Peyton Place (Peyton Place 1) 6 #3
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Desde luego, Helen era un encanto, pensó. Pero si esta noche no la conseguía, la mandaría a paseo. Había muchas otras chicas deseosas de entregarse a un civil bien plantado, con dinero en abundancia y un buen coche.

Con la idea de «conseguir a Helen» entre ceja y ceja, Rod ney se detuvo en una tienda de licores de la calle principal de Concord y compró una botella de ron.

Helen «adoraba» el ron con Coca-Cola. Además del ron, tenía, como persuasión adicional, seis pares de medias de nailon procedentes del mercado negro en la guantera del coche.

—Pero ¿qué es esto? —exclamó Helen unos momentos después al ver las medias.

«Palancas para quitarte las bragas», pensó Rodney, pero dijo: «Bonitas medias para bonitas piernas» y la necedad de la frase pasó desapercibida para Helen, que tenía una naturaleza tan codiciosa como la de una ardilla en otoño.

En conjunto, pasaron una noche muy agradable. A las diez ambos se sentían saturados de ron y muy cariñosos.

—¡Me comprendes tan bien! —murmuró Helen, tomándole una mano entre las suyas.

—¿De verdad? —preguntó él, rodeándola con un brazo y apoyando esa mano justamente debajo de su pecho—. ¿De verdad? —susurró, contra su mejilla.

—Sí —dijo Helen, arrimándose a él—. Tú amas las mejores cosas de la vida. Libros y música, y todo eso.

Lo malo de Helen, pensó Rodney, era que había visto demasiadas películas.

Intentaba hablar y actuar tal como se imaginaba que haría una actriz cinematográfica después de un duro día de trabajo en el estudio.

Sus besos la dejaban indiferente si no eran los de un experto, sin choques de nariz.

Era una lástima, pensó Rodney, que aún no hubiesen empezado a incluir el acto sexual en todas las películas, pues entonces Helen habría caído en sus manos como una fruta madura.

Suspiró y pensó en las muchachas que había conocido, y dejado, que no eran aficionadas al cine.

Mucho se temía que conseguir a Helen fuese un largo y difícil proceso, y él no estaba nada seguro de que el resultado justificara el coste, como alguien había dicho.

—Hm-m —murmuró Helen, encima de él—. Nos avenimos como melocotones y nata.

—Huevos y jamón —dijo él, empezando a friccionarle el pecho con la mano.

—La tarta y el helado —rió ella, moviéndose un poco bajo su contacto.

—Perritos calientes y partidos de fútbol —dijo Rodney, poniendo la otra mano sobre su muslo.

—Hablando de perritos calientes —dijo Helen, enderezándose de un salto—, estoy hambrienta. Vamos a comer algo.

Y eso, pensó furiosamente Rodney, era todo. Le compraría un maldito perrito caliente, una docena si ella quería, pero que le ahorcaran si volvía a preocuparse por ella después de esa noche.

Helen se rió con nerviosismo mientras bajaban las escaleras desde su apartamento hasta el coche y continuó riéndose con un nerviosismo exasperante mientras Rodney conducía hasta un restaurante de la carretera, a poca distancia de la ciudad. Rodney no pronunció una sola palabra.

—Oh, cariño —rió Helen, dando un último mordisco al perrito caliente—. ¿Está mi cariñito enfadado conmigo?

Inexplicablemente, pensó Rodney, le recordó a Betty Anderson . Casi oyó pronunciar estas mismas palabras a una contrita Betty una noche de verano de mucho tiempo atrás.

—Supongo que no —dijo, y volvió a tener la extraña sensación de haber pronunciado estas palabras antes de ahora.

—No te enfades conmigo, muñeco —susurró Helen—. Seré buena contigo. Tú llévame al apartamento y yo te enseñaré lo buena que puedo ser. Seré la mejor que has conocido jamás, encanto. Tú espera y verás.

Jugando a su vez a hacerse rogar, Rodney la miró de arriba abajo y sonrió.

—¿Cómo lo sé? —preguntó.

Y entonces Helen hizo la cosa más excitante que Rodney había visto en sus veintiún años de edad. En el mismo coche, con las luces del restaurante a su alrededor y gente sentada en coches a dos metros escasos de ellos, Helen se desabrochó la blusa y le enseñó un pecho perfecto.

—Mira esto —dijo, cogiéndose el pecho con la mano—. No llevo sujetador. Tengo el pecho más duro que has tocado en tu vida.

Rodney puso violentamente el motor en marcha, ansioso de estar fuera del aparcamiento del restaurante.

Helen no volvió a abrocharse la blusa, sino que se reclinó en el asiento dejando su pecho al descubierto.

Cada cinco o seis segundos, inhalaba y se enderezaba un poco, pasando sensualmente la mano sobre su piel desnuda y rascándose el pezón con la uña.

Rodney no podía apartar los ojos de ella.

Era como algo que había leído en lo que él calificaba de «libros sucios».

Nunca había visto a una mujer tan aparentemente enamorada de su propio cuerpo hasta ahora, y para él eso era algo perverso, prohibido y excitante.

—Déjame —rogó, alargando la mano hacia ella mientras conducía a toda velocidad por la carretera en dirección a Concord.

Ella giró la cabeza rápidamente.

—¡Cuidado!

Fue un grito de advertencia, proferido demasiado tarde. Cuando Rodney se restableció lo bastante para levantar los ojos, el camión remolque parecía estar encima de él.