Peyton Place (Peyton Place 1) 11
92%

11

Esa misma noche, Allison MacKenzie regresó a Peyton Place . Se apeó del tren a las ocho treinta y decidió ir andando a su casa.

—Hola, señor Rhodes —dijo al jefe de estación al entrar en el edificio.

—¿Qué tal, Allison? —contestó él, con el mismo tono que habría empleado si ella regresara de un día de compras en Manchester—. ¿Harta de la gran ciudad?

—Un poco —admitió Allison y pensó: «¡Oh, si supiera cuánto, señor Rhodes! ¡Si supiera qué harta y cansada y desmoralizada estoy!».

—No es mal sitio para ir de visita, Nueva York —dijo Rhodes—. ¿Quieres que te lleve a casa? Estoy a punto de cerrar.

—Pensaba ir andando —repuso Allison—. Hace mucho tiempo que no paseo por Peyton Place .

Rhodes la miró escrutadoramente.

—La ciudad seguirá estando aquí mañana. Será mejor que te lleve. Pareces un poco cansada.

Allison estaba demasiado cansada para discutir.

—Muy bien —dijo—. Tengo las maletas fuera.

Mientras subían por Depot Street, Allison miraba abstraídamente por la ventanilla del coche. «No cambia —pensó con agotamiento—. Ni una estaca ni una piedra, ni un árbol, ni una casa han cambiado. Siguen igual.»

—¿Sabes lo de Selena Cross? —preguntó Rhodes.

—Sí —contestó Allison—. Ésta es la razón principal por la que he regresado. He pensado que sería una buena historia.

—¿De verdad? —preguntó Rhodes—. ¿Sigues escribiendo historias en las revistas? Mi esposa siempre las lee. Dice que son muy buenas.

—Sí, sigo escribiendo en revistas —dijo Allison y pensó: «El señor Rhodes tampoco ha cambiado. Sigue tan curioso como siempre».

Se preguntó qué diría si le hablara de la novela en la que había trabajado durante más de un año y que resultó un fracaso. Se alegraría. El señor Rhodes siempre se alegraba cuando alguien fracasaba en algo.

—¿Cómo has sabido lo de Selena? —preguntó—. ¿Tu madre te telefoneó para decírtelo?

—No. Lo leí en un periódico.

El señor Rhodes caló el motor del coche.

—¿Quieres decir que ha llegado hasta los periódicos de Nueva York? ¿Que lo saben hasta en Nueva York?

—No, claro que no. En Nueva York hay un hombre que negocia con la añoranza. Tiene un quiosco en Broadway donde vende periódicos de fuera de la ciudad. Yo pasaba un día por allí y vi el titular del Concord Monitor de hacía cuatro días.

El señor Rhodes profirió una risita ahogada.

—¡Vaya sobresalto, ver algo sobre Peyton Place en pleno corazón de Nueva York!

«No, no demasiado, señor Rhodes —dijo silenciosamente Allison—. En aquel momento estaba demasiado ocupada pensando en otra cosa para inquietarme por Peyton Place . Verá, acababa de pasar el fin de semana en la cama con un hombre al que amaba y que resultó estar casado.»

—Sí —dijo en voz alta—, tuve un gran sobresalto.

—Pues esto se ha convertido en un infierno —dijo el señor Rhodes—. Ni siquiera puedes andar tranquilamente por la calle. La ciudad está llena de corresponsales y turistas y simples curiosos de White River . El juicio es mañana. ¿Piensas ir?

—Supongo que sí —dijo Allison—. Probablemente, Selena necesitará a todos sus amigos en un momento así.

El señor Rhodes se rió entre dientes y Allison pensó que había algo obsceno en la risa del anciano.

—En realidad nadie cree que ella lo hiciera. Al menos, sola. Bueno, aquí está tu casa. Espera un minuto y te echaré una mano con las maletas.

—No se moleste —dijo Allison, bajando del coche—. Tom saldrá a buscarlas.

