13
El verano transcurrió lentamente para Allison MacKenzie.
Pasó gran parte de él sentada en su habitación y paseando por las calles de Peyton Place .
Se acostaba temprano y se levantaba tarde, pero el cansancio letal que pesaba sobre ella no la abandonaba.
A veces iba a ver a Kathy Welles, pero no hallaba consuelo en esas visitas.
Era como si un muro se interpusiera entre las dos amigas, y a Allison no le consolaba saber que no era un muro de hostilidad o incomprensión, sino un muro hecho por la felicidad de Kathy.
«Un muro de felicidad —pensaba Allison—. ¡Qué maravilloso vivir detrás de una cosa así!»
Kathy sujetaba a su bebé por el brazo izquierdo y apoyaba al niño en su cadera. Llevaba la manga vacía de su vestido de algodón perfectamente recogida hacia atrás con un alfiler, y Allison se preguntó cómo se vestiría todas las mañanas.
—La felicidad —dijo Kathy— es encontrar un sitio que te guste y quedarte allí.
Éste es el principal motivo por el que no lamenté no recibir una gran suma de dinero después del accidente.
Si Lew y yo hubiéramos tenido dinero, habríamos podido tener la tentación de viajar y conocer sitios nuevos, pero jamás habríamos encontrado uno como éste.
—Siempre has estado enamorada de Peyton Place —dijo Allison—. No sé por qué. Es uno de los peores ejemplos de ciudades pequeñas que se me ocurren.
Kathy sonrió.
—No, no lo es —replicó.
—Hablar, hablar, hablar —dijo Allison con impaciencia—. Peyton Place es famosa por su afición a hablar. Habla de todo el mundo.
—Eso son tonterías —le repuso Kathy—. Todo el mundo habla sobre todo el mundo. Incluso en tu precioso Nueva York. Walter Winchell es el mayor chismoso de todos. Es peor que Clayton Frazier y las señoritas Page y Roberta y Harmon juntos.
Allison se echó a reír.
—El caso de Winchell es distinto —dijo—. A él le pagan por chismorrear.
—No me importa —dijo Kathy—. Si alguna vez he metido la nariz en los asuntos de los demás, ha sido leyendo su columna. Al menos en Peyton Place no aireamos los trapos sucios en los periódicos.
Allison se encogió de hombros.
—Los periódicos se limitan a la gente importante —dijo—. En Peyton Place , cualquiera sirve.
—Selena Cross se ha convertido en una especie de celebridad —dijo astutamente Kathy—. Y Selena en relación con Peyton Place es lo que te preocupa, ¿verdad?
—Sí —admitió Allison—. Creo que Selena ha hecho mal quedándose aquí.
Habría podido irse a Los Ángeles con Joey y vivir en casa de Gladys, donde nadie la conoce.
Quedándose ha reaccionado como un avestruz, igual que si nada hubiera sucedido.
Para bien o para mal, sucedió, y sólo era cuestión de tiempo que la gente empezara a hablar.
Todos los buenos amigos que no querían verla ahorcada por asesinato la están ahorcando con sus murmuraciones.
—También esto pasará —citó Kathy—. Siempre ocurre así, Allison.
—Después de cien años de hablar de ti y hacerte picadillo —dijo Allison, y se levantó para marcharse—. Ya verás. Al final, Selena tendrá que marcharse.
—No actúa como si pensara huir —dijo Kathy—. Ayer estuve en la tienda de tu madre y Selena estaba hablando muy animadamente con Peter Drake. No se marchará.
—Siempre has querido ver una presunta inclinación amorosa en todas las conversaciones entre un hombre y una mujer —dijo Allison con mal humor—.
No te preocupes. Drake no está dispuesto a comprometer su futuro ligándose a Selena.
Ted Carter no lo hizo y Drake tampoco lo hará. Todos los hombres son iguales.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó Kathy—. ¿Se puede saber qué te ha pasado en Nueva York? Antes de que te marcharas jamás te había oído hablar así.
—Se me han abierto los ojos —dijo Allison.
—Bobadas —replicó Kathy—. Lo que tú necesitas es encontrar un buen muchacho, casarte y echar raíces.
—No, gracias —dijo Allison—. El amor y yo no hacemos buenas migas.
Fue algo que repitió con ligereza, pero demasiado a menudo, durante aquel largo verano; no sólo reflexionó sobre estas palabras sino que llegó a creerlas.
Porque el amor le había causado un dolor que no se produjo antes de que abandonara Nueva York sino que había esperado a que llegara a Peyton Place para abrumarla.
Y cuando finalmente hizo su aparición, ella creyó que se moriría.
Fue un dolor de tal intensidad que la dejó sin aliento, un dolor tan agudo que puso al descubierto todos sus nervios y los dejó expuestos a más dolor.
Revivió todas sus experiencias infantiles de rechazo y lloró en un éxtasis de autocompasión: «Perdí a Rodney Harrington por Betty Anderson, y a Norman Page por su madre, y a mi madre por Tomas Makris. Pero creí que sería diferente en Nueva York. ¿En qué me equivoqué? ¿Qué tengo yo de malo?».
