3 #3
—Vamos a ver —dijo la conocida voz de Charles Partridge, el abogado de Leslie Harrington—, ¿no es posible que tu amiga Kathy se mareara al contemplar las ruedas de la maquinaria en aquel edificio de la feria?
—¡Protesto, Su Señoría!
Era la voz de Peter Drake, un joven abogado que había abierto un bufete en Peyton Place por razones que sólo Dios conocía.
Era de «fuera de aquí», como decían los habitantes de la ciudad, y hasta el caso de Ellsworth contra Harrington, no se había ocupado de otra cosa que de las escrituras y los pequeños problemas de los obreros de la fábrica.
Ahora estaba aquí, atreviéndose a protestar de algo que Charlie Partridge , nacido en la ciudad, estaba diciendo.
El honorable Anthony Aldridge , que se negaba obstinadamente a vivir en Chestnut Street aunque era juez y podía permitírselo, apoyó a Peter Drake.
El tribunal no estaba interesado en lo que Allison creía, sino sólo en lo que había visto.
Seth miró disimuladamente hacia el jurado para ver qué daños había causado la pregunta de Charlie, pues el jurado estaba compuesto por personas que seguramente favorecerían a Leslie Harrington .
Habría sido imposible encontrar a doce personas en Peyton Place que no trabajaran en las fábricas o no debieran el dinero de alguna hipoteca al Citizens’ National Bank , del que Leslie era consejero delegado, y Leslie, una vez establecidos los procedimientos legales contra él, había actuado rápidamente.
Despidió a John Ellsworth , el padre de Kathy, y encontró un repentino comprador para la casa que los Ellsworth tenían alquilada.
No era extraño que los obreros de la fábrica se agarrasen con fuerza a toda pequeña prueba en favor de Leslie Harrington , pensó Seth, mientras apartaba los ojos del jurado para fijarlos en Allison MacKenzie.
El caso prosiguió durante tres días y la única persona que apoyó a Allison MacKenzie fue Tomas Makris, quien atestiguó que, cuando acudió al encargado de la casa de la risa para decirle que detuviera la maquinaria, éste declaró no saber hacerlo.
El testimonio de Lewis Welles, según Peyton Place no contaba, pues todo el mundo sabía que él y Kathy «salían jun tos» y, naturalmente, él se pondría de parte de la muchacha, sobre todo cuando eso podía significar treinta mil dólares.
¡Treinta mil dólares! En Peyton Place nunca se cansaban de decir estas palabras.
—¡Treinta mil dólares! ¡Imagínate!
—¡Imagínate, demandar a Leslie Harrington por treinta mil dólares!
—¡A treinta mil dólares la pieza, yo me dejaría arrancar los dos brazos!
—¿Quiénes se han creído esos Ellsworth que son? ¿De dónde habrán salido? Él está detrás de todo. ¡La chica jamás lo habría hecho si su padre no la hubiera empujado!
Después de tres días el jurado deliberó, según el reloj de Seth, durante cuarenta y dos minutos exactos.
Multaron a Leslie Harrington con la suma de dos mil quinientos dólares, la cifra que él había declarado estar dispuesto a dar.
Kathy Ellsworth , que no apareció en el tribunal, tomó la noticia con más tranquilidad que nadie.
Su brazo derecho había desaparecido, y eso, como dijo ella misma, era todo.
Ni treinta mil dólares ni dos mil quinientos alterarían el hecho de que debería aprender a utilizar el brazo izquierdo.
—Escucha, cariño—, dijo Lewis Welles, con su voz enérgica de vendedor, a la mucha gente que se oponía—. No necesitas el brazo derecho para llevar a un niño. He visto a muchas mujeres cargando a sus hijos con el brazo izquierdo.
Aquella noche, cuando los hombres de Chestnut Street, con la excepción de Leslie Harrington, se reunieron en casa de Seth para jugar al póquer, Charles Partridge puso toda clase de excusas.
—Jesús —dijo—, sé que no estuvo bien. ¿Qué podía hacer yo? Soy el abogado de Leslie. Me paga una suma anual por la que yo me comprometo a cuidar de sus asuntos lo mejor que sepa. Treinta mil dólares es mucho dinero. Tenía que hacerlo.
—No es que el hijo de perra no pueda permitírselo —dijo Dexter Humphrey, el presidente del banco.
—Leslie siempre ha sido un asqueroso avaro —dijo Jared Clarke— . No creo que jamás haya comprado nada sin regatear.
—Llegué a pensar —dijo Matthew Swain— que la chica no viviría.
—Algún día —dijo Seth—, ese bastardo recibirá su merecido. Sólo espero estar aquí para verlo.
«Todos nosotros, todos y cada uno de nosotros odiamos a Leslie Harrington porque no hemos tenido las agallas de plantarle cara y decirle lo que pensamos de él», se dijo Seth, sentado en el salón de su casa y borracho, en el otoño de 1943.
Levantó el vaso vacío y lo lanzó contra la pared de enfrente con toda la fuerza que le quedaba.
El vaso ni siquiera se rompió. Rodó por la alfombra y se detuvo al chocar con la librería.
—¡Mis amigos! —dijo Seth con voz espesa—. Mis buenos y leales amigos. ¡Al infierno con todos!
—¿Qué has dicho, Seth? —preguntó el doctor Swain, entrando en la habitación seguido por los jugadores de póquer, que habían terminado la partida.
—Menos tú, Matt —murmuró Seth—. Que todos se vayan al infierno, menos tú, Matt —dijo, y se quedó dormido, retrepado en su butaca, con la boca abierta.