Peyton Place (Peyton Place 1) 8
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Era una soleada y olorosa mañana de mayo cuando por vez primera Buck McCracken comprendió el significado de palabras que había oído durante años.

«El mundo es un pañuelo», decía la gente, pero Buck siempre disentía callada y violentamente.

El mundo era enorme, pensaba Buck, con sus millones de kilómetros de extensión. Que uno de los que opinaban lo contrario intentase ir andando de Peyton Place a Boston . Quizás entonces olvidaran esas tonterías de que el mundo era un pañuelo y se diesen cuenta de lo grande que era en realidad.

Esa mañana, Buck estaba sentado a la barra de la cafetería de Hyde.

Siempre que podía se sentaba en el taburete del extremo, lo cual no sucedía con demasiada frecuencia, pues prácticamente todo el mundo consideraba ese taburete como «el asiento de Clayton Frazier».

Quienquiera que estuviese sentado en el taburete del extremo siempre se levantaba y se iba a otro sitio si Clayton entraba.

A Buck le gustaba sentarse en el taburete del extremo porque estaba cerca de una ventana que daba a Elm Street, desde donde podía vigilar su coche patrulla negro aparcado junto a la acera.

La luz roja del techo centelleaba bajo el sol matinal, y la larga antena de la radio se elevaba como una lanza hacia el cielo azul.

Buck estaba orgulloso de su coche oficial.

Siempre lo tenía limpio y brillante y lo miraba con frecuencia y cariño.

Con una sonrisa de satisfacción, Buck desvió los ojos de la ventana cuando un extraño entró en la cafetería.

Un viajante. Buck etiquetó al extraño inmediatamente, aunque el comisario simuló no observar al desconocido. Tomaba un sorbo de café y parecía inmerso en sus pensamientos cuando el desconocido habló.

—Esta ciudad parece otra desde la última vez que pasé por aquí —dijo.

Buck levantó los ojos con indiferencia.

—¿Ah, sí? ¿Viene a menudo por aquí?

—A Dios gracias no demasiado, aunque, como he dicho, esta mañana la ciudad está más bonita.

La última vez que vine era pleno invierno.

Estaba nevando y soplaba un viento de mil demonios.

Era de noche. No pude ir más allá de White River, y tuve que pasar la noche allí.

Traje a un individuo conmigo desde Boston.

Pregúnteselo. Él le dirá qué noche hacía.

—¿Era alguien de aquí? —preguntó Buck, intentando recordar quién había estado fuera de la ciudad aquel invierno durante la gran tormenta de nieve.

—Desde luego —dijo el viajante—. Un marino. Ahora no me acuerdo de su nombre, aunque él me lo dijo. ¡Dios mío, cómo estaba! Borracho como una cuba desde que salimos de Boston.

—¿Un marino, ha dicho? —preguntó Buck, levantándose al ver que Clayton Frazier entraba en el restaurante.

Clayton se sentó en su taburete acostumbrado, y el comisario se instaló justo al otro lado del desconocido—.

No recuerdo a nadie de aquí que estuviera en la Marina el invierno pasado. ¿Y tú, Clayton ?

—Tampoco —dijo Clayton, cogiendo la taza de café que Corey Hyde había dejado ante él—. ¿Y tú, Corey?

—No. Nadie que yo conozca.

—Escuchen —dijo el desconocido, sorprendido de la oposición que había levantado su sencillo comentario—, ese hombre era de aquí.

Él mismo me lo dijo. Y estaba en la Marina.

Le recogí en las afueras de Boston y le traje hasta aquí.

Me dijo que venía a ver a sus hijos y que no había estado en su casa desde 1939.

Buck, Corey y Clayton se miraron. Lucas Cross, pensaron a un tiempo, pero no quisieron dar al desconocido la satisfacción de saber que les había confundido momentáneamente.

—¿Qué aspecto tenía? —preguntó Buck, observando al desconocido con desconfianza.

—Bueno, no lo recuerdo con exactitud —contestó el desconocido, molesto—. Era grande.

—Yo también lo soy —dijo Buck—. ¿Era yo?

—No. No, claro que no. Ese individuo bebía mucho. Lo recuerdo.

