Peyton Place (Peyton Place 1) 9
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«El mundo es un pañuelo.»

En años posteriores, Buck McCracken diría con frecuencia que le habría gustado recibir un dólar cada vez que oyó pronunciar estas palabras durante las semanas que precedieron al juicio de Selena.

Peyton Place estuvo abarrotada desde antes de que se iniciara el juicio.

Corresponsales de numerosos periódicos andaban por las calles por donde sólo Seth había andado como periodista hasta entonces, y los veraneantes que solían desdeñar Peyton Place prefiriendo zonas más conocidas del estado llegaban a la ciudad en una procesión de coches caros, todos ellos con matrículas de otros estados.

Probablemente el caso de Selena nunca habría atraído tanta atención a no ser por un joven periodista que trabajaba para un periódico de Boston perteneciente a la cadena Hearst. El joven, cuyo nombre era Thomas Delaney, tenía talento para los titulares sensacionalistas.

El día siguiente al arresto de Selena, el Daily Record , para el que Delaney trabajaba, salió a la calle con un titular de cinco centímetros.

PARRICIDIO EN PEYTON PLACE . Estas palabras fueron apresuradamente recogidas e impresas en primera página por otros periódicos del norte de Nueva Inglaterra, de modo que, al cabo de tres días, habían aparecido y prácticamente todos los habitantes de cuatro estados las habían leído.

Los editores enviaban a sus mejores corresponsales a cubrir el juicio de Selena Cross, y Peyton Place adquirió el aspecto de un gran manicomio al aire libre.

La ciudad carecía de hotel, posada, pensión o casa de huéspedes, por lo que los periodistas y turistas que habían venido a escribir o a mirar, cada uno según su propia vocación, no tuvieron más remedio que utilizar las inadecuadas instalaciones de White River .

Todas las mañanas estas personas afluían a Peyton Place y todas las noches se marchaban, pero hacían estragos durante las horas intermedias.

Por primera vez desde tiempos inmemoriales, los ancianos que llenaban los bancos de delante del juzgado se vieron obligados a huir y desparramarse ante la invasión de fotógrafos y periodistas que insistían en tomar fotografías de estos «pintorescos personajes» y en asaetarlos a preguntas que siempre empezaban con: «¿Qué opina usted de todo esto?

». El único de los ancianos que no echaba a correr era Clayton Frazier, quien había cobrado afecto a Thomas Delaney, el corresponsal de la cadena Hearst de Boston.

Esta extraña alianza se inició el día que Delaney llegó a Peyton Place y fue descubierto por Clayton en la cafetería de Hyde sentado tranquilamente en el taburete favorito del anciano.

Clayton se puso furioso, y todos los residentes de Peyton Place que se hallaban allí esperaron ansiosamente a ver lo que haría.

Clayton se sentó en el taburete contiguo a Delaney.

—Corresponsal de un periódico, ¿eh? —preguntó Clayton.

—Sí.

—¿Cuál?

—El Daily Record de Boston.

—Oh, uno de los periódicos de Hearst.

—¿Qué tienen de malo los periódicos de Hearst?

—Nada, si a uno le gustan esas cosas. Una vez leí algo de un tipo llamado Arthur J.

Pegler. Creo que ya está muerto. Uno de sus parientes trabaja ahora para Hearst. Bueno, la cuestión es que ese Arthur Pegler dijo: «Un periódico de Hearst es como una vociferante mujer corriendo por la calle con la garganta cortada».

Ahora bien, reconozco que eso no tiene nada de malo si a uno le gustan esas cosas.

Sin un solo parpadeo, Delaney cogió su taza de café.

—Yo llegaría más lejos que el señor Pegler —dijo—. Lo describiría como una mujer desnuda corriendo por la calle, y todo lo demás.

—Naturalmente —aclaró Clayton—, no digo que no se necesite imaginación para trabajar en un periódico de Hearst. Lo que no se sabe, hay que inventarlo, y eso debe requerir cierta imaginación.

—No tanta imaginación como valor, señor Frazier —dijo Delaney—. Valor puro y simple.

—¿Quién le ha dicho mi nombre? —inquirió Clayton.

—El mismo tipo que me ha dicho que estaba sentado en su taburete cuando le ha visto venir hacia aquí.

