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Cada primavera, en calidad de presidente del Comité de Presupuestos, Dexter Humphrey debía actuar como moderador en el concejo municipal.
Se tomaba muy en serio esta responsabilidad, leyendo cada artículo del presupuesto con tonos sonoros y anticipando a cada voto una pregunta hecha con voz sepulcral.
—Todos ustedes han oído el artículo incluido en el presupuesto. ¿Qué opinan al respecto?
Entonces los ciudadanos votaban inmediatamente o discutían el asunto hasta que se llegaba a una decisión.
—El concejo municipal —decía Tomas Makris a los estudiantes de la escuela superior cada primavera— es el último ejemplo de democracia pura que existe hoy día en el mundo.
Es el único lugar que queda donde cualquier persona puede levantarse para expresar sus ideas y opiniones sobre la administración de esta ciudad.
«Claro que —pensó Tom, recordando su primer año en Peyton Place— eso no significa que todos sean escuchados; pero todos pueden hablar.»
En el concejo municipal celebrado en la primavera de 1944, el viejo y candente punto de una nueva escuela elemental no fue incluido en el presupuesto por las restricciones sobre edi ficación en tiempo de guerra, pero el otro punto igualmente controvertido de la zonificación municipal estaba en su lugar de costumbre.
El Comité de Presupuestos siempre lo colocaba al final del orden del día, pues los argumentos sobre el tema podían ser largos y numerosos.
—Llegamos ahora —entonó Dexter Humphrey— al vigésimo primero y último punto del presupuesto.
Hizo una pausa y se aclaró la garganta.
Los habitantes de la ciudad, cada uno de los cuales tenía una copia impresa del presupuesto, sabían muy bien cuál era el último punto, pero todos esperaron a que Dexter Humphrey lo leyera en voz alta.
—Si este concejo vota aceptar el Artículo XIV , del Capítulo XLIV , de las leyes revisadas de este estado —dijo Dexter.
Un extraño habría empezado a hojear furiosamente el folleto donde estaba incluido el presupuesto para tratar de localizar el contenido del Artículo XIV , Capítulo XLIV de las leyes revisadas del estado, pero los habitantes de la ciudad sabían muy bien lo que decía esa ley.
Todo el mundo esperaba que Leslie Harrington se pusiera en pie, como hacía siempre, cuando Dexter terminó de leer la propuesta.
Leslie nunca había esperado más que el tiempo necesario para que Dexter leyera el artículo, y el moderador miró en torno suyo con perplejidad.
—Todos ustedes han oído el artículo incluido en el presupuesto. ¿Qué opinan al respecto?
Sin duda alguna, ahora Leslie se levantaría, daría una ojeada a su reloj de oro como si tuviese mucha prisa y diría las palabras que siempre había dicho:
—Señor moderador, propongo que esta cuestión sea retirada del presupuesto.
Después vendría el «Secundo la moción» del obrero que Leslie hubiera escogido para este honor anual.
Y después Dexter diría:
—Se ha hecho y secundado una moción para retirar este punto del presupuesto. ¿Qué opinan al respecto? ¿Los que están a favor?
Los «síes» harían retemblar el edificio, mientras Seth Buswell y unos cuantos más pronunciarían los únicos «noes».
Dexter Humphrey tosió.
—¿Qué opinan al respecto? —inquirió frenéticamente, negándose a someter la propuesta a votación hasta que alguien hablara.
Leslie Harrington continuó inmóvil en su asiento, mirando pensativamente por una ventana de la sala de juntas del juzgado.
Dexter paseó los ojos por la habitación, tratando de localizar a Seth Buswell.
El dueño del periódico estaba sentado con Matthew Swain y Tomas Makris al fondo de la sala.
Seth se miraba las uñas con profundo interés, pero no se levantó para hablar.
«¡Necio! —pensó Dexter Humphrey con ira—. ¡Maldito necio! Ha hablado en exceso sobre la zonificación durante años, y ahora que tiene la oportunidad de que votemos la propuesta, no se levanta para aprovechar su ventaja.»
La tensión reinante aumentó hasta un grado casi insoportable mientras Dexter esperaba. Cuando finalmente un granjero se levantó y se aclaró la garganta como señal de que iba a hablar, los reunidos respiraron profundamente como en un inmenso suspiro.
—¿Significa este asunto de la zonificación que si quiero levantar un gallinero nuevo tengo que pedir permiso a alguien? —preguntó el granjero.
—Una pregunta pertinente, Walt —dijo Dexter, que se enorgullecía de conocer por su nombre a todos los ciudadanos de la última lista de verificación—. Jared, ¿te importaría contestar a la pregunta de Walt?
Jared Clarke se levantó.
—No, Walt —dijo—, nada de eso. El Artículo XIV sólo afecta la habitabilidad de las viviendas.
Es decir, al lugar donde vivan personas.
Por ejemplo, si quisieras levantar una casa en la ciudad, tendrías que tener un permiso de la junta de administración municipal.
Naturalmente, la junta puede oponerse al tipo de vivienda que se vaya a construir.
—Lo que tú quieres decir, Jared —le resumió el granjero llamado Walt— es que tú y Ben Davis y George Caswell podéis decir a un hombre qué clase de casa tiene que hacer. ¿Es así?
—No exactamente... —contestó Jared con prudencia, consciente de que estaba internándose en terreno peligroso—. La idea de la zonificación —dijo, volviéndose de cara a la multitud— es proteger el valor de la propiedad. Ésta es su única finalidad.
—Sí, pero esto no es lo que te he preguntado, Jared —dijo Walt—. Lo que yo te he preguntado es si tú y Ben y George tendréis derecho a decir a un hombre qué clase de casa tiene que construirse.
