Peyton Place (Peyton Place 1) 4
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La nieve llegó pronto aquel año. A mediados de noviembre los campos estaban cubiertos por un manto blanco, y antes de que terminara la primera semana de diciembre las calles de Peyton Place estaban bordeadas por blancos y puntiagudos montones de nieve que la máquina quitanieves había retirado de la calzada.

—Me gustaría ser un hombre —dijo a Tomas Makris—. Entonces nada podría retenerme aquí. Me alistaría enseguida.

Después lamentó haberlo dicho, pues se enteró de que Tom había intentado alistarse varias veces. Al parecer, ninguno de los cuerpos del ejército quiso aceptar a Tom, que había sobrepasado los cuarenta y se había fracturado ambas rodillas en el pasado.

Era bueno, pensaba Selena, que un hombre se fijara una meta en la vida, y ella sabía que Ted no era un cobarde. Estaba más que dispuesto a ir a la guerra una vez hubiera terminado sus estudios.

—Si puedo quedarme un año más, incluidos los veranos, obtendré la licenciatura. Entonces sólo me quedará el doctorado y, ¿quién sabe? La guerra quizás haya terminado ya —le dijo Ted.

Ella se enfureció.

—Pensaba que querrías ir. Estados Unidos está en guerra.

—No es que no quiera ir —le contestó él, dolido por su irracionalidad—. Es sólo que de ese modo no perderé tiempo y podremos casarnos mucho antes.

—¡Tiempo! —exclamó Selena con sarcasmo—. ¡Espera a que los alemanes o los japoneses lleguen aquí, y entonces veremos lo que vale tu tiempo!

—Pero, Selena, hace años que lo tenemos planeado... desde que éramos unos niños. ¿Qué te pasa?

—¡Nada!

En realidad, Selena no habría podido decir a Ted qué le pasaba.

Sabía que sus sentimientos eran infantiles, irrazonables, tan absurdos como inexplicables, pero estaban allí.

No podía desechar la idea de que había algo reprobable en el hecho de que un hombre fuerte y joven quisiera permanecer en una aburrida universidad mientras una guerra agitaba al resto del mundo.

Desde la muerte de Nellie y la llegada de Paul y Gladys con el orden y la seguridad consecuentes, los Carter habían cedido un poco en su actitud hacia Selena.

Al fin y al cabo, decían los Carter, había que ser una muchacha muy inteligente para regentar un negocio por sí sola sin ninguna ayuda del propietario.

Connie apenas había puesto un pie en la tienda desde el día en que se casó con aquel griego.

Selena lo llevaba sola, y una chica tenía que ser muy inteligente para ser capaz de hacer eso a los dieciocho años de edad.

Ahora que Selena estaba sola con Joey, Roberta les invitaba a comer algunos domingos, y siempre insistía en leer a Selena las cartas que recibía de Ted con la esperanza de que Selena hiciera lo mismo.

Selena no lo hizo jamás. No le gustaban Roberta y Harmon, ni podía decidirse a confiar en ellos.

Aceptaba las invitaciones de ella de mala gana porque no se le ocurría ninguna excusa cortés para rechazarlas, pero nunca estaba cómoda en casa de los Carter, y en cuanto uno de esos domingos tocaba a su fin, ella y Joey actuaban como un par de niños al salir de la escuela.

Corrían y reían durante todo el camino de regreso a casa, y cuando llegaban a ella, Selena hacía hamburguesas y Joey imitaba los modales afectados de Roberta mientras cenaban, dejando que la comida se enfriara en el plato.

«No tengo ni un solo motivo de queja —pensaba Selena, mientras andaba hacia su casa una fría tarde de diciembre después de cerrar la tienda de modas—. Si hubiera una pizca de gratitud en mi interior, daría gracias por todo lo que tengo.»

Justo antes de abrir la puerta para entrar en casa, se detuvo y alzó los ojos hacia el cielo encapotado. «Va a nevar», pensó, y se refugió para calentarse apresuradamente en el interior, donde Joey ya había empezado a hacer la cena y donde le esperaba otra carta de Ted.

Joey había encendido la chimenea, pues sabía que a Selena le encantaba contemplar el fuego mientras cenaba. La chimenea había sido una extravagancia innecesaria, instalada con muchos esfuerzos por Paul Cross después de que Gladys le dijera que, para Selena, un hogar no estaba completo sin chimenea.

—¡Chimeneas! —rezongó Paul con benevolencia cuando Selena se quedó extasiada ante ella la primera vez que la vio—. Son sucias y están anticuadas. ¿De dónde has sacado tales ideas?

—De Connie MacKenzie —contestó Selena—. Siempre me sentaba delante de la suya, con Allison, y pensaba en el día que yo tuviera la mía.

—Pues ahora ya la tienes —dijo Paul—. No me vengas con protestas cuando la leña esté húmeda o la chimenea no tire y llene la casa de humo.

Selena se echó a reír.

—Deseaba tener el cabello rubio para, cuando tuviera mi propia chimenea, poder sentarme delante de ella, y que el fuego arrancara destellos a mi pelo como hace con el de Connie. Habría dado cualquier cosa por parecerme a ellos, por ser tan hermosa.

