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Fue el circunspecto comportamiento de Norman lo que «desenmascaró» realmente a Rodney Harrington a los ojos de la ciudad, pues Rodney no había ido a la guerra.
En cuanto el reclutamiento se convirtió en realidad, Leslie Harrington encontró un empleo para su hijo en las Fábricas Cumberland lo bastante importante como para que Rodney fuera clasificado de civil «esencial» para el esfuerzo bélico.
Eso fue muy criticado en Peyton Place . Algunos llegaron a decir que los tres hombres de la junta de reclutamiento local vivían en casas cuya hipoteca estaba en poder de Leslie Harrington y, además, que los hijos de esos hombres trabajaban en puestos también considerados «esenciales» en las fábricas.
La posición que Leslie Harrington había disfrutado durante años, y que había empezado a debilitarse en 1939, corría un serio peligro en la primavera de 1944.
Las personas que consideraron insensatos a los Ellsworth por demandar a Leslie en el 39, empezaron a cambiar de opinión poco después.
Con su callado valor, Kathy había perjudicado mucho más a Leslie de lo que podría haber hecho con palabras.
Se casó con Lewis Welles poco antes de su incorporación al ejército y se quedó embarazada casi enseguida.
Durante la guerra, hubo muchas personas en la ciudad que sintieron vergüenza al ver a Kathy Welles paseando por Elm Street, empujando el cochecito de su bebé con su única mano.
Miraban a Kathy, que aguardaba el regreso de Lewis con una esperanza que no decaía ni siquiera durante los trágicos días de Bataan y Corregidor, y pensaban en Leslie Harrington , que bien habría podido facilitar las cosas a Kathy.
—Dos mil quinientos dólares —se dijo en Peyton Place— . No parece mucho, aunque también se hiciera cargo de las facturas de los médicos.
—Leslie Harrington preferiría vender su alma al diablo antes que desprenderse de un solo dólar.
—No me parece bien. Ella con el marido en la guerra y Leslie con su hijo en casa.
—Desde luego, la pobre Kathy Welles ha tenido mala suerte.
Treinta mil dólares no habrían podido devolverle el brazo, pero le habrían facilitado un poco las cosas.
Habría podido contratar a alguien para que la ayudara en la casa y se ocupara del bebé.
La oigo trajinar por la casa tan bien y tan deprisa que realmente no necesita dos brazos.
—Sin embargo, es una vergüenza que Leslie saliera tan bien parado.
Su hijo también se da maña para librarse de las cosas.
Mira cómo se ha mantenido al margen de la guerra, y cómo siempre parece tener gasolina suficiente para ir de un lado a otro en su coche.
La gasolina está racionada para todos los demás.
—Rodney siempre ha sabido librarse de las cosas. ¿Os acordáis de Betty Anderson ?
—He oído decir que ahora tiene a una chica en Concord. Va a verla todas las noches.
—Un día de éstos recibirá su merecido. Igual que Leslie. Los Harrington se merecen un castigo desde hace tiempo.
Leslie Harrington nunca supo con exactitud cuándo empezó a perder su dominio sobre Peyton Place .
Se inclinó a creer que fue cuando la Federación Estadounidense del Trabajo logró sindicar las fábricas, algo impensable e incluso inimaginable en Peyton Place .
Leslie rugió y amenazó con cerrar las fábricas y poner a todo el mundo en la calle pero, desgraciadamente para él, había firmado contratos con el Gobierno que le impedían hacerlo, y los obreros lo sabían.
Según Leslie, todo empezó a desmoronarse con la sindicalización de las fábricas.
Los negocios en el banco decayeron cuando la gente empezó a transferir sus hipotecas al banco de una ciudad situada quince kilómetros al sur.
En otros tiempos, Leslie habría despedido a un hombre por hacer tal cosa, pero con el sindicato al mando no pudo hacer lo que hubiera querido.
Fue Tomas Makris, o eso tenía entendido Leslie, quien informó a los obreros de que el banco de otra ciudad estaba ansioso por aceptar nuevos clientes, y Leslie se sintió impotente incluso contra esta perfidia.
Tuvo que doblegarse cuando recurrió a la junta escolar aquella primavera, un hecho que le dejó anonadado durante varias semanas, y la junta escolar recién constituida le dijo que consideraban a Tom como el mejor director que las escuelas de Peyton Place habían tenido jamás.
En la primavera de 1944, Leslie Harrington vivía con miedo, y su único consuelo era su hijo, al que había conseguido salvar de la guerra.
—Me desquitaré —dijo a Rodney—. Espera a que esta maldita guerra haya terminado. Espera y verás cuánto dura este maldito sindicato en mis fábricas. Despediré a todos los hijos de perra que ahora trabajan para mí e importaré a una población completa.
Pero Peter Drake, el joven abogado que había luchado contra Leslie en el caso de Ellsworth contra Harrington, tenía una opinión distinta.
—La espina dorsal de Chestnut Street se ha roto —dijo Drake—. Cuando una vértebra se descoloca, toda la espina dorsal deja de funcionar eficientemente.
Rodney Harrington no estaba preocupado por las fábricas, ni por la espina dorsal de Chestnut Street, ni por los cambios en Peyton Place .
Como de costumbre, sólo estaba preocupado por sí mismo.
Tenía dos tipos de actitudes, cada uno totalmente separado y distinto del otro.
El primero comprendía todas las actitudes que le parecía diplomático mantener, y el segundo aquellas que en realidad mantenía.
Era una actitud del primer tipo lo que a menudo le impulsaba a decir: «No hay nada más desesperante que tener un trabajo bélico esencial.
Me siento horriblemente inútil, a salvo en Estados Unidos, mientras nues tros muchachos combaten en ultramar».
Normalmente decía estas cosas a alguna muchacha bonita, que se apresuraba a consolarle asegurándole que era muy esencial para ella.
—¿Ah, sí? —solía contestar Rodney—. ¿Hasta qué punto? ¡Demuéstramelo, muñeca!
No había demasiadas muchachas en la primavera tan carente de hombres de 1944 que se negaran a acatar esta petición.
Más auténtica en Rodney era una determinada actitud del segundo tipo.
Como admitía en privado, se alegraba muchísimo de estar al margen de la guerra.
La idea de la suciedad, la falta de buena comida, dormitorios abarrotados, mala ropa y, sobre todo, la disciplina, le horrorizaban.
Rodney estaba seguro de que cualquier hombre con un mínimo de honradez en su interior abundaría en esta actitud.
Nadie quería irse a la guerra. La única diferencia era que él tenía más suerte que la mayoría, y se alegraba de ello.
Y, ¿qué sacaba un tipo de la guerra?, se preguntaba Rodney.
Suponiendo que alguien pudiese tolerar todas las desventajas de estar en las fuerzas armadas, ¿qué le daban éstas a cambio?
Sólo había que mirar al tonto de Norman Page.
Había ido a la guerra y ahora tenía un insignificante trabajo en el periódico, sin otro premio a su esfuerzo que unas cuantas medallas de hojalata y una pierna lisiada.
No, señor, esto no era para Rodney Harrington, ni mucho menos.
Apoyó el pie en el acelerador de su coche, confiando en el depósito lleno de gasolina y los cuatro buenos neumáticos que llevaba mientras se dirigía velozmente hacia Concord, donde tenía una cita con su chica preferida.