Peyton Place (Peyton Place 1) 6
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—Pobre chico. Está tan blanco —dijeron, y nadie señaló el hecho de que Norman siempre había sido un niño pálido.

—Es tan joven y ha visto tantas cosas...

Seth Buswell fotografió a Norman, apoyado en su muleta ante el monumento a los caídos en la Primera Guerra Mundial que se alzaba en Memorial Park.

Seth fue muy criticado cuando la fotografía no apareció en la primera página del Times , pero la ciudad ignoraba que pocas horas después de que Seth tomara la instantánea, el doctor Matthew Swain había ido a ver al dueño del periódico.

—No publiques esa fotografía, Seth —dijo el médico.

—¿Por qué no? —inquirió Seth—. Es una buena foto. El héroe local regresa a casa, y todo eso. Es un buen tema.

—Podría verla alguien de fuera de la ciudad —dijo el médico.

—¿Y qué?

—Nada, excepto que apuesto mi diploma, mi licencia para ejercer y mi placa a que Norman no tiene nada en la pierna. Ni siquiera le han herido.

Seth se escandalizó.

—Pero ¿qué hay de todas esas medallas? —preguntó—. El muchacho lleva cintas desde la cintura hasta el hombro.

—Cintas, sí —dijo el médico—; medallas, no.

Cualquiera puede entrar en una tienda próxima a una base militar y comprar esas cintas al por mayor.

Hay una tienda así en Manchester. Me fijé cuando estuve allí la semana pasada.

Apuesto lo que quieras a que Evelyn entró en una de esas tiendas de Boston y compró hasta la última de las cintas que Norman lleva encima del uniforme.

—Pero ¿por qué? Eso no tendría sentido. Hay muchos chicos que no regresan a casa como héroes. ¿Por qué iba ella a querer que Norman lo hiciera?

—No lo sé, pero te aseguro que voy a averiguarlo. Tengo un compañero de estudios en el alto mando de Washington. Él podrá decírmelo.

Al día siguiente, el médico fue a la cámara legislativa del estado para matricular su automóvil, y mientras estaba en el capitolio del estado, a varios kilómetros de Peyton Place , telefoneó a su amigo de Washington.

—Claro que puedo averiguarlo, Matt —dijo el amigo—. Te llamaré esta noche a tu casa.

—No, no lo hagas —protestó el médico, pensando en Alma Hayes, la telefonista de la ciudad, que tenía fama de escuchar todas las llamadas de larga distancia—. Escríbeme una carta —dijo—. No tengo prisa.

Al cabo de unos días llegó la carta y el doctor Swain fue a enseñársela inmediatamente a Seth.

Norman Page, según su hoja de servicios, había sido licenciado por estar mentalmente incapacitado para cumplir los deberes de un soldado.

Mientras en Peyton Place se compadecía a Evelyn Page , cuyo único hijo, según ella, estaba herido en un hospital de Europa, Norman Page se recuperaba de un grave caso de neurosis de guerra en un hospital de Estados Unidos.

El amigo de Matthew Swain proporcionaba más detalles, según los cuales Norman había sido víctima de una PN cuando estaba combatiendo en Francia.

—¿Qué es eso? —preguntó Seth, señalando las siglas PN.

—Psiconeurosis —dijo el médico, alargando la mano hacia la mesa de Seth para coger el encendedor del dueño del periódico. Sostuvo la carta sobre una papelera vacía y la quemó—. Veo la mano de Evelyn en todo esto —dijo.

—Yo también —dijo Seth.

Los dos hombres decidieron, de común acuerdo, que como habían descubierto una verdad que perjudicaría a Norman en la ciudad y que le causaría dificultades con las autoridades militares si llegaba a saberse, olvidarían todo el asunto.

Seth destruyó la fotografía de Norman, junto con el negativo, y dejó que las airadas críticas de Peyton Place zumbaran sobre su cabeza, mientras Matthew Swain hacía un último comentario sobre la cuestión.

—Alguien —dijo— debería enseñar a ese muchacho cómo andar debidamente con una pierna rígida y cómo manejar una muleta con algo más de realismo.

Mientras tanto, Evelyn Page ni siquiera sospechaba que alguien hubiese descubierto su «pequeño subterfugio», como se refería a su fraude cuando hablaba con Norman.

Se disculpaba a sí misma diciendo que jamás había tenido la intención de llevar el engaño tan lejos, que había sido una de esas cosas que a veces se escapan de las manos.

Al fin y al cabo, se decía, había que sacar el máximo partido de un asunto cuando éste no tenía remedio, y sólo un tonto podía lamentarse de un hecho consumado.

Nunca se arrepintió de la decisión que tomó cuando el Gobierno le notificó que Norman estaba de regreso en Estados Unidos con un trastorno mental.

Había pasado varios días reflexionando sobre lo que debía hacer antes de ir al hospital donde estaba Norman.