Clayton y Delaney se hicieron amigos, aunque oyendo los insultos que se lanzaban el uno al otro nadie lo habría sospechado jamás.

El periodista permaneció en Peyton Place durante los días anteriores al juicio de Selena.

Escribía montones de datos sobre la ciudad y sus habitantes con la idea, dijo a Clayton, de utilizar todo ese material como base de una futura novela.

—Pero ¿por qué Peyton Place? —preguntó a Clayton Frazier un día—. Es un nombre rarísimo. Por aquí nadie parece demasiado ansioso por hablar de ello, excepto para decir que la ciudad tomó el nombre de un hombre que construyó un castillo. ¿Qué hay de este hombre y su castillo?

—Venga —dijo Clayton—. Le enseñaré el lugar.

Los dos hombres siguieron los raíles de la línea de ferrocarriles Boston y Maine, con Clayton a la cabeza.

El sol caía caluroso y brillante sobre las desnudas franjas de terreno rocoso a lo largo de los raíles.

Delaney no tardó en quitarse la americana y la corbata y se las echó encima del hombro.

Al fin, donde los raíles describían una ligera curva antes de llegar al puente que cruzaba el río Connecticut, Clayton dejó de andar y señaló hacia la colina más alta de todas.

En la cumbre de esta colina se alzaba el torreado y almenado montón de piedras grises que fue en su día el castillo de Samuel Peyton.

—¿Se siente con ánimos de subir esa colina? —preguntó Clayton.

—Sí —dijo Delaney, tomando mentalmente nota del siniestro aspecto del castillo incluso bajo el sol y a pleno día—. ¿Quién era ese Samuel Peyton? —preguntó, mientras Clayton y él subían trabajosamente la empinada colina cubierta de zarzas—. ¿Un duque inglés exilado, o un conde, o algo así?

—Todo el mundo se imagina lo mismo —dijo Clayton, deteniéndose para enjugarse la cara con la manga—. La verdad es que este castillo fue construido (y la ciudad bautizada) por un maldito negro.

—Oh, vamos... —empezó Delaney, pero Clayton se negó a pronunciar una sola palabra más hasta que llegaron a las murallas del castillo.

Las murallas eran tan altas que, cuando se estaba ante ellas, uno no podía ver el castillo tal como se podía desde lejos, y muy gruesas, con las verjas que las dividían a intervalos cuidadosamente cerradas.

Clayton y Delaney se sentaron apoyando la espalda en un muro gris, y Clayton destapó una botella de whisky que había estado reservando para aquel momento.

Hacía casi fresco en la cumbre de la colina, bajo la sombra de los árboles que resguardaban a los dos hombres del sol.

Clayton bebió un trago y pasó la botella a Delaney.

—La verdad —dijo—. Un maldito negro.

Delaney bebió y devolvió la botella a Clayton.

—Vamos —dijo—. No me obligue a arrancarle todas las palabras, una por una. Cuéntemelo desde el principio.

Clayton bebió, suspiró y acomodó la espalda contra el muro de piedra.

—Bueno —empezó—, bastante antes de la guerra de Secesión, el negro ese vivía en alguna parte del sur.

Era esclavo y trabajaba en una plantación cuyo dueño se llamaba Peyton.

El negro, cuyo nombre era Samuel, debió de vivir antes de su tiempo, o fuera de su elemento, o como quiera usted decirlo.

Sea como sea, vivió mucho antes de que nadie oyera hablar de un tipo llamado Abraham Lincoln.

La razón por la que digo que vivió fuera de su tiempo es que Samuel tenía ideas extrañas.

Quería ser libre en una época en la que la gente consideraba a los negros como caballos de carga o mulas.

Resumiendo, Samuel decidió escaparse. Dicen que lo logró con el oro que robó a su amo, ese tipo llamado Peyton.

No me lo pregunte, porque no lo sé. Nadie lo sabe.

Del mismo modo que no saben cómo lo hizo.

Samuel era un tipo grande y fuerte. Tenía que serlo, porque no creo que fuera fácil para un esclavo negro escaparse del sur en aquellos días.

Resumiendo, se escapó y llegó a bordo de un barco que iba a Francia.

No me pregunte cómo lo hizo, porque tampoco lo sé.

Algunos dicen que el capitán del barco era uno de esos mestizos, ¿cómo les llaman?

—¿Mulatos? —preguntó Delaney.