—Sí. Tom —dijo Rhodes y volvió a reírse—. Ese griego que se casó con tu madre. ¿Te gusta tenerle por padre?

Allison le miró fríamente.

—Mi padre está muerto —dijo y se dirigió hacia la puerta de la casa.

Constance y Tom dieron un salto de sorpresa cuando Allison traspuso la puerta y entró en el salón.

—Hola —dijo y se quedó allí, quitándose los guantes.

La rodearon y la besaron y le preguntaron si ya había cenado.

—Pero, querida, ¿por qué no nos has avisado de que venías? Tom habría ido a recibirte a la estación.

—El señor Rhodes me ha acompañado hasta aquí —dijo Allison—. He tomado un bocadillo en el tren.

—¿Qué te ocurre? —exclamó Constance—. Estás muy pálida y pareces agotada. ¿Estás enferma?

—Oh, por el amor de Dios, madre —replicó Allison con impaciencia—. Sólo estoy cansada. Ha sido un viaje muy largo y hacía mucho calor en el tren.

—¿Quieres tomar una copa? —preguntó Tom.

—Sí —dijo Allison, agradecida.

«Algo va mal —pensó Tom, mientras preparaba un Tom Collins para Allison—. Ha ocurrido algo. Tiene la misma expresión que siempre tenía cuando huía de una experiencia desagradable. ¿Un hombre?»

—Intenté telefonearte para explicarte lo de Selena —estaba diciendo Constance—, pero esa chica con la que compartes tu apartamento me dijo que estabas en Brooklyn. ¿Cómo se llama? Nunca lo recuerdo.

—Steve Wallace —dijo Allison—, y no comparto mi apartamento con ella. Ella comparte su apartamento conmigo.

—Steve —dijo Constance—, eso es. ¿No me dijiste que su verdadero nombre es Stephanie?

—Sí —contestó Allison—, pero nadie la llama así. Lo odia. Pobre Steve. Espero que encuentre a alguien con quien compartir su casa. No voy a volver.

—¿Algo va mal? —preguntó inmediatamente Constance.

—Ya te lo he dicho, madre. Nada va mal —replicó Allison y se echó a llorar—. Sólo estoy cansada, y harta de Nueva York. ¡Sólo quiero que me dejen en paz!

—Subiré a prepararte la cama —añadió Constance, que nunca había sabido cómo afrontar los cambios de humor de Allison.

Tom se sentó y encendió un cigarrillo.

—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó.

Allison se secó los ojos y se sonó; después cogió su bebida y se tomó la mitad de un solo trago.

—Sí —dijo con voz alterada—. Puedes ayudarme. Puedes hacerme el maldito favor de dejarme en paz. Los dos. ¿O es pedir demasiado?

Tom se levantó.

—No —dijo amablemente—, no es pedir demasiado. Pero procura recordar que te queremos y que estaríamos encantados de escucharte si quisieras hablar.

—Me voy a la cama —dijo Allison, y echó a correr escaleras arriba para no empezar a llorar de nuevo.

Más tarde, desde la cama, Constance y Tom oyeron sus sollozos ahogados.

—¿Qué le ocurre? —preguntó Constance, asustada—. Debería ir a consolarla.

—Déjala en paz —dijo Tom, poniendo una mano sobre el brazo de su esposa.

Pero Constance no pudo conciliar el sueño. Mucho después de que Tom se quedara dormido, fue silenciosamente a la habitación de Allison.

—¿Qué te ocurre? —preguntó en un susurro—. ¿Estás en un apuro, querida?

—¡Oh, madre, no seas tan estúpida! —exclamó Allison—. Yo no soy como tú. Jamás sería tan estúpida para dejar que un hombre me metiera en un apuro. ¡Déjame en paz!

Y Constance, que no se había referido a un embarazo al hablar de un apuro, volvió de puntillas a su cama e intentó calentarse contra la espalda de Tom.