Al final, comunicó a sus amigas que habían herido a Norman, que se hallaba a las puertas de la muerte en un hospital extranjero con una terrible herida en la pierna.

Cuando Evelyn se marchó de la ciudad para ir a Connecticut a ver a su hermana, sus amigas la despidieron con muchas lágrimas y buenos deseos.

La pobre criatura estaba henchida de dolor e inquietud; era comprensible que no deseara quedarse sola en su casa de Depot Street .

Unos meses después, cuando se enteró del inminente licenciamiento de Norman, hizo saber a la ciudad que se iba a Boston para esperar el barco que traería «el dolorido cuerpo de Norman a casa».

Permaneció en un hotel de Boston con Norman durante las dos semanas siguientes a su licenciamiento, enseñándole el papel que debería desempeñar cuando ambos regresaran a Peyton Place .

—¿Quieres que toda la ciudad piense que estás loco? —exclamó cuando Norman protestó—. ¿Tan loco como Hester Goodale?

»¿Quieres que toda la ciudad te considere un cobarde que huyó del silbido de las balas?

»¿Quieres deshonrarnos a los dos para que nunca más podamos ir con la cabeza alta?

»¿Quieres dar a las señoritas Page un buen motivo para que hablen mal de nosotros?

»Haz lo que te dice tu madre, querido. ¿Acaso te he fallado alguna vez?

Norman, agotado de mente, cuerpo, alma y espíritu, terminó cediendo, y Evelyn telefoneó a Peyton Place para dar la grata noticia de que llevaba a Norman a casa.

Después de las ceremonias de bienvenida y el banquete, le felicitó por el buen tono con que había pronunciado su discurso, y durante los días siguientes le tuvo sentado en una butaca del salón, con la «pierna mala» extendida sobre un taburete, mientras ella sonreía tristemente a los amigos que iban a visitarle.

Incluso las señoritas Page hicieron acto de presencia, con la mofletuda cara debidamente empolvada y el voluminoso cuerpo enfundado en seda negra.

Caroline llevó un pote de sopa casera y Charlotte una botella de vino de diente de león.

—Hemos venido a ver al chico de Oakleigh —dijeron a Evelyn.

La casa, a excepción de Norman, estaba vacía en aquel momento, de modo que Evelyn tuvo finalmente una oportunidad para burlarse de las hijas de su difunto marido.

—Asustadas de lo que en Peyton Place se diría si dudarais venir a ver a vuestro hermano herido en la guerra, ¿eh?

Como ésta era la verdad, las señoritas Page no supieron qué contestar.

Resistieron las mordaces invectivas de Evelyn sin pestañear otros cinco minutos antes de ser introducidas en el salón donde se hallaba Norman.

Era la primera vez que las señoritas estaban en casa de Evelyn .

Sus caras, su actitud, sus suaves voces al hablar con el niño al que habían calumniado durante años, hicieron que todos los esfuerzos implicados en el «pequeño subterfugio» de Evelyn valieran la pena.

—¿Lo ves? —dijo triunfalmente a Norman cuando las señoritas Page se hubieron marchado—. ¿Qué te decía yo? ¿No es mejor esto que ir por ahí sabiendo que todos te toman por loco?

A Norman le parecía estar viviendo en un mundo irreal.

Continuó teniendo pesadillas, no todas relacionadas con la guerra.

Continuó soñando con la señorita Hester Goodale y su gato.

Éste era un sueño que se repetía con frecuencia, en el que la señorita Hester siempre tenía la cara de su madre y las dos personas a las que miraba a través del boquete del seto ya no eran el señor y la señora Card, sino Allison MacKenzie y Norman.

En el sueño, sentía una gran excitación en los genitales al acariciar el abdomen de Allison, pero siempre, en el mismo momento de la liberación, el abdomen de la muchacha se reventaba y vomitaba millones de viscosos gusanos azules.

Los gusanos eran mortalmente venenosos, y Norman echaba a correr.

Corría y corría hasta no poder seguir, mientras los gusanos se arrastraban velozmente tras él.

A veces se despertaba en este punto, cubierto de sudor y dominado por el miedo, pero casi siempre conseguía llegar a los brazos de su madre antes de despertarse.

Era en ese momento, al llegar junto a su madre, cuando Norman alcanzaba el clímax de la excitación originada por Allison.

Entonces se despertaba con la sensación de que su madre le había salvado de un terrible peligro.

Con el tiempo, la «rigidez» desapareció de la «pierna mala» de Norman, y empezó a buscar algo en que ocuparse.

Seth Buswell le ofreció un empleo que consistía en una combinación de contable y responsable de circulación en el Times , y Norman empezó a trabajar.

Iba a trabajar fielmente todos los días y entregaba a su madre el talón de su sueldo, sin cobrar, al término de cada semana.