Peyton Place (Peyton Place 1) 10
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Naturalmente, hubo quienes conservaron la calma en Peyton Place , como hace el ojo de un huracán, en medio del furor engendrado por el próximo juicio de Selena Cross.

Entre esas personas se encontraba Constance Makris que, tras la conmoción inicial, empezó a trabajar de nuevo en la tienda de modas.

A todas las preguntas, y eran muchas, contestaba:

—Sólo he vuelto temporalmente. Selena vendrá a encargarse de todo en cuanto este lío se resuelva.

Con el fin de aclarar lo que ella denominaba «el lío en que está Selena», Constance se ofreció a pagar cualquier servicio legal que la muchacha necesitara.

—Aunque —como dijo a Tom— no entiendo por qué ha de necesitar un abogado.

Si mató a Lucas, y no he creído en ningún momento que lo hiciera, tuvo una buena razón.

Lucas era un bruto y una bestia. Siempre lo fue.

Recuerdo que Nellie me hablaba de cómo les pegaba a ella y los niños. Era un hombre horrible.

—Quizá sí —contestó Tom—, pero Selena se está perjudicando a sí misma no queriendo decir nada. Debería al menos confiar en su abogado, pero Drake dice que no dirá una palabra.

Eso era cierto. Aparte de decir que había matado a Lucas con un atizador mientras los dos estaban en el salón de los Cross y que, sola y sin ayuda a pesar de lo que Joey dijo, le había arrastrado hasta el corral de las ovejas y le había enterrado, Selena rehusaba hacer comentarios.

Hizo esta declaración el día que fue arrestada y los esfuerzos de Peter Drake para hacerle decir por qué lo había hecho fueron inútiles.

En Peyton Place apenas se hablaba de otra cosa.

—No creo que ella le matara. Explicaría por qué, si lo hubiera hecho.

—Si no lo hizo, ¿cómo es que sabía el sitio exacto donde estaba enterrado?

—¿Cómo es que encontraron manchas de sangre en el suelo de la casa? Por mucho que friegues no puedes limpiar totalmente la sangre si alguien está empeñado en encontrarla.

—Sí. Si no lo hizo, ¿de dónde sale tanta sangre?

—A mí ya me extrañó que Joey se deshiciera de todas sus ovejas en enero. Enero no es época de matanza. Me pareció muy raro.

—Lo hizo para que nadie entrara en el corral a echar una mirada. Pero fue una tontería. Habría hecho mejor dejando las ovejas donde estaban.

—Yo no lo creo así. Siempre hay algún curioso dispuesto a echar un vistazo a los animales de otro. Si yo hubiera enterrado a mi viejo en un corral, no me habría gustado nada que alguien entrara a fisgonear y andara encima de su tumba.

—¿Os acordáis de cómo Selena intentó evitar la zonificación en el concejo municipal? Apuesto a que fue porque tenía miedo de que alguien metiera las narices en su casa.

—Pues a mí no me importa lo que digáis. No creo que lo hiciera. Está protegiendo a alguien.

—Pero ¿a quién? Nadie quería matar a Lucas.

—No. Eso es verdad.

—Y, ¿cómo es que no quiere decir por qué?

La pregunta ¿por qué? estaba en labios de casi todos. Ted Carter había ido a ver a Selena después de asegurar a Drake que ella le diría la verdadera razón por la que lo había hecho.

—Lo hice. ¿Qué más quieres saber? —preguntó Selena con mal humor—. Le maté y eso es todo.

—Escucha, Selena —dijo Ted, con cierta impaciencia—. Drake tiene que saber por qué si ha de defenderte. Con un buen motivo podría alegar enajenación mental transitoria y quizá sacarte del apuro.

—Cuando le maté estaba tan cuerda como en este momento —dijo Selena—. Sabía lo que hacía.

—Selena, por el amor de Dios, sé sensata. Sin un buen motivo, te juzgarán por asesinato en primer grado. ¿Sabes cuál es la condena por una cosa así en este estado?

—La horca —dijo crudamente Selena.

—Sí —dijo Ted, casi sin aliento—, la horca. Ahora haz el favor de explicarme por qué lo hiciste. ¿Te amenazó Lucas con pegarte? ¿Con echaros a ti y a Joey de vuestra casa? ¿Por qué lo hiciste?

—Le maté —dijo Selena con la voz inexpresiva que había cultivado durante los días pasados—. Eso es todo.

—Pero no querías hacerlo, ¿verdad? Quizá querías asustarle y le golpeaste con más fuerza de lo que pretendías. ¿No fue así?

Selena guardó silencio unos momentos e intentó recordar cómo había sido: «¿Tuve realmente la intención de matarle?», se preguntó. Se esforzó en recordar el momento del ataque y los pensamientos que cruzaron por su mente, pero lo único que recordó fue el miedo.

—Le maté —dijo—. Cuando le golpeé, lo hice conscientemente. No lamento que esté muerto.

Ted se levantó y la miró con frialdad.

—Escucha, será mejor que lo pienses bien y cambies de canción si quieres salir de esto. Reflexiona. Volveré mañana.

