Peyton Place (Peyton Place 1) 5 #2
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«Digo —pensó Kenny— que eres un hijo de perra capaz de acostarse con su propia madre y vender a su abuela como esclava. Cualquier hombre que empuja a otro es un hijo de perra.»

Kenny no intentó levantarse, ni cambiar de posición. El pasillo central de la iglesia estaba cubierto por una mullida alfombra roja, el edificio estaba caliente y él se encontraba sumamente cómodo.

—¡Es Kenny Stearns! —exclamó un miembro de la congregación—. Debe de estar borracho.

—Ten cuidado, hermano —entonó Oliver Rank—. No insultes a tu hermano. ¿Qué dice?

—¡Oh, Dios mío! —murmuró Kenny en voz alta—. ¿Por qué no cierras el pico?

La congregación, que sólo había oído el ferviente «Oh, Dios mío» de Kenny, empezó a susurrar.

Kenny se volvió sobre la espalda y entrecerró los ojos cuando las potentes luces de la iglesia le deslumbraron.

—Oh, santo cielo —gimió—, ¿por qué no apagan esas malditas luces? —Y el final de su frase salió de su boca otra vez en sílabas indescifrables.

—¡La lengua desconocida! —chilló una mujer histérica—. ¡Habla la lengua desconocida!

Inmediatamente, la congregación prorrumpió en exclamaciones de asombro. La lengua desconocida, les había dicho el pastor, era un idioma de revelación hablado únicamente por los más santos. La facultad de hablar e interpretar ese idioma desconocido era un don que Dios otorgaba sólo a los profetas.

—¡Habla, oh santo varón! —exclamó Oliver Rank, tan excitado como los miembros de su rebaño, pues él, como los de más, nunca había visto ni oído a un profeta que hablara la lengua desconocida de los santos—. ¡Habla! ¡Habla!

Durante dos horas, Kenny permaneció tendido en el suelo de la iglesia y desvarió con palabras ininteligibles.

—¡Un profeta! —exclamaron los que le oyeron.

—¡Un mesías venido para conducirnos a través del Jordán! —dijo Oliver Rank.

—¡Un santo mensajero que nos trae la noticia del Segundo Advenimiento! —chilló la misma mujer que había hablado primero.

Un hombre, sin poder contener su entusiasmo, corrió a la calle para anunciar la grata nueva en Peyton Place .

Corrió todo el camino hasta El Faro para ir a buscar a Ginny Stearns , que primero se resistió pero después consintió en ir a la iglesia siempre que pudiera llevar a sus amigos.

El feligrés, seguido de Ginny y media docena de sus secuaces, volvió apresuradamente a la iglesia donde Kenny continuaba predicando.

Allí estaba el marido de Ginny, tendido en el suelo y desvariando como hacía siempre que estaba mortalmente borracho, mientras una iglesia llena de personas sobrias y en apariencia cuerdas le escuchaban como si les estuviera diciendo dónde encontrarían oro.

—¡Kenny Stearns! —chilló Ginny, que también había pasado bebiendo la mayor parte del día—. ¡Levántate del suelo! —Le aguijoneó con la punta del zapato—. Estás borracho.

—¡Que quien esté libre de pecado tire la primera piedra! —rugió Oliver Rank, viendo que Ginny estaba ebria.

Ginny retrocedió como si el señor Rank hubiera respirado fuego sobre ella, y la única parte de la siguiente frase de Kenny que resultó comprensible fue la palabra «zorra».

—¡Una revelación! —exclamó el señor Rank, señalando a Ginny con un dedo acusador—. ¡Los pecadores que se ocultan entre nosotros han sido descubiertos!

Ginny se alejó de Kenny y se escondió detrás de dos amigos suyos.

Al cabo de dos horas, Kenny perdió totalmente el sentido. Sus ojos giraron dentro de sus órbitas hasta que se ocultaron sus pupilas y cuatro miembros de la congregación le llevaron amorosamente a su casa.

Con el tiempo, Kenny llegó a creer que fue la firme mano de Dios lo que le condujo a la iglesia y que fue el Señor quien puso las palabras de la revelación en su boca.

Kenny nunca supo con certeza qué palabras, pero tampoco le importó.

Los miembros de la Iglesia Evangélica Pentecostal de Peyton Place le aceptaron como un hombre santo, y antes de que transcurriesen muchos años Kenny fue bautizado y ordenado pastor de la secta.

Afortunadamente, ese grupo religioso no consideraba necesario que sus pastores asistieran a una escuela teológica, pues a Kenny le habría costado mucho definir sus creencias filosóficas.

Peyton Place nunca se recobró de la conmoción de ver al ex factótum y ex borracho de la ciudad andando rápidamente por Elm Street con una levita y una Biblia bajo el brazo.

Los parroquianos de El Faro recordaban con añoranza a Ginny Stearns ahora que se había reformado y abrazado la religión de su marido.

A Ginny ya no le importaba cuando Kenny la tomaba del mismo modo brusco y violento que antes.

Se sentía como si fuera la Virgen María, y Kenny el ángel venido a decirle que el Señor la había elegido como madre de una nueva esperanza para el mundo.

Sólo muy de vez en cuando, algo impulsaba a Kenny a preguntarse qué hacía como pastor y qué le había conducido al camino que ahora seguía.

En estas ocasiones, Kenny se encogía de hombros y echaba la culpa de todo a la firme mano de Dios.

En Peyton Place apenas se hablaba de otro tema que no fuera Kenny Stearns a principios del invierno de 1944.

Ni si quiera produjo demasiada sensación que dos hombres del Departamento de Marina llegaran a la ciudad haciendo preguntas sobre Lucas Cross quien, al parecer, se había alistado en la Marina y había desaparecido poco después.

Los hombres del Departamento de Marina fueron con Buck McCraken a la casa donde vivían Selena y Joey Cross para hacerles unas cuantas preguntas, pero los Cross dijeron que no habían visto a Lucas desde que se marchó de Peyton Place en el 39.

Los hombres de la Marina hicieron unas cuantas preguntas en la ciudad, pero nadie había visto a Lucas, de modo que se marcharon y la ciudad siguió hablando de Kenny Stearns, que había sido el protagonista de Un Milagro.