Peyton Place (Peyton Place 1) 8 #2
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Buck no tardó en recibir contestación a las investigaciones que había realizado en el Departamento de Marina.

Al cabo de tres días los mismos hombres que habían estado buscando a Lucas Cross durante el invierno se hallaban de nuevo en Peyton Place .

Se pusieron en contacto con la oficina de Boston de la Compañía S.

S. Pierce y localizaron al viajante que había pasado por la ciudad.

Su nombre era Gerald Gage, y la oficina de Boston de su compañía dijo que, en ese momento, hacía visi tas de negocios a las tiendas de Montpelier, Vermont.

El señor Gage fue localizado en Montpelier y se le rogó que volviera rápidamente a Peyton Place , lo cual hizo.

Miró cautelosamente a Buck McCracken mientras los dos hombres del Departamento de Marina le interrogaban.

Sí, la noche del, veamos..., suponía que el 12 de diciembre, porque fue su último viaje al norte hasta después de las vacaciones y debía estar en Burlington el 13, recogió a un autostopista que llevaba el uniforme de la Marina de Estados Unidos.

No, no había preguntado al marinero si estaba de permiso.

¿Por qué iba a haberlo hecho? El tipo hacía autostop y él, Gerry Gage , que era una buena persona, le había recogido.

Ahora se arrepentía con toda su alma de haberlo hecho.

Pero eso era lo malo de él, era un hombre de muy buen corazón.

Nunca podía dejar tirado a un tipo en la carretera, y menos en una noche como aquélla del pasado diciembre.

¿Nieve? ¡Vaya si nevaba! Y hacía viento.

Oh, hacia las doce y media, suponía. Se había fijado en la hora porque estaba preocupado por no encontrar habitación en Burlington tan entrada la noche.

Al final no pudo llegar a Burlington . La carretera estaba cortada en White River y no le fue posible seguir adelante.

Para que vieran lo mucho que había nevado.

Desde luego, podría reconocer al individuo en cuestión.

Naturalmente, era ya oscuro cuando le recogió, y también en el coche reinaba la oscuridad, pero se habían parado a tomar un café a las afueras de Nashua y entonces pudo ver al tipo con toda claridad.

Un tipo grande, y borracho como una cuba.

Había estado bebiendo whisky todo el camino desde Boston.

Le reconocería otra vez, claro que sí. En su trabajo no se podía olvidar una cara, ni un nombre.

Se acordó del nombre que el autostopista le había dicho hacía un par de días.

Lucas Cross , éste era el nombre que el tipo le había dado.

Lucas Cross . Iba a su casa para ver a sus hijos.

Dijo que no había estado en su casa desde el 39.

Y, ¿se podía saber qué significaba todo aque llo?

¿Qué había hecho el marinero? ¿Qué querían de él, Gerry Gage ?

Que él supiera, no había ninguna ley que prohibiese recoger a un autostopista, de modo que, ¿qué les parecía si le dejaban volver a trabajar?

¿Qué? Pues le dejó en Elm Street. ¿Qué querían de él?

No esperarían que le hubiera acompañado hasta la puerta de su casa, ¿verdad?

No, el marinero no le dijo dónde vivía excepto que era un largo camino en una noche tan fría.

Mala suerte, esto fue lo que Gerry Gage le dijo.

Había bebido suficiente alcohol para mantenerse caliente durante todo el camino hasta White River, y no podía vivir tan lejos.

Poco después, el mismo día, los dos hombres del Departamento de Marina fueron a la tienda de modas para ver a Selena. Le dijeron que un viajante de Boston identificó a su padre entre un montón de fotografías de la Marina como el hombre a quien había recogido en Boston y dejado en Peyton Place .

—No lo entiendo —dijo Selena con tranquilidad—. Si papá vino a casa de permiso, ¿por qué no vino a vernos?

Menos de una hora más tarde, Joey Cross , custodiado por la señorita Elsie Thornton, daba la misma respuesta en el despacho de la escuela elemental.

—Es lamentable —dijo fríamente la señorita Thornton— que ninguno de ustedes dos tengan nada mejor que hacer que interrogar a un niño.

—Sí, señora —dijeron los dos hombres, y volvieron al despacho de Buck McCracken en el juzgado.

Toda la ciudad estaba enterada aquella misma tarde. Todo el mundo hablaba de ello.

—Es extraño que Lucas viniera a Peyton Place y nadie lo supiera.

—Ni siquiera sus propios hijos.

—¿Quién habría podido imaginarse que Lucas se alistaría en la Marina?

—Es extraño. Lo normal habría sido que alguien le viera.

—Bueno, Selena no es una mentirosa. Nunca lo ha sido. Igual que Joey. Lucas era el único miembro deshonesto de la familia. Nellie nunca fue demasiado lista, pero era honrada.

—No. Los Cross no son unos mentirosos. Si dicen que Lucas no llegó a su casa, es que no llegó a su casa, y no hay más que hablar.

Sin embargo, los dos hombres del Departamento de Marina, acompañados por un turbado Buck McCracken , fueron a casa de Selena y Joey aquella misma noche.