—No, no volverás —dijo Selena mientras él se marchaba, pero lo dijo en voz tan baja que él no la oyó.

Aquélla fue una noche de insomnio e indecisión para Ted Carter.

Al cabo de dos semanas escasas se graduaría en la universidad y sería movilizado como segundo teniente del ejército.

Si la guerra aún proseguía, lo que parecía sumamente probable, le enviarían a un centro de entrenamiento.

Pero la mente de Ted no se detuvo en estas realidades presentes.

Pensó en el futuro, en el día que obtuviera su diploma de abogado y volviera a casa para ejercer.

¿Hasta dónde podía llegar un hombre de leyes si estaba atado a una esposa que era una asesina?

, se preguntó. Era cierto que amaba a Selena y probablemente siempre la amaría, pero ¿qué posibilidades tenían de ser felices juntos?

Ted pasó las largas horas de la noche repasando su plan para el futuro, pero no pudo encontrar un hueco donde acomodar a una esposa con una nube encima de la cabeza.

Aunque Selena fuese declarada inocente —y eso era imposible, porque ya había confesado su crimen— siempre habría personas que dudarían.

En cuanto al alegato de enajenación mental, aunque fuese transitoria tampoco era una solución.

En Peyton Place se miraba la locura con desagrado y vergüenza.

A Selena le iría mejor en su ciudad como asesina convicta que como víctima de un arrebato de locura.

¿Homicidio justificado? En la oscuridad de su habitación, Ted negó con la cabeza.

Lucas podía haber sido un borracho, un desconsiderado con su familia y el más irresponsable de los padres, pero había pagado sus facturas y se había ocupado de sus propios asuntos.

El hecho de que no hubiera sido el verdadero padre de Selena la perjudicaría en Peyton Place .

De ser la carne y sangre de Lucas, le iría mejor.

Tal como estaban las cosas, Ted sabía lo que se diría en la ciudad.

Ni siquiera era su hija, diría Peyton Place .

Se casó con Nellie cuando Selena era un bebé, pero la trató como si hubiera sido su propia hija.

Al nombre de asesina se añadiría la etique ta de ingrata.

Ted Carter se mordió el nudillo del dedo índice.

Se imaginaba la expresión de las caras del jurado si Drake intentaba alegar homicidio justificado para Selena.

Si el abogado lo intentaba, Selena sería condenada irremisiblemente.

Ted se sentó en la cama y se llevó ambas manos a la cabeza.

Intentó frotarse con los dedos rígidos un cuero cabelludo súbitamente tirante y picajoso.

Y, pensó, si gracias a una suerte milagrosa Drake conseguía salvar a Selena, ¿qué clase de vida esperaba a la muchacha en Peyton Place ?

La gente siempre recordaría. Por ahí va la hija de los Cross.

Mató a su padre. Bueno, no era su verdadero padre.

Era más que eso. Cuidó de ella durante toda su vida y no tenía por qué hacerlo.

No era hija suya. Por ahí va la hija de los Cross.

Casada con ese joven abogado llamado Carter.

Es mejor apartarse de él, no se puede esperar nada bueno de un individuo que se casa con una asesina.

Pero Ted no sólo pensó en el futuro durante aquella noche; también recordó el pasado.

Recordó besos, conversaciones, esperanzas y sueños compartidos.

Se representó la colina que él y Selena habían escogido, la colina donde edificarían una casa compuesta casi totalmente de ventanas, y se acordó de los argumentos sobre el número de niños que una casa de ese tipo podría albergar.

Recordó todos los años durante los que sólo tuvo a Selena, durante los que el pensamiento de una vida sin Selena le parecía peor que la muerte.

—Tú y yo y Joey —había dicho Selena, riendo junto a su cara, de modo que él notó su aliento en la mejilla—. Sólo nosotros, sin que nos importe nadie más.

Era cierto que Selena había cambiado un poco desde el comienzo de la guerra.

A veces se mostraba un poco áspera, poco razonable, pero la guerra afectaba a muchas mujeres de ese modo.

A veces parecía despreciarle porque no estaba en una trinchera, como su hermanastro Paul, luchando por su vida.

Pero Ted no le había dado mucha importancia.

Dejaría de pensar así cuando la guerra hubiese terminado. Entonces sería como siempre había sido.

—Theodore H. Carter, abogado —le había dicho, con los ojos brillantes como siempre que era feliz—. El señor y la señora Carter. Oh, Ted, cuánto te amo.

Amanecía cuando hundió la cara mojada en la almohada.

«¿Y mi plan, Selena? —pensó—. ¿Qué hay de mi plan?

¿Qué oportunidades tendríamos en Peyton Place ?

», se preguntó silenciosamente, y todo ese tiempo sabía la respuesta y sabía lo que debía hacer.

Al fin se quedó dormido y no fue a ver a Selena al día siguiente.

Poco después, cuando se estaba celebrando el juicio, escribió a su madre que le era imposible abandonar la universidad.

Selena no le esperaba al día siguiente de verle por última vez. Sin embargo, una amarga sonrisa cruzó sus labios aquella noche.