Peyton Place (Peyton Place 1) 4 #2
78%

4 #2

Selena observó que su sonrisa no había cambiado. Su frente seguía moviéndose como controlada por los labios. Después se dio cuenta de que llevaba el uniforme de la Marina, con un grueso chaquetón y una gorra blanca firmemente colocada sobre su cabeza cuadrada.

—¡Pero, papá! —exclamó—. ¡Si estás en la Marina!

—Sí, maldita sea. Ojalá me hubiera quedado en el bosque. Manejar un hacha es mucho más fácil que todo lo que se inventan para que hagas en la Marina. Escucha, he venido en autostop desde Boston. ¿Es que piensas tenerme aquí toda la noche? Estoy helado.

—Tú no estás helado —dijo Selena con aspereza—. Con todo lo que llevas dentro, no puedes estarlo. Veo que la Marina no ha conseguido curarte el vicio de beber.

—¿Curarme? —inquirió Lucas, siguiéndola hacia el salón—. ¡Demonios, muñeca, la Marina me ha enseñado trucos de los que nunca había oído hablar!

—Me los imagino —dijo ella, reavivando las brasas de la chimenea y añadiendo un tronco.

—¡Oye! —exclamó él, quitándose la chaqueta y tirándola encima de una silla—.

Habéis hecho algunos cambios aquí, ¿eh? No he visto gran cosa desde fuera.

Hace una ventisca espantosa. Pero veo que hay muchas mejoras aquí dentro.

Jesús, hace frío. Un tipo me ha llevado hasta Elm Street y he tenido que venir andando desde allí.

Se largaba al Canadá. Estaba de paso. Habría podido traerme hasta aquí, pero no.

No le ha gustado que echara unos cuantos tragos durante el camino. El muy bastardo.

«Lo sabía —pensó Selena—. Siempre he sabido que las cosas iban demasiado bien. Esto es lo que recibo por mi ingratitud, por quejarme sin ningún motivo.»

Se volvió a mirar a Lucas, que estaba bebiendo de una botella. Cuando hubo terminado y la botella estuvo vacía, la tiró a la chimenea, donde se hizo añicos contra el hogar.

—Escucha, papá —dijo Selena con furor—. Tenías razón al decir que habíamos hecho algunos cambios por aquí. Además, los cambios no variarán. Si quieres tirar una botella vacía, puedes ir fuera y tirarla. Aquí dentro no se tira ninguna. Eso ya se acabó.

Una gran cantidad de alcohol, más el rápido cambio del frío al calor, hicieron que Lucas se sintiera mucho más borracho de lo que él mismo creía estar y, como siempre, la borrachera le puso desagradable.

—Escucha, tú —replicó—. No te atrevas a decirme lo que tengo que hacer en mi propia casa. Me importa un carajo lo que hayáis hecho aquí mientras yo estaba fuera. Sigue siendo mi casa, no lo olvides.

—¿Es que sólo has vuelto para causar dificultades? —inquirió Selena con estridencia—. ¿Es que no has hecho bastante? ¿No fue bastante lo que me hiciste a mí, o a mamá? Sabes lo de mamá, ¿no? Se suicidó. Eso es lo que le hiciste a mamá. ¿Es que no te basta?

Lucas hizo un gesto despectivo con la mano.

—Sí —dijo—. Me enteré de lo que Nellie había hecho.

Una vergüenza para la familia, eso es lo que hizo.

Ningún Cross antes que Nellie jamás cometió la locura de suicidarse.

Debía de estar loca. Pero eso me importa un pimiento —dijo, y empezó a avanzar hacia Selena—.

Nellie nunca me importó un pimiento —dijo—.

Sobre todo desde que empecé a conocerte bien, muñeca.

Como un relámpago, el recuerdo del día que pasó con el doctor Swain cruzó por la mente de Selena.

Notó el calor del sol de julio sobre la espalda, haciéndola sudar, y las manos delicadas del médico.

Oyó su voz tierna y recordó su dolor cuando se despertó y todo aquello había terminado.

Recordó la cara hinchada y amoratada de Nellie y al médico mintiéndole, diciéndole que Nellie tenía cáncer.

La mano de Selena se cerró en torno al atizador, que no había soltado después de reavivar el fuego.

—No te acerques a mí, papá —dijo, y el miedo y la repugnancia la hicieron atragantarse al hablar.

—Sigues siendo una gatita salvaje, ¿eh, preciosa?

—dijo Lucas quedamente—. Aquí no ha habido ningún hombre desde que yo me fui para domesticarte.

Eso se nota. —Continuó aproximándose a ella, hasta que estuvo a pocos pasos de distancia—.

Sé amable conmigo, preciosa —dijo, con el mismo tono de voz que ella tan bien recordaba—.

Sé buena conmigo. No es como si yo fuera tu verdadero padre.

No hay nada de malo en que seas buena conmigo.

—Apoyó sus enormes manos sobre los hombros de Selena—.

Sé amable conmigo, muñeca. Ha pasado mucho tiempo.

Selena echó la cabeza hacia atrás y le escupió en plena cara.

—Viejo y sucio bastardo —dijo, con voz furiosamente baja—. Quítame tus asquerosas manos de encima.

Lucas levantó una mano y se enjugó la saliva de la cara.

—Tienes las uñas afiladas, ¿eh? —dijo, esbozando una sonrisa—. Yo te enseñaré. Igual que te enseñaba en otros tiempos. Ven aquí.

Y entonces Selena comprendió que estaba luchando por su vida. En sus esfuerzos por sojuzgarla, las manos de Lucas se cerraron alrededor de su garganta y empezó a notar el mareo que produce la falta de oxígeno.

—¡Pequeña ramera! —exclamó él cuando Selena alzó la rodilla y le golpeó en la ingle—. ¡Yo te enseñaré!