Peyton Place (Peyton Place 1) 10 #2
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«Sabía que no vendría —pensó—. Ahora ya no formo parte de su plan. No puede permitirse el lujo de hacer oídos sordos a las habladurías de la gente. Yo sí que puedo. Quizá no tenga nada más, pero tengo esto. Me importan un comino.»

Pensó que no demasiado tiempo atrás no habría sido capaz de soportar la idea de que Ted fuera a abandonarla en un momento de necesidad, pero a principios del verano de 1944 no le importó nada.

Nada importaba excepto su constante preocupación por la suerte de Joey.

No tenía ninguna duda de que la declararían culpable y la ahorcarían.

—Al menos dime por qué —le repetía Peter Drake, una y otra vez—. Entonces, quizá podría ayudarte. De este modo lo máximo que puedes esperar es seguir con vida. Si es que tenemos tanta suerte. Ayúdame a ayudarte.

«Pero ¿qué puedo decir? —pensó Selena—. ¿Que maté a Lucas porque tenía miedo de que volviera a meterme en un lío?

» Pensó en Matthew Swain, a quien había prometido solemnemente guardar silencio, y también pensó en las caras de sus amigos y vecinos si les decía la verdad sobre sí misma y Lucas.

Nadie la creería. ¿Por qué iban a hacerlo?

¿Por qué se había callado durante años? ¿Por qué no había ido a la policía si Lucas la molestaba?

«Porque la gente de las barracas nunca recurre a la ley —pensó irónicamente Selena—.

La gente de las barracas se ocupa de sus propios asuntos y cura sus propias heridas.

» Se acordó de cuando Buck McCracken , el comisario, fue a la escuela elemental para dar una conferencia sobre seguridad.

—Ahora quiero que todos recordéis que el policía es vuestro amigo —concluyó, y Selena recordó la expresión de los ojos de los niños de las barracas.

«Ni amigo ni nada —decía la mirada—. Entremetido. Ocupándose de los asuntos de todo el mundo menos de los suyos.»

«Nunca lo diré —pensó Selena con desesperación—. Ni siquiera cuando me conduzcan a la horca. Nunca sabrán nada por mí. Que pregunten. Nunca lo averiguarán.»

En toda la población de Peyton Place , sólo había un hombre que no se preguntaba por qué.

Era el doctor Matthew Swain , que sabía muy bien por qué.

El médico no había trabajado desde el día que Selena fue arrestada.

Alegaba que estaba enfermo y enviaba a todos sus pacientes al doctor Bixby, de White River .

—Debe de estar enfermo —decía Isobel Crosby a todo el que quería escucharla—. Ni siquiera se molesta en vestirse por la mañana y se pasa todo el día sentado, sin hacer nada.

Eso no era totalmente cierto. Muchas veces durante el día, y siempre durante la noche, Matthew Swain reunía las energías suficientes para ir desde el sillón donde estaba sentado hasta el aparador del comedor donde guardaba los licores.

Tenía pensamientos que formulaba con lo que él denominaba una brillante retórica y todo ese tiempo sabía lo que debía hacer.

«El círculo de la destrucción ya se ha cerrado —pensó, contemplando su vaso lleno—. Empezó con Lucas y ha terminado con Lucas. Casi, pero no del todo. Al principio destruí una vida y ahora debo pagar con la mía.»

A veces, cuando estaba muy borracho durante la noche, sacaba de su escondite una pequeña fotografía de su difunta esposa Emily.

«Ayúdame, Emily —suplicaba, mirando los bondadosos y profundos ojos de la fotografía—. Ayúdame.»

Hubo toda una discusión sobre fotografías después de la muerte de Emily. Él había insistido en retirar la gran fotografía enmarcada de su esposa que había estado en su despacho durante años.

—Pensaba que querría conservar el retrato exactamente donde está —dijo Isobel Crosby con gazmoñería—. Pensaba que querría tenerlo allí mismo, para recordarla.

—¿Cree que necesito fotografías para recordarla? —rugió el médico, tirando al suelo el retrato de Emily de un manotazo—. ¿Cree que necesito algo para recordarla?

Los gritos eran un útil lenitivo para el dolor, y el médico gritó mucho durante los días que siguieron a la muerte de Emily. Naturalmente, Isobel se apresuró a difundir la noticia de su conducta por toda la ciudad.

—Tiró su retrato al suelo —dijo Isobel—.

El cristal se hizo añicos, el marco se dobló y empezó a chillarme.

Y ella, la pobrecita, lleva menos de una semana en la tumba.

Ya visteis cómo se portó en el funeral, ¿no?

No derramó ni una sola lágrima, ni intentó lanzarse a la tumba abierta, ni nada por el estilo.

Ni siquiera le dio un beso en la mejilla antes de que el pastor cerrase el ataúd.

Ya veréis. No pasarán más de seis meses antes de que vuelva a casarse.

El médico guardó cuidadosamente la última fotografía que le quedaba de Emily. Debía de estar muy borracho, pensó, para esperar ayuda de un retrato descolorido.

«Primero el niño —pensó—, destruido porque no tuvo elección.

Después Mary Kelley, destruida por un sentimiento de culpabilidad que no tenía derecho a causarle.

Y después Nellie, destruida porque no pude controlar mi genio ni mis palabras; y ahora, Lucas, destruido por Selena porque no tuve el valor de destruirle yo mismo.

Así es cómo se termina el mundo», pensó el médico, tratando inútilmente de recordar la última parte de la cita. Algo sobre un lloriqueo, o un gemido.

La noche anterior al día en que Selena debía ir a juicio, Matthew Swain recorrió toda su casa recogiendo botellas vacías. Estuvo en remojo durante una hora en una bañera caliente y después se dio una ducha fría. Se afeitó y se lavó el bonito cabello blanco y telefoneó a Isobel Crosby.

—¿Dónde demonios se había metido? —rugió cuando ella contestó—. Estamos en verano y mi traje blanco está sin planchar, y mañana tengo que estar en el juzgado a las nueve.

Isobel, que había tratado inútilmente de entrar en la casa del médico una mañana tras otra, colgó con indignación.

—¿Qué te parece esto? —preguntó a su hermana con tono ofendido.