9 #2
—Sí —dijo Clayton, bebiendo y pasándole la botella—, eso es.
Un mulato. Bueno, algunos dicen que el capitán del barco era un mulato.
No lo sé. Nadie lo sabe con seguridad. El caso es que Samuel llegó a Marsella, Francia.
Como he dicho, no pudo ser fácil, porque Samuel era grande y fuerte y negro como el as de picas.
Pero llegó, y a los pocos años había hecho una fortuna con el negocio de los transportes marítimos.
Nadie sabe cómo empezó, aunque muchos dicen que aún tenía un montón de oro de ese Peyton cuando llegó al otro lado.
En cualquier caso, hizo dinero y mucho. Y estando en Francia tuvo otra de sus absurdas ideas.
Samuel debía de ser único para tener ideas absurdas.
Se le ocurrió que, como era libre y tenía mucho dinero, era tan bueno como cualquier hombre blanco, y se casó con una muchacha blanca; francesa.
Se llamaba Vi’let. No tal como nosotros escribimos Vi’let, sino con dos tes y una e al final.
En francés. Dicen que era bonita y tan frágil como un objeto de porcelana.
No lo sé. Por aquí no hay nadie que lo sepa, porque eso pasó hace mucho tiempo.
En cualquier caso, Samuel decidió regresar a Norteamérica.
Y lo hizo precisamente durante la guerra de Secesión.
Esa señora de Massachusetts llamada Stowe ya había escrito ese libro sobre los esclavos, y hubo muchas personas que empezaron a apreciar a los negros de la noche a la mañana.
Al menos, decían que les apreciaban. Bien, Samuel y Vi’let llegaron a Boston.
Supongo que Samuel debió de pensar que con todo su dinero y todo el mundo amando a los negros, iba a instalarse en el mismo Beacon Hill y codearse con los Lowell y los Cabot.
La realidad fue que Samuel ni siquiera pudo encontrar una casa en Boston.
Si él hubiera ido cubierto de andrajos y con ronchas en toda la espalda, y si Vi’let hubiera sido negra y tenido aspecto de estar agotada por una larga persecución, quizá lo habrían pasado mejor.
No lo sé. Supongo que Boston no estaba demasiado acostumbrado a ver a un negro con una chorrera almidonada, un chaleco bordado a mano y un par de botas que costaban cuarenta dólares, lo que era mucho dinero en aquellos días.
El caso es que con todo su dinero y su esposa blanca y siendo libre y todo, Samuel no pudo encontrar un sitio donde vivir en Boston.
Algunos dicen que tuvo uno de esos ataques de furor que tienen los negros.
No lo sé. Lo único que sé es que vino aquí.
Dicen que quería alejarse lo bastante de Boston para no volver a poner los ojos encima de un blanco mientras viviera.
La cuestión es que vino aquí. Entonces la ciudad no existía.
No había nada más que las colinas y los bosques y el río Connecticut.
Naturalmente, había pueblos y ciudades más al sur, pero aquí no había nada.
Bien, Samuel escogió la colina más alta de todas y decidió construir un castillo para él y su esposa blanca llamada Vi’let.
Vivieron en una cabaña porque tardaron mucho en construir el castillo. Deme la botella.
Delaney le pasó la botella a Clayton, que bebió.
—¿Ve esto? —preguntó, dando una palmada sobre el muro de piedra que había detrás de ellos—.
Importado. Hasta la última estaca y piedra, hasta el último pomo y cristal del castillo fue importado de Inglaterra.
No sé, pero yo estaría dispuesto a apostar que éste es el único castillo real, verdadero y genuino de Nueva Inglaterra.
Los muebles también eran importados, igual que las cortinas y el empapelado de las paredes.
Cuando estuvo terminado, Samuel y Vi’let se instalaron en él y ninguno de los dos volvió a poner un pie fuera de las murallas.
No pasó mucho tiempo antes de que un tipo llamado Harrington escogiera este lugar para construir sus fábricas, y después empezó a levantarse la ciudad.
La Boston y Maine no tardó en tender la línea férrea de White River por aquí.
La gente que iba en el tren miraba el castillo de Samuel y decía: «¿Qué es eso?