—La clase de casa —repuso Jared, empezando a excitarse— no tiene nada que ver con esto.
—Entonces, ¿quieres decir que si yo quisiera levantar una barraca de papel alquitranado en Elm Street, podría hacerlo?
—Tal como ahora están las cosas —dijo Jared con aspereza—, indudablemente podrías.
—Pero no podría si tuviéramos la zonificación.
—No —contestó rotundamente Jared—. En el mismo momento en que se levanta una barraca en un barrio decente, el valor de todas las demás propiedades desciende.
No está bien, ni es lógico. La zonificación sería un logro para la comunidad.
Si tuviéramos una zonificación, quizá podríamos suprimir los gallineros que hay a una manzana de Elm Street.
—¿Qué? —Fue un grito de indignación procedente del fon do de la estancia, emitido por un astuto anciano que había reparado en la contradicción de Jared—.
¿Qué hay de malo en que un hombre tenga unas cuantas gallinas?
—inquirió Marvin Potter, que era uno de los componentes del grupo que se reunía en la tienda de Tuttle—.
¿Qué hay de malo en que un hombre intente ganar un poco de dinero extra?
—inquirió Marvin—. ¿Por ejemplo, teniendo unas cuantas gallinas?
Marvin no tenía unas cuantas gallinas en el jardín trasero de su casa de Laurel Street .
Tenía unos cuantos visones, y en verano el hedor de los visones de Marvin llegaba hasta Elm Street cuando el viento soplaba en aquella dirección, de modo que los habitantes de la ciudad se encogían de hombros y levantaban los ojos al cielo, mientras los forasteros miraban desconfiadamente a su alrededor.
—Tener gallinas es una cosa —dijo Jared, mirando fijamente a Marvin— y visones, otra.
—Y yo digo —rugió Marvin— que ser concejal municipal es una cosa, e intentar ser un dictador es otra.
—¿Señor Clarke? —era la voz serena y tranquila de Selena Cross—. Señor Clarke, puesto que la casa donde vivo con mi hermano está dentro de los límites que todos conocemos como El Pueblo, ¿significaría la zonificación que debería retirar el corral de las ovejas de mi hermano?
Jared tosió y sonrió, pero sólo había una respuesta y él lo sabía.
—Sí —dijo.
—Pues vaya una estupidez —dijo alguien que no se levantó para identificarse.
Dexter Humphrey dio un golpe con su mazo para imponer orden, y Seth Buswell miró escrutadoramente a Selena Cross. Que él supiera, Selena siempre había estado a favor de la zonificación en años pasados, y se preguntó qué podía haber pasado para que hubiese cambiado de opinión.
—Propongo —dijo Selena Cross— que este punto sea retirado del presupuesto.
—Secundo la moción —exclamó Marvin Potter.
—¿Quiénes están a favor?
Hubo unas seis voces que corearon el firme «Sí» de Selena.
Dexter Humphrey se secó las manos con un pañuelo.
Cogió su ejemplar del presupuesto y leyó nuevamente los veintiún artículos.
Después de formular su pregunta habitual, sometió el asunto a votación, y por primera vez en la historia, la ciudad de Peyton Place dio voluntariamente nuevos poderes a sus administradores municipales en la cuestión de la zonificación.
Cuando el concejo hubo terminado, Peter Drake se detuvo en el vestíbulo del juzgado y encendió un cigarrillo.
Tomas Makris se reunió con él, no por haberlo decidido así, sino porque daba la casualidad de que ambos estaban en el vestíbulo en aquel momento.
Juntos, Tom y Drake observaron cómo Leslie Harrington abandonaba el juzgado.
Cuando el dueño de la fábrica salió, iba flanqueado por Seth y el doctor Swain a un lado, y Jared Clarke y Dexter Humphrey al otro.
—Es muy extraño —comentó Drake con una sonrisa— que mientras estaban divididos, cada uno de ellos se mantenía firme, mientras que hoy, cuando se han apoyado con su silencio, uno de ellos ha caído. Siempre había oportunidad como la de hoy para vencer a Leslie.
Tom miró la punta de su cigarrillo.
—Harrington ha perdido a su hijo —contestó—. Por eso ninguno de ellos ha hablado más que Jared. Y Jared no habría hablado si no le hubieran hecho preguntas directas.
—El hecho de que alguien acabara de perder a un hijo no habría detenido a Harrington en sus buenos tiempos —dijo Drake—. ¿Cómo es que todo el mundo le trata de repente con tantos miramientos?
Tom miró airadamente al abogado.
—¿De dónde es usted, Drake? —preguntó.
Transcurrió todo un minuto antes de que se diera cuenta del tono desconfiado que había utilizado.
«¡Santo cielo! —pensó—. He de tener más cuidado. Estoy empezando a hablar como un verdadero retrógrado.» Echó la cabeza hacia atrás y se rió.
—De New Jersey —le dijo Drake, mirando al sonriente Tom—. ¿Y usted?
—De Peyton Place —dijo Tom—, vía Nueva York, Pittsburgh, y otros puntos más al sur.
En el exterior, los hombres de Chestnut Street subían al coche de Leslie Harrington .
—¿Dónde se habrá metido Charlie Partridge ? —preguntó Drake.
—Está en cama con la gripe —dijo Tom—. Si no, habría venido y en este momento se dirigiría hacia Chestnut Street con los demás, en el coche de Leslie.
—De todos modos —dijo Drake, tirando el cigarrillo y pisándolo—, el antiguo régimen ha caído. La espina dorsal de Chestnut Street está definitivamente rota.
—Puede ser —dijo Tom, y salió del juzgado.