara una sola vez tal como siempre mira a Brad Holmes —dijo David a Steve Wallace— . Es casi embarazoso ver cómo le mira. ¡Tanto amor, tanta adoración! Yo no podría resistirlo. Me pregunto cómo puede resistirlo él.
A Allison le gustaba David. Él le proporcionó un caudal de nuevas ideas y pensamientos y la ayudó en sus momentos de desánimo cuando empezó a escribir la novela. Ella le contó la leyenda del castillo de Samuel Peyton y él la escuchó atentamente.
—Suena bien —le dijo—. Claro que quizá sea un poco difícil de manejar. Tendrás que trabajar mucho para convertir a Samuel en un personaje simpático. Si te equivocas, será un infame.
—Brad cree que es una historia magnífica —dijo Allison—. Cree que será un gran éxito.
—Monetario —puntualizó David.
—Bueno, no todo el mundo puede ser un genio —replicó Allison.
David tenía veinticinco años y, al publicar su primera novela, había sido aclamado por la crítica como un nuevo talento de gran porvenir.
Quería reformar el mundo y le resultaba difícil comprender a las personas que, como Allison, querían escribir por fama o por dinero.
Veía un mundo libre de guerras, pobreza, crímenes e instituciones penales y constantemente intentaba hacer ver a los demás lo que él veía.
Brad Holmes le había llamado un «joven obsesionado», así que Allison, naturalmente, también le veía así.
—El propio Brad está obsesionado —dijo David cuando Allison le contó lo que había dicho el agente—. Es como la ciudad de Nueva York. Duro, brillante y obsesionado por el dinero.
Brad y Nueva York lo tienen todo en común, y el criterio de ambos es en efectivo.
—¡Oh, cómo puedes hablar así! —exclamó Allison, a punto de llorar de rabia—. Brad es el hombre más bueno y amable que he conocido en mi vida.
—Brad es muy buen agente —comentó David— y pocas veces, o nunca, he visto que la bondad y el dinero fueran de la mano.
—A veces —le replicó Allison con irritación—, casi siempre, me pones enferma. Brad es el mejor amigo que he tenido jamás.
—¿De verdad? —preguntó David con sarcasmo—.
¿Qué hay de ese Makris sobre el que me has hablado?
¿El que te respaldó cuando tu amiga Kathy tuvo el accidente?
¿No es tu amigo? Al ponerse de tu parte arriesgó su empleo, la posición que disfrutaba en ese nido de víboras que llamas Peyton Place, y todo lo demás.
¿Qué hay de Makris? A mí me parece que es tu mejor amigo.
—¡Oh, él! —dijo Allison con un encogimiento de hombros—. Él es diferente. Es el marido de mi madre.
—A veces —dijo lentamente David— creo que habría que someter tu alma a un detallado examen microscópico para saber si realmente la tienes.
—David, no discutamos. Aunque sólo sea por una noche, no nos ataquemos. Seamos amigos.
David la miró en silencio.
—No quiero ser amigo tuyo —dijo.
—Bueno, entonces, ¿qué querrías ser? —preguntó ella.
—Tu amante —contestó él con brusquedad—. Pero no tengo un repertorio de frases bonitas para conquistarte.
Estaban sentados a una mesa de un restaurante de Greenwich Village. La mesa se hallaba cubierta por el consabido mantel a cuadros rojos, y una vela, embutida en el cuello de una botella de vino vacía, ardía tenuemente. David se inclinó hacia Allison y deslizó los dedos por su largo cabello.
—La única frase bonita que se me ocurre cuando te miro es que tienes un cabello precioso.
—Gracias —dijo Allison, con la mirada baja. Un cumplido de David era algo para lo que no estaba preparada—. ¿No sería mejor que nos diéramos prisa? Nunca he estado en el ballet. No quiero llegar tarde.
Aquella noche vieron Las sílfides y Allison miró a los bailarines disfrazados y pensó en Peyton Place y en el húmedo aire de abril a través de una ventana abierta.
Se estremeció ligeramente y David le tomó la mano en la oscuridad del teatro.
Allison se sintió más cerca de David a partir de esa noche; sin embargo, cuando pensaba en el amor, pensaba en Bradley Holmes .
—¡Allison! —Era la voz de Constance, que la llamaba desde el pie de la escalera.
—¿Sí, madre?
—Tom está en casa. Baja a tomar una copa con nosotros.
—Gracias. Bajaré enseguida.
Se lavó la cara hinchada por las lágrimas y se peinó. «David —estaba pensando—. David habría sido bueno conmigo.»
Días después, una noche de la primera semana de septiembre, Allison estaba sentada en el porche trasero de la casa de su madre con Constance y Tom.
Allison observaba a una mariposa nocturna que luchaba por abrirse paso a través de la tela metálica de la puerta y escuchaba distraídamente a Constance, que hablaba de Ted Carter.
—No creo que amara jamás a Selena —dijo Constance.
—No estoy de acuerdo contigo —dijo Tom, estirando las largas piernas y sentándose sobre el extremo de la columna vertebral—.
Es verdad que el amor tiene distintos niveles, pero, profundo o superficial, sigue siendo amor.
—Tuvo buen cuida do de no mirar a Allison—.
Cuando un hombre no hace más que dormir con una mujer disponible, también expresa un tipo de amor.
Constance profirió un bufido.
—Ahora nos dirás que un hombre está expresando amor cuando va a una casa de putas.
—¡Madre! Por el amor de Dios —protestó Allison.
—Habla con Tom —dijo Constance despreocupadamente, intentando coger una rodaja de limón del fondo del vaso—. Él es quien me enseñó a llamar las cosas por su nombre.
—Bueno, tampoco hay que exagerar —dijo Allison—.
Sea como fuere, no sé qué tiene que ver todo esto con Ted y Selena.
Él la monopolizó durante años, asegurando que quería casarse con ella, y mira lo que pasó en cuanto ella estuvo en un apuro.
La dejó. Durante años todos pensamos que Ted Carter era fantástico y al final ha resultado ser una miniatura de Roberta y Harmon.
¡Ted y sus grandes planes! El cobarde no encontró sitió en ellos para Selena.
—Pero ¿qué tiene eso que ver con si la amaba o no? —preguntó Tom.
—Si realmente la hubiera amado, se habría quedado junto a ella —dijo Allison con ardor, alegrándose de que en el porche reinara la bastante oscuridad para no tener que mirar a Tom.