», y los revisores sacaban la cabeza por las ventanillas de los vagones y decían: «Eso es Peyton Place ».
2 Así es cómo la ciudad recibió su nombre.
—Pero ¿qué pasó después? —preguntó Delaney.
—¿A qué se refiere con «después»?
—La historia no puede terminar aquí —dijo el joven periodista—. ¿Qué fue de Samuel y Violette?
—Oh, murieron —dijo Clayton—. Vi’let fue la primera.
Algunos dicen que contrajo la tuberculosis, y otros que se fue marchitando por estar encerrada en el castillo.
No lo sé. Samuel la enterró detrás del castillo.
Hay una gran lápida blanca sobre su tumba, hecha con mármol de Vermont.
Cuando Samuel murió, fue enterrado a su lado.
Pero la piedra que hay encima de la tumba de Samuel es pequeña y está hecha con ese mármol negro que viene de Italia o de uno de esos países extranjeros.
Fue el estado quien enterró a Samuel, en agradecimiento por haberle dejado todas sus tierras y el castillo.
Algunos dicen que este estado no se anda con remilgos a la hora de aceptar regalos.
—Pero ¿qué saca el estado de un sitio así? —preguntó Delaney, mirando una de las verjas encajadas en la muralla.
—De aquí no saca nada —dijo Clayton—. Pero Samuel no era tonto.
Tenía grandes extensiones de bosque al norte de aquí.
Madera es lo que saca el estado, o, por lo menos, es lo que sacaba.
Ahora tienen una de esas reservas forestales ahí arriba.
A cambio, tienen que cuidar de este sitio hasta que se desmorone.
Asegurarse de que las verjas estén bien cerradas, de que la gente no entre en el castillo y esas cosas.
Sin embargo, en el testamento de Samuel no se hablaba de la conservación del interior del castillo, y allí todo se ha podrido.
Las cortinas están rasgadas y apolilladas, las ratas han hecho agujeros en la tapicería de los sillones importados por Samuel y el empanelado de madera está resquebrajado y desprendido.
La gran araña de luces del vestíbulo se cayó del techo durante una tormenta que hubo una vez.
Los trozos de cristal aún están en el suelo del castillo de Samuel.
Delaney miró a Clayton con recelo.
—Por el modo como describe el interior del castillo, yo diría que ha estado en él alguna vez.
—Desde luego —admitió Clayton—. Hay un modo de entrar, o al menos lo había cuando yo era niño.
Había un árbol muy grande en el otro lado que tenía una rama que quedaba justo encima de la muralla.
Trepabas al árbol e ibas hasta el extremo de la rama colgado de las manos.
Después, si no pensabas demasiado en romperte una pierna, te soltabas y caías en el patio trasero de Samuel.
Si no recuerdo mal, lo más difícil era volver a subir a la muralla, pero conseguí hacerlo una vez. ¿Quiere intentarlo?
Delaney se levantó y contempló la muralla que se alzaba ante él. Meditó largo rato.
—No —dijo al fin—. No, creo que no. Regresemos. Se está haciendo tarde.
Mientras los dos hombres bajaban la colina, la entradilla de su siguiente artículo se formó en la mente de Delaney.
«A la trágica sombra del castillo de Samuel Peyton —escribiría—, ha tenido lugar otra tragedia. En una fría noche de diciembre azotada por la ventisca, Selena Cross...»
Justamente antes de llegar a Elm Street, Delaney se volvió hacia Clayton.
—Escuche —dijo—, usted es un hombre bastante tolerante para ser de Nueva Inglaterra. ¿Cómo es que siempre se refiere a Samuel Peyton como un «maldito negro»?
—¿Por qué? —inquirió Clayton—. Algunos dicen (y entre ellos, mi propio padre), que durante la guerra de Secesión, hacia el final, Samuel Peyton enviaba barcos desde Portsmouth con armas para el sur.
Si eso no es el acto de un hijo de perra, espero que nunca me cuenten ninguno.
Si la piel de Samuel hubiera sido de otro color diría que fue un «maldito rebelde». Pero Samuel era negro.
2 Place significa ‘lugar’, ‘sitio’ y, por extensión, ‘casa’ o ‘morada’. (N. de la T.)