—Bueno, con esos datos, podría ser cualquiera —dijo Corey Hyde— . ¿Es eso lo único que recuerda?

El desconocido se rascó pensativamente la mejilla.

—Recuerdo otra cosa —dijo—. La sonrisa de ese hombre. Nunca había visto sonreír a nadie de ese modo. Se le movía la frente al sonreír. Lo más extraño que he visto en mi vida. No lo he olvidado. Reconocería esa sonrisa si volviera a verla.

—Escuche, señor —dijo Buck con suavidad—, creo que fue usted el que bebió aquella noche. He pasado toda mi vida en Peyton Place y nunca he visto a un hombre que sonriera con la frente. El que bebió fue usted, y no me gustan los tipos que conducen borrachos por mi ciudad.

—Ahora escúchenme ustedes —dijo el desconocido, y miró las caras de Buck, Clayton y Corey.

No dijo nada más. Terminó el café y salió rápidamente de la cafetería.

Durante unos cuantos minutos, ninguno de los tres hombres habló. Después, Clayton Frazier dejó su taza encima del plato.

—Es extraño —comentó— que Lucas haya estado en su casa y nadie se haya enterado.

Hubo otra larga pausa antes de que Buck dijera:

—Selena y Joey no le vieron. Estuve en su casa cuando los tipos de la Marina vinieron en busca de Lucas. Tanto Selena como Joey dijeron que no le habían visto.

Corey Hyde volvió a llenar las tazas de café.

—Selena no es una mentirosa —dijo—. Y el muchacho tampoco.

—No, no lo son —convinieron Buck y Clayton—. Sin embargo, es extraño que ese hombre haya descrito tan bien a Lucas. Yo tampoco he visto jamás a un tipo que sonría igual que Lucas, como ha dicho el viajante.

—Naturalmente —dijo Buck, citando tan textualmente como pudo el ya casi olvidado manual del policía—, tenemos que considerar la posibilidad de un acto criminal.

—¿A qué te refieres con eso de acto criminal? —inquirió Corey.

—Oh, ya sabes —dijo Buck—. Algo como golpear a un tipo en la cabeza y quitarle el dinero, y cosas así.

—¿Quién golpearía a Lucas en la cabeza? —preguntó Clayton—. ¿Aquí, en Peyton Place ?

—No lo sé —repuso Buck—. No he dicho que alguien lo haya hecho. Sólo he dicho que tenemos que considerar esa posibilidad.

—Pues a mí esa posibilidad me parece muy improbable —replicó Clayton—. Es absurdo pensar que uno de los vecinos de Lucas le golpeara en la cabeza por dinero. Lucas jamás tuvo dinero.

—Yo no he dicho que fuera uno de los vecinos de Lucas —objetó Buck—. Pudo ser alguien más, ¿no? ¿Qué hay de ese viajante? ¿Cómo sabemos que no fue él?

—Sí —dijo Corey con tono despectivo—. Lo más seguro es que volviera a Peyton Place y empezara a hablar de Lucas en caso de que le hubiera golpeado en la cabeza.

—Oh, no lo sé —dijo Buck, en tono de superioridad—. Los criminales suelen volver al escenario del crimen.

—Me pregunto para quién trabaja ese viajante —dijo Clayton.

—Para S. S. Pierce, de Boston —dijo Buck con rapidez—. Lo he visto en el maletín que llevaba.

—Quizá deberías ir tras él y preguntarle si golpeó a Lucas en la cabeza —dijo burlonamente Clayton.

—No, no haré tal cosa —repuso pensativamente Buck—. Primero me pondré en contacto con los tipos de la Marina y averiguaré si Lucas regresó a su barco. Si no, empezaré a hacer investigaciones.

—El mundo es un pañuelo —dijo Corey—. Un desconocido, de paso en la ciudad hacia el norte, se para a tomar un café en mi cafetería y se sienta al lado del comisario y le dice que ha visto a un hombre al que nadie en la ciudad ha vuelto a ver desde el 39. Realmente, el mundo es un pañuelo.

—Sí —convino pensativamente Buck McCracken, y salió del restaurante en dirección al reluciente coche patrulla aparcado junto a la acera.