Buck se sentó en una silla, retorciendo nerviosamente la gorra y arrepentido de haber empezado todo aquello.

Los hombres de la Marina hicieron corteses preguntas a las que Selena y Joey dieron una sola respuesta.

No. No, no habían visto a Lucas. Hacía años que no sabían nada de él.

Nunca. Nunca escribió a su familia. Ni siquiera sabían que estaba en la Marina hasta que estos dos mismos caballeros se lo notificaron el invierno pasado.

Al final los dos hombres se marcharon, seguidos de un malhumorado Buck McCracken que susurró una disculpa al oído de Selena y a espalda de ellos.

—¡Selena!

—No tengas miedo, Joey.

—Pero, Selena, ¡tantas preguntas!

—No tengas miedo, Joey. No saben nada. Es imposible. Tomamos demasiadas precauciones. Le enterramos y restregamos, limpiamos y quemamos todo lo que habría podido delatarnos. No tengas miedo, Joey.

—Selena, ¿tú tienes miedo?

—Sí.

Ted Carter fue a su casa aquel fin de semana, y cuando se enteró de la aparente desaparición de Lucas Cross de Peyton Place , fue inmediatamente a ver a Selena.

—¿Así que tu padre no vino por aquí? —preguntó.

Selena tenía los nervios a flor de piel.

—Escucha —dijo—, ¡no sigas hablándome como un abogado! Estoy harta de contestar preguntas, y sólo tengo una respuesta para todas ellas. No. ¡No! ¡No! ¡No! ¡Ahora déjame en paz!

—Pero, Selena, yo sólo quiero ayudarte.

—No necesito que me ayudes.

Él le dirigió una mirada extraña.

—¿No quieres que encuentren a Lucas? —preguntó.

—Me conoces desde hace años —dijo Selena con cansancio—. Si hubieras tenido que vivir con él, ¿querrías que le encontraran?

—Al menos querría saber qué le había ocurrido.

—Pues yo no. Ruego a Dios que no le encuentren jamás.

A la mañana siguiente, el hijo de unos barraqueros que vivían junto a la carretera de Meadow fue al despacho de Buck McCracken con un paquete envuelto en papel de periódico.

Los dos hombres del Departamento de Marina se mostraron interesados por el contenido del paquete, pero Buck McCracken , súbitamente mareado, apartó los ojos de los artículos diseminados encima de su mesa.

Eran los restos quemados de un chaquetón de la Marina, con sus botones redondos aún intactos, y los jirones chamuscados de lo que aparentemente había sido una bata de mujer.

Incluso desde donde estaba Buck, a unos dos metros aproximadamente de la mesa, se veían las rojizas manchas de sangre de la tela estampada de la bata.

El niño, un muchacho de unos doce años, declaró que había encontrado el paquete tal como los hombres lo veían ahora, en un montón de basura en el vertedero municipal.

El siguiente comentario del niño estuvo relacionado con la cuestión de una posible recompensa.

—Lárgate —le dijo ferozmente Buck McCracken, y desde la sala de espera, contigua al despacho, se oyó la voz plañidera de una mujer de las barracas.

—Te lo dije, niño —gimoteó—. Tu padre y yo te dijimos que no está bien meterse en lo que no es asunto nuestro.

Uno de los hombres de la Marina revolvió los fragmentos quemados del chaquetón con la punta de un lápiz.

—Parece que, después de todo, Lucas Cross tenía sus razones para estar ausente sin permiso oficial —dijo.

«Un buen oficial —recitó silenciosamente Buck— nunca elimina la posibilidad de un acto criminal.»

—Lucas debía de tener alguna mujer de quien ninguno de nosotros sabía nada —dijo en voz alta.

—Me conformaré con la chica —dijo un hombre de la Marina.

—¿Qué chica? —preguntó inocentemente Buck.

—Selena Cross —contestó el segundo hombre de la Marina.

Aún era temprano cuando Buck y los dos hombres de la Marina llegaron a casa de los Cross.

Selena no se había marchado a trabajar y Joey todavía estaba en pijama.

Selena abrió la puerta y condujo a los hombres al salón.

Actuó como si no hubiera visto el paquete que uno de los hombres de la Marina llevaba debajo del brazo.

El hombre dejó el paquete encima del sofá, lo abrió y esparció su contenido.

Después se enderezó y miró fijamente a Selena.

Ella no se movió ni habló, y, por toda la emoción que se reflejó en su cara, habría podido estar contemplando una serie de muestras de tela que no la impresionaban particularmente.

—Sabemos que tú no lo hiciste —dijo el hombre.

Joey Cross se lanzó hacia ellos desde el otro extremo de la habitación y se puso delante de su hermana.

—¡Yo lo hice! —chilló—. ¡Yo lo hice! ¡Le maté y le enterré en el corral de las ovejas, y lo hice solo! ¡Lo hice solo!

Selena le hizo apoyar la cabeza sobre su pecho y le revolvió el cabello unos instantes.

—Ve a la otra habitación, Joey —dijo—. Ve a vestirte como un buen chico.

Cuando se hubo ido, Selena se volvió hacia Buck McCracken .