5
—Es una mala época del año para la matanza, Joey —dijo—. ¿Por qué tienes tanta prisa?
—Estoy harto de las ovejas, eso es todo —contestó Joey—. Tengo la intención de sustituirlas por gallinas dentro de un mes o dos. Quiero deshacerme de todas las ovejas antes de entonces.
—¿Incluso de Cornelia? —le preguntó el señor Antonelli, refiriéndose a la oveja de Joey que ya había ganado tres cintas azules.
—Sí —dijo Joey, no sin esfuerzo—, incluso de Cornelia.
—Joey, estás cometiendo un error. Conserva las ovejas un par de meses más. Cébalas. Entonces la carne se venderá a mucho mejor precio.
Joey, temeroso de crear incluso la más ligera sospecha acerca de que no todo iba bien en casa de los Cross, intentó mantener un tono de voz tranquilo y desapasionado.
—No, no creo que lo haga, señor Antonelli —dijo—. No quiero seguir cuidando de ellas.
El señor Antonelli se pasó los dedos por su abundante y rizado cabello de italiano de ópera cómica y se encogió exageradamente de hombros.
—Es extraño —dijo—. Siempre había creído que amabas a esas ovejas como si fueran hermanas tuyas.
—Así era —admitió Joey, tratando de imitar el encogimiento de hombros del señor Antonelli—. Pero ya no.
—Bueno —suspiró el señor Antonelli—. Procuraré ir a tu casa mañana por la mañana. Si Kenny Stearns está lo bastante sobrio, quizá le convenza para que me ayude.
—Estaré en casa —dijo Joey—, pero yo no confiaría demasiado en Kenny.
Joey hizo bien en no asistir a la escuela para quedarse en casa a ayudar al señor Antonelli, pues Kenny Stearns no se hallaba en estado de ayudar al carnicero a la mañana siguiente.
—Ya le dije que no contara con Kenny —dijo Joey, mientras ayudaba al señor Antonelli a cargar ovejas en el camión del italiano.
El señor Antonelli meneó la cabeza.
—Le vi anoche —dijo— y me prometió solemnemente que estaría en mi casa a las seis de la mañana.
Cómo logró Kenny Stearns llegar a las escuelas de la ciudad y cómo pudo encontrar el camino hasta la casa de Antonelli en las afueras era un misterio, pues estaba tan borracho a las siete de esa mañana que no habría podido leer correctamente un indicador de presión a vapor aunque su vida hubiese depen dido de ello.
Puso cuidadosamente la mano sobre los abultados lados de los hornos de la escuela y dio unos golpecitos experimentales a ambas calderas.
Después, satisfecho de que los fuegos estuvieran lo bastante calientes y las calderas tuvieran suficiente agua, echó a andar dando tumbos por Maple Street en dirección a Elm Street y a su propia casa.
Al llegar a la vivienda, Kenny se encerró inmediatamente en la leñera de la parte trasera, decidido a pasar allí el resto del día, y los esfuerzos para sacarle de su refugio por parte de su esposa Ginny y las personas para las que Kenny debía trabajar aquel día fueron inútiles.
—Está en la leñera borracho como una cuba —dijo Ginny a los que fueron a preguntar por él—. Yo no puedo hacerle salir, pero inténtelo usted si quiere.
Kenny tuvo la misma respuesta para sus patronos que para Ginny.
—Vete a hacer gárgaras.
Ephraim Tuttle, el dueño de la tienda de ultramarinos, fue el único hombre de la ciudad que consiguió arrancar otra palabra a Kenny durante aquel día.
—Lo haría, Kenny —dijo Ephraim, en respuesta al único comentario de Kenny—, si salieras de esa leñera y vinieras a la tienda para sacar la nieve del camino tal como prometiste.
—Lárgate —dijo Kenny con hostilidad, y ésta fue la última palabra que le oyeron ese día.
Ginny, que además de tener frío por no poder ir a buscar leña para las estufas de la casa perdía la paciencia rápidamente, se marchó a primera hora de la tarde.
—Me marcho a El Faro —dijo, refiriéndose a la única cervecería de Peyton Place, un lugar con un nombre poco adecuado ya que ni estaba cerca del mar ni era un faro ni una casa.
Estaba enclavada en Ash Street, y era una mísera construcción similar a un granero de la que emanaba olor a sudor, cerveza rancia y serrín cada vez que alguien abría la puerta—.
Me mar cho a El Faro —repitió Ginny—, donde hay unas cuantas personas que me aprecian.
Ginny Stearns era un trágico ejemplo de belleza rubia en vías de desintegración.
A sus cuarenta años y pico había pasado de una redondez rosa y blanca a una flaccidez bastante pálida, pero Kenny creía aún de todo corazón que no había un solo hombre que, después de mirar una sola vez a Ginny, no estuviese dispuesto a postrarse a sus pies como —según sus propias palabras— «una cucaracha después de saborear la hierba de París».
Durante su juventud, Ginny fue víctima de tal inseguridad que tuvo que probar su valía una y otra vez a sí misma, algo que logró, en cierta medida, acostándose con todos los hombres que se lo pidieron.
Ella, sin embargo, no enfocaba la cuestión con tanta crudeza.
En años posteriores, siempre diría: «Podría contar con los dedos de una sola mano a los hombres de Peyton Place y White River que no me han amado».
