12
El juicio de Selena Cross empezó a las nueve de una cálida mañana de junio.
Se celebró en una sala abarrotada de lugareños y granjeros, y estuvo presidido por el juez Anthony Aldridge .
Un recién llegado a Peyton Place habría mirado a su alrededor con perplejidad en esa mañana, preguntándose si podía haberse equivocado en el día o el mes del año, pues Elm Street estaba tan cerrada y desierta como un domingo o un día de fiesta.
Todas las tiendas estaban cerradas, y los bancos de delante del juzgado no daban asiento a los ancianos que normalmente, ahora que era junio, habrían parecido hallarse enraizados allí.
El juicio de Selena se abrió con lo que Thomas Delaney, del Daily Record de Boston, después describiría como «un estallido».
El «estallido» al que Delaney se refería tuvo lugar cuando Selena Cross varió su confesión anterior y se declaró no culpable.
Una muchacha que se había presentado a sí misma como Virginia Voorhees se inclinó hacia Thomas Delaney.
—Maldita sea —susurró con voz ronca—, van a intentar alegar enajenación mental transitoria.
—Su nombre no era Virginia Voorhees sino Stella Orbach, pero escribía artículos para el suplemento dominical del American de Boston bajo el seudónimo de Virginia Voorhees.
Sus artículos siempre llevaban el mismo título: «¿Se hizo justicia?
». Suspiró con aflicción cuando Selena se sentó, después de declararse inocente de asesinato en primer grado—.
Maldita sea —murmuró—, una buena historia que se escapa.
—¿Quiere hacer el favor de callarse? —pidió Delaney en un susurro, pero Virginia Voorhees no le oyó por encima del asombrado zumbido que llenó la sala.
—¿No culpable? —susurró Peyton Place.
—¡Pero si dijo que lo había hecho!
—¡Sabía dónde estaba enterrado el cadáver!
Charles Partridge, en calidad de fiscal de distrito, estaba hablando a pesar del ruido.
—No es deber del Ministerio Fiscal —decía— enjuiciar al inocente, sino aplicar la justicia al culpable.
La voz del abogado era suave, y su actitud claramente apologética por su presencia en la sala. Sus palabras revelaron a todo el mundo que estaba de parte de Selena y que esperaba ayudar a Peter Drake a demostrar la inocencia de la muchacha.
—Por el amor de Dios —masculló la joven que se había presentado como Virginia Voorhees—, esto se está convirtiendo en un fiasco. ¿Ha oído alguna vez una cosa parecida?
Detrás de Partridge, en un asiento de la segunda fila, Marion Partridge se agitó con intranquilidad.
Ciertamente, Selena daba muestras de ingratitud, pensó Marion, haciendo quedar a Charles como un tonto al cambiar su alegato de este modo.
Charles había trabajado mucho en este caso, era su primer juicio por asesinato y le había dedicado mucho tiempo.
No es que él hubiera querido ser el que enjuiciara a Selena; definitivamente no.
De hecho, pensó Marion apretando los labios, ella tenía la impresión de que Charles había buscado una escapatoria para Selena con más celo que el propio Peter Drake.
Pero a pesar de ello, Charles era el fiscal del distrito y tenía que cumplir con su deber.
Oh, Marion había intentado decírselo. Un juicio por asesinato que atraía tanta publicidad como éste estaba destinado a ser un triunfo para el fiscal.
Especialmente si el caso era tan sencillo.
Selena lo había hecho, y Selena había confesado, y la pequeña ingrata se equivocaba al creer que Charles Partridge iba a dejarse engañar por un cambio de conducta a estas alturas.
Eso venía a demostrar, pensó severamente Marion, que cuanto más hacías por la gente de las barracas, menos lo apreciaban.
El hecho de que Selena y Joey ya no vivieran en un lugar que pudiera calificarse de barraca no le importaba a Marion.
Aunque instalaran a gente como los Cross en el palacio de Buckingham, seguirían siendo gente de las barracas.
¡Sólo había que ver a esa muchacha! Vestida como si fuera a un baile.
Marion Partridge inspiró profundamente con la nariz, pues tenía un principio de resfriado y odiaba utilizar el pañuelo tantas veces. Se pasó disimuladamente el índice por debajo de la nariz y observó a Selena.
La muchacha llevaba un vestido de algodón que Marion estaba dispuesta a tasar en un mínimo de veinticinco dólares, y un par de medias finas que Marion clasificó inmediatamente como nailon del mercado negro.