—¡Nada te habría ayudado!—exclamó Paul, en broma—. Tienes un cuerpo como una escoba y una cara como un erizo. ¡Parecerte a Connie MacKenzie! Imposible.

Aunque Selena no se parecía en nada a la madre de Allison, tal como ella había deseado, de todos modos era hermosa.

A los veinte años, todas las promesas de la adolescencia se habían hecho realidad.

Sus ojos parecían guardar secretos no compartidos, pero ya no parecían viejos ni fuera de lugar como cuando era niña.

Fuera a donde fuese, la gente se volvía a mirar dos y tres veces a Selena, pues tenía un aire de experiencia sufrida, de misterio no revelado, que resultaba mucho más atrayente que la mera belleza.

A veces, cuando Joey Cross la miraba, su amor le abrumaba de tal modo que se sentía obligado a tocarla o, cuando menos, a pronunciar su nombre y hacer que le mirase.

—¡Selena!

Ella levantó los ojos del libro que tenía en las manos y se volvió a mirarle. La luz de las llamas se reflejaba en sus pómulos haciendo que las concavidades de debajo de los huesos parecieran más profundas de lo que eran en realidad.

—¿Sí, Joey?

Él bajó los ojos hacia la revista que tenía delante.

—Debe de estar nevando mucho —dijo—. El viento aúlla como un sabueso enfermo.

Ella se levantó, fue a la ventana y apretó la cara contra el cristal, haciendo unas anteojeras con las manos al lado de los ojos.

—¡Que si nieva! —exclamó—. Es una verdadera ventisca. ¿Has cerrado bien el corral de las ovejas?

—Sí. Sabía que iba a nevar. Clayton Frazier me lo dijo. Me enseñó a predecirlo observando las nubes no más tarde de las cuatro.

Selena se echó a reír.

—¿Qué pasa si las nubes no aparecen hasta después de las cuatro?

—Entonces no nevará esa noche —dijo Joey con seguridad—. Aguantará hasta el día siguiente.

—Comprendo —contestó Selena con seriedad—. Escucha, ¿qué te parecerían una taza de chocolate y una partida de damas?

—Muy bien —dijo Joey con fingida indiferencia, pero su corazón y especialmente sus ojos desbordaron amor por ella.

Selena siempre le hacía sentir grande e importante.

Como un hombre en vez de como un niño. Le necesitaba y le gustaba tenerle a su lado.

Joey conocía a chicos de la escuela cuyas hermanas mayores habrían preferido morirse a tener a sus hermanos pegados a sus faldas.

Sin embargo, éste no era el caso de Selena.

Siempre que pasaba un rato sin verle, aunque sólo fuese un par de horas, se portaba como si acabara de regresar de un largo viaje.

«¡Hola, Joey!», decía, con la cara sonriente e iluminada.

Nunca le besaba ni le acariciaba como él había visto que algunas mujeres hacían con algunos chicos.

Él se habría muerto, pensaba Joey, si Selena se lo hubiera hecho alguna vez.

Pero a veces le daba un cariñoso empujón, o le despeinaba el pelo y le decía que si no se daba prisa en ir al barbero, éste pronto le perseguiría por Elm Street con un par de tijeras en la mano.

Le despeinaba y le decía eso incluso cuando no necesitaba un corte de pelo.

—Vamos, pequeño —dijo Selena, revolviéndole el cabello—. Saca el tablero. ¿Cuándo vamos a cortarnos esta estopa? Si no te das prisa, Clement te perseguirá por Elm Street uno de estos días, agitando las tijeras y gritándote que esperes a que te dé alcance.

Tomaron el chocolate y jugaron a damas, y Joey ganó tres partidas seguidas a Selena mientras ella gruñía, aparentemente incapaz de detener a su brillante oponente. Después se fueron a la cama. Fue mucho más tarde, alrededor de la una de la madrugada, cuando sonó el timbre de la puerta.

Selena se incorporó en la cama con un sobresalto.

«¡Paul! —pensó, tanteando inútilmente en la oscuridad para encontrar el interruptor de la lámpara de su mesilla de noche—.

Algo le ha pasado a Paul y vienen a traernos un telegrama.

» Sabía lo que debía esperar. Un telegrama amarillo con una o dos estrellas pegadas dentro de la ventanilla de papel cristal era cómo el Gobierno preparaba a las personas para la noticia de la mutilación o la muerte de sus seres queridos.

Casi inconscientemente, su cerebro registró el hecho de que el viento soplaba fuerte, lanzando helados proyectiles de nieve contra las ventanas.

Forcejeó con una manga de su bata mientras encendía las luces del salón y cuando al fin abrió la puerta el viento se la arrebató de la mano, golpeándola contra la pared de detrás, y una violenta ráfaga de nieve le azotó la cara.

Lucas Cross entró dando tumbos en la casa, mientras la mente aturdida de Selena sólo podía pensar en cerrar la puerta tras él.

—¡Jesús, no me has hecho esperar poco ahí fuera, con este frío! —dijo Lucas, a modo de saludo.

La mente de Selena empezó a funcionar de nuevo.

—Hola, papá —saludó con cansancio.

—¿Así me recibes, después de haber viajado cientos de kilómetros sólo para verte? —preguntó Lucas.