Era septiembre cuando llegó a Nueva York, tres meses después de terminar sus estudios en la escuela superior.
Constance había insistido en que se alojara en uno de esos deprimentes hoteles para mujeres, pero Allison no perdió tiempo en afirmar su recién adquirida independencia y se puso a examinar los anuncios de ofertas del New York Times a los quince minutos de apearse del tren en la estación Grand Central. Vio uno que le gustó inmediatamente.
CHICA QUE SE OCUPA DE SUS PROPIOS ASUNTOS DESEA COMPARTIR APARTAMENTO CON CHICA QUE HAGA LO MISMO
Allison tomó nota de la dirección y al cabo de una hora había conocido, dado su aprobación y aceptado como compañera de apartamento a una muchacha de veinte años que dijo llamarse Steve Wallace .
—No me llames Stephanie —le rogó Steve—. No sé por qué, pero cuando me llaman Stephanie me siento como un personaje pálido y soso de Jane Austen.
Steve llevaba unos pantalones de leopardo y una llamativa blusa amarilla. Tenía un brillante cabello castaño y llevaba un par de enormes aros de oro en las orejas.
—¿Eres actriz? —preguntó Allison.
—Aún no —dijo Steve con su voz profunda—. Lo único que ahora hago es recorrer las agencias de reparto, pero paso modelos para pagar el alquiler y alimentarme. ¿Qué haces tú?
—Escribir —dijo Allison, no sin temor, pues se habían reí do demasiadas veces de ella en Peyton Place para pronunciar esa palabra sin un temblor en la voz.
—¡Pero eso es maravilloso! —exclamó Steve, y Allison empezó a cobrarle afecto en ese mismo momento.
Sin embargo, como Allison no tardó en descubrir, escribir relatos y venderlos eran dos cosas muy distintas. Empezó a darse cuenta de la suerte que había tenido al vender fácilmente su primer relato y de que el camino hacia su siguiente venta estaría lleno de obstáculos.
—Ojalá encuentre un editor como el que compró «El gato de Lisa» —decía a menudo y con fervor, especialmente el día de cada semana que recibía un generoso cheque de Constance.
Allison había colgado la ilustración a color que la revista publicó con «El gato de Lisa» en la pared del salón de Steve.
Durante aquel primer año en Nueva York miró la fotografía con frecuencia e incluso le sirvió de acicate, pues hubo momentos en que temió no llegar a ser capaz de ganarse la vida con la pluma.
Después conoció a Bradley Holmes, un agente literario, y empezaron a abrirse nuevas puertas ante ella.
Jamás habría empezado a tener éxito sin Holmes , pero su recuerdo le produjo tal dolor en esa calurosa tarde veraniega de Peyton Place , que sepultó la cabeza en la almohada y lloró.
«Oh, te amo, te amo», sollozó, y después recordó el contacto de sus manos sobre ella y la vergüenza se sumó al dolor. Cuanto más fuertemente cerraba los ojos, con más claridad le veía a través de sus párpados apretados.
Bradley Holmes tenía cuarenta años, el cabello oscuro y una complexión atlética, aunque no era mucho más alto que Allison. Poseía una vista aguda y perspicaz y una lengua que podía ser cruel y afectuosa al mismo tiempo.
—Es más fácil vender directamente a un editor —había dicho a Allison una amiga de Steve— que a un buen agente.
Y tras una serie de desaires por parte de secretarias de agen tes y recepcionistas de agentes, Allison pensó que probablemente la amiga de Steve tenía razón.
Fue después de una experiencia más amarga que otras, cuando casi había llegado a la conclusión de que no era tan difícil vender su trabajo a un agente como ser admitida en su despacho, que Allison buscó refugio en la Biblioteca Pública de Nueva York.
El libro que escogió era un reciente best seller y el autor se lo había dedicado a su «amigo y agente, Bradley Holmes», quien, según el autor, era un verdadero amigo, un genio con el alma de Cristo y la paciencia de Job; además de ser el mejor agente de Nueva York.
Allison fue directamente a un teléfono público, donde buscó la dirección de Bradley Holmes en la guía.
Tenía el despacho en la Quinta Avenida y aquella misma tarde se sentó ante su máquina de escribir y redactó una histérica carta para él.
Escribió que había trabajado duramente por culpa de un malentendido, pues ella siempre había creído que la función de un agente literario era leer los manuscritos que le llevaban los autores.
Si estaba en lo cierto, ¿cómo era posible que ella, ganadora de un premio, no consiguiese ver a un agente cara a cara?
Y si estaba equivocada, ¿para qué servían los agentes literarios?
Había ocho páginas más, en el mismo tono, y Allison las envió a la dirección de la Quinta Avenida sin releerlas, pues tuvo miedo de cambiar de opinión si se detenía a pensar en lo que había escrito.
Pocos días después recibió una nota de Bradley Holmes .
Estaba mecanografiada en un grueso papel de color crema, con su nombre impreso en negro en la parte superior de la hoja.
La nota era corta e invitaba a la señorita MacKenzie a que fuera a su despacho para entrevistarse con él y dejarle sus manuscritos, que el señor Holmes leería.