Los zapatos de Selena eran nuevos, y Marion se preguntó si la muchacha habría usado un cupón de racionamiento para comprarlos o si Constante Makris los habría obtenido por medio de un vendedor complaciente.
«Siempre le dije a Charles que Connie MacKenzie no era tan buena como parecía, pero él no quería escucharme.
Supongo que se dio cuenta de las cosas cuando ella empezó a salir con ese Makris.
Anita Titus me dijo que los escándalos en esa casa eran algo terrible.
Apuesto a que tuvieron que casarse. Connie debió de perderlo después.
Ella y Selena siempre han sido demasiado amigas, en mi opinión.
Bueno, ¿qué puedes esperar? Dios los cría y ellos se juntan.
¡Sólo hay que mirar a esa chica! ¡Pendientes en el tribunal!
Selena es de las que cruzará las pier nas y se subirá la falda cuando la llamen al estrado.
¡La pequeña ingrata, intentando hacer quedar mal a Charles!
Después de todo, me he portado muy bien con Selena.
La contrataba para trabajos sueltos cuando no tenía un centavo, y siempre intenté mantener a Nellie ocupada cuando Selena y Joey eran niños.
Y lo que pagamos a Lucas, que en paz descanse, por los armarios de la cocina.
Escandaloso, pero pagamos lo que él pidió.
Lo lógico sería que Selena se acordara de favores como éstos.
Bueno, Charles la arreglará. Él se encargará de que la condenen por asesinato. Él hará que la ahorquen.»
—... Para demostrar que Selena Cross golpeó a Lucas Cross en defensa propia y, por lo tanto, su acto fue un homicidio justificado.
Marion Partridge se enderezó en su asiento como si la hubieran pinchado con un alfiler. Era Charles Partridge quien había tomado la palabra, y hablaba de ahorrar el dinero del estado renunciando a un juicio largo ahora que habían aparecido nuevas pruebas. Marion empezó a sudar.
«Pero esto es imposible —pensó frenéticamente—. Está tirando su gran oportunidad por la ventana. No hay nuevas pruebas. Me lo habría dicho. Se lo ha inventado todo para salvar el pellejo a Selena.»
Marion sacó su pañuelo, se secó las sienes húmedas y en ese momento se le ocurrió la idea de que Charles estaba enzarzado en una violenta aventura amorosa con su joven y bella prisionera.
Miró disimuladamente a su alrededor y le pareció ver que la gente sonreía y lanzaba miradas solapadas en su dirección.
Se compadecían de ella porque Charles había desperdiciado su oportunidad de ser incluido en los libros de leyes a causa de su atracción por Selena.
«Yo misma la mataré», pensó Marion, y este propósito la calmó. Dejó de sudar, y se retrepó en el asiento, con los ojos clavados en la nuca de Selena como agujas envenenadas.
Más tarde, cuando el juicio hubo terminado y Thomas Delaney dijo que ni una sola persona en la sala del tribunal de Peyton Place quería que Selena fuera declarada culpable, no sabía nada de Marion.
Delaney creía haber encontrado un lugar donde nadie estaba ansioso por apedrear a los caídos y no vio a Marion, que no podía perdonar una desviación de una norma establecida por ella misma.
Delaney se había criado en una gran ciudad, e ignoraba que en las ciudades muy pequeñas la malicia se demuestra más a menudo hacia un individuo que hacia un grupo, una nación, o un país.
Los prejuicios y la intolerancia no le eran desconocidos, pues él mismo había sido llamado «irlandés» más veces de las que podía recordar, pero los insultos y la perversidad siempre le habían parecido estar más dirigidos contra sus antepasados que personalmente contra él.
Clayton Frazier había intentado explicarle algo sobre la cuestión, pero Delaney era un realista.
Quería ver los ejemplos de Clayton en la carne, oír la malicia con sus propios oídos y ver los resultados de ella con sus propios ojos.
—Ya le hablé de Samuel Peyton, ¿no? —inquirió Clayton Frazier—. Los tiempos y las personas no cambian mucho. ¿Nunca se ha fijado en que las personas que más odian siempre son aquellas que desearían haber tenido algo o haber hecho algo?
—No sé a qué se refiere exactamente —contestó Delaney.
—Pues yo sí que lo sé —dijo Clayton con irritación—. No es culpa mía si no puedo expresarlo con palabras floridas. Yo no trabajo para Hearst.
Delaney se echó a reír.
—Entonces, explíqueme con palabras normales a qué se refiere.