Y por amor, Ginny se refería a una noble emoción del alma en vez de a un prosaico sentimiento sexual.
—¿Me oyes, Kenny? —gritó, aporreando con resentimiento la puerta cerrada de la leñera—. Me marcho.
Kenny no se dignó a contestar. Se sentó sobre un montón de leña y abrió una botella de whisky.
—Zorra —murmuró, mientras el taconeo de los zapatos de Ginny llegaba a sus oídos—. Mujerzuela.
Kenny suspiró. Sabía que no podía culpar a nadie más que a sí mismo por haberse liado con Ginny. Su propio padre le previno contra ella.
—Kenneth —le dijo su padre—, no sacarás nada bueno de tus relaciones con Virginia Uhlenberg. Todos los hijos de los obreros de la fábrica son iguales. No sirven para nada.
Kenny sabía que su padre era un hombre inteligente. No fue un criado para todo como Kenny, sino un buen jardinero que había hecho el jardín del edificio de la cámara legislativa.
—Papá —dijo Kenny—, estoy enamorado de Ginny Uhlenberg. Voy a casarme con ella.
—Que Dios se apiade de tu alma —dijo su padre, que era dado a las frases floridas y a las citas bíblicas.
«No —pensó Kenny, tomando un trago de la botella recién abierta—, no puedo culpar a nadie más que a mí mismo.
Papá me lo dijo. Cuando Ginny empezó a escaparse me dijo que ya me lo había advertido.
Me lo dijo todos los años hasta que se murió, el hijo de perra.
Apuesto a que nunca digirió no poder tener a Ginny para él. »
Kenny pasó el resto de la tarde y parte de la noche intentando convencerse a sí mismo de que Ginny nunca le había engañado con su propio padre.
Fue un trabajo inútil. Al final, la idea se convirtió en una afilada espada de tortura para su mente y no pudo seguir resistiéndolo.
Decidió ir a El Faro y preguntárselo a Ginny.
—Ginny —diría con una voz terrible—, ¿lo hiciste alguna vez con mi padre?
Que intentara negarlo, la muy perra, pensó. Que lo intentara. Él le arrancaría las palabras con el borde cortante de una botella rota.
Esto último era una perspectiva que le hizo salir de su casa e internarse en la fría noche de enero.
Le mantuvo caliente durante todo el camino por Mill Street y después le abandonó bruscamente.
Se detuvo en la esquina de la calle, temblando bajo la fina camisa que llevaba, y empezaron a castañetearle los dientes.
Un poco más allá había luces que centelleaban en la oscuridad y Kenny decidió entrar en el edificio que había detrás de las luces para calentarse.
Bebió el último centímetro de whisky que quedaba en la botella con cuyo borde cortante pensaba golpear a Ginny, y la tiró a la calle.
No se dio cuenta de que andaba de un lado a otro mientras se dirigía al edificio iluminado.
Su único pensamiento era que le estaba costando mucho llegar allí.
Cuando alcanzó las escaleras del edificio, le pareció que oía cantar, pero no se fijó en el letrero negro con letras doradas que había junto a la entrada y que decía la Iglesia Evangélica Pentecostal de Peyton Place .
Kenny entró tambaleándose, y al ver un largo banco de madera cerca de la entrada, se sentó bruscamente.
Nadie se volvió a mirarle. Kenny permaneció sentado largo rato, dejando que el acogedor calor del edificio le calmara, y oyendo, sin escuchar, las voces que atestiguaban la todopoderosa capacidad divina de curación.
De vez en cuando el grupo entonaba una canción, y cuando eso ocurría, Kenny levantaba sus pesados párpados para mirar a su alrededor.
«Por el amor de Dios, ¿por qué no se callan?», pensó con resentimiento porque las voces, junto con las palmadas y el resonante bramido del órgano, empezaban a producirle unas dolorosas punzadas en la cabeza.
Cuando el pastor, Oliver Rank, empezó a hablar con voz que tan pronto subía como bajaba de intensidad, para Kenny fue la gota que colmó el vaso.
Un hombre, decidió, no podía resistir tanto.
Maldita sea, ¿dónde demonios estaban sus pies?
Kenny bajó los ojos intentando localizar las piernas que no querían dejarle levantarse, y cuando lo hizo, la cabeza empezó a darle grandes y mareantes vueltas.
Al fin, se puso en pie. Dio un paso adelante en el pasillo que separaba los bancos de madera y se cayó de bruces con un ruido sordo.
«Bueno —pensó Kenny—, que me ahorquen si algún bastardo no me ha empujado.»
Él no se dio cuenta, pero su pensamiento se formó en sus labios y salió de ellos en un susurro indescifrable.
—¡Escuchad! —exclamó Oliver Rank—. ¡Escuchad!
—Vete al infierno, hijo de perra —murmuró Kenny, pero afortunadamente nadie oyó estas palabras con claridad.
«Cualquier hombre que empuja a otro hombre es un hijo de perra», pensó Kenny, empezando a sentir lástima de sí mismo.
—¡Escuchad! —volvió a exclamar Oliver Rank, pues era de los que sacan provecho de cualquier situación—. ¡Escuchad! Un extraño habla entre nosotros. ¿Qué dice?