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La gente del norte de Nueva Inglaterra era la gente de Seth, y él la conocía bien.
Su tolerancia, su aparente indiferencia, triunfaba allí donde la fuerza y la negociación habrían fracasado.
Todo el mundo en Peyton Place decía que Seth nunca utilizaba el Times como arma, ni siquiera durante las campañas políticas, y eso era verdad.
Seth publicaba artículos de interés para los residentes de su ciudad y de las ciudades vecinas.
Todas las noticias mundiales que imprimía procedían de la Associated Press, y Seth nunca las comentaba ni ampliaba en sus editoriales.
«Ecos de sociedad y murmuraciones ciudadanas, esto es lo que publicas en el Times », decían los dueños de otros periódicos del estado.
Sin embargo, a los pocos años de hacerse cargo del periódico, Seth había conseguido que se construyera una nueva escuela superior en la ciudad y también Memorial Park y fondos apropiados para su cuidado y mantenimiento.
Había recaudado gran parte del dinero que sirvió para construir el hospital de Peyton Place, y a través de las páginas del Times se reclutaron voluntarios para la edificación de un nuevo parque de bomberos.
Durante muchos años, Seth, con su tolerancia, había velado para que su ciudad creciera y mejorase.
Entonces nació el hijo de Leslie Harrington, y fue como si Leslie, tras haber triunfado en un campo, se volviera hacia nuevos intereses.
En el año siguiente al nacimiento de Rodney hubo voces que se alzaron por primera vez contra la de Seth en un concejo municipal, y esas voces pertenecían a los obreros de la fábrica.
Año tras año, cuando propuestas tan queridas para Seth como una nueva escuela elemental y la zonificación de la ciudad se sometían a votación en el concejo, el dueño del periódico era derrotado por una abrumadora mayoría.
Seth se retiró tras su tolerante desinterés y dejó que Leslie Harrington asumiera una posición en Peyton Place que tenía las dimensio nes de una dictadura, mientras continuaba negándose a utilizar el Times como una extensión de su propia voz.
Seth se encogió de hombros y dijo que la gente no tardaría en cansarse de los métodos dictatoriales de Leslie, pero en esto se equivocó porque Leslie no imponía, negociaba.
Cuando Seth se dio cuenta de ello, volvió a encogerse de hombros y todo el mundo en Peyton Place dijo que su tolerancia alcanzaba proporciones heroicas.
El propio Seth lo había creído hasta un día de 1939 en que Allison MacKenzie entró en su despacho pálida y con los puños apretados.
—Los Ellsworth piensan demandar a Leslie Harrington —dijo Allison—, y todo el mundo asegura que no obtendrán ni un centavo porque el jurado estará compuesto casi exclusivamente por obreros de la fábrica. ¿Qué vamos a hacer?
Seth había mirado a la muchacha, demasiado tensa y demacrada para una niña de dieciséis años, y trató de explicarle por qué no harían nada acerca del caso de Ellsworth contra Harrington.
—Yo me enfurezco tanto como tú —le dijo—.
De hecho, he amenazado a menudo con emplear el periódico como instrumento de denuncia.
Todos los años amenazo con hacerlo, poco antes del concejo municipal, cuando sé que voy a ser derrotado en un proyecto que quiero sacar adelante, como el de la zonificación o la nueva escuela elemental.
Pero nunca lo hago. ¿Por qué? Porque creo en la tolerancia, y una de las exigencias de la tolerancia es que no sólo escuches el punto de vista de tu interlocutor sino también que no intentes convencerle del tuyo a la fuerza.
Diré lo que pienso a todo el que esté dispuesto a escuchar, pero no obligaré a nadie a leerlo en las páginas de mi periódico.
—¿Incluso cuando sabe que su punto de vista es el acertado? —inquirió Allison, alzando la voz con incredulidad.
—Ésta no es la cuestión, ¿sabes? El punto de vista de una persona y el derecho de un hombre a defenderse contra él son dos cosas distintas.
Cuando yo imprimo algo en el periódico y un hombre lo lee después en su propia casa, no estoy allí para que él discuta conmigo si su punto de vista no coincide con el mío.
El único recurso que tiene entonces es sentarse a escribir una «carta al director», y entonces él es injusto conmigo porque no está aquí para que yo discuta con él si así lo deseo.
—No sé —dijo Allison, dominándose a duras penas— cómo ha llegado a pensar de este modo, ni me importa.
Aquí tengo algo que he escrito. No le pido que imprima sus propias palabras en su periódico.
Imprima las mías, con mi nombre a la cabeza.
Yo no tengo miedo de escribir lo que pienso y no me importa quién lo lea o quién disienta conmigo. Sé cuándo tengo razón.
—Veamos lo que has escrito —comentó Seth, alargando la mano.
Allison había escrito muchas cosas, en gran parte relacionadas con la Constitución, la Declaración de Independencia y el derecho inalienable de la persona a tener un juicio justo.
También había escrito sobre el deseo del avaro de hacer dinero hasta el punto de pasar por alto los medios con que lo hacía.
Acusaba a Leslie Harrington de negligencia, y decía que si fuese un hombre como era debido, jamás habría esperado a ser demandado.
Habría puesto su dinero a disposición de los Ellsworth y llevaría el peso de lo que había hecho a Kathy sobre su conciencia durante el resto de su vida.
Ya era hora, había escrito Allison, que los hombres de honor se levantaran y se tuvieran en cuenta.
Cuando llegaba el día en que una persona de una ciudad libre norteamericana se veía obligada a temer un juicio parcial, había llegado el día de poner a prueba el alma de los hombres.
En conjunto, Allison había escrito diecisiete páginas mecanografiadas expresando su opinión sobre Leslie Harrington y sobre cómo tenía a Peyton Place en el puño.
Cuando Seth hubo terminado de leer, dejó cuidadosamente el manuscrito.
—No puedo imprimir esto, Allison —dijo.
—¿Que no puede? —exclamó la muchacha, arrebatándole las páginas mecanografiadas—. ¡Querrá decir que no quiere!
—Allison, querida...
A los ojos de la muchacha acudieron lágrimas de rabia.
—Y creía que era usted mi amigo —dijo, y salió corriendo del despacho.
El cigarrillo de Seth le quemó los dedos y éste se incorporó con una sacudida. Su cerebro se negó por un momento a asimilar sus circunstancias, pero cuando sus ojos se posaron en una librería situada al otro lado de la habitación comprendió que estaba sentado en una butaca de su propio salón.
—¡Maldita sea! —murmuró, y empezó a examinar el suelo alrededor de su butaca en busca de la colilla que había dejado caer.
Cuando la encontró, la apagó sobre la alfombra con la punta del zapato, y después se retrepó y cogió la bebida a medio terminar. Desde la cocina llegaba un leve murmullo de voces masculinas y el susurro de una baraja de cartas nueva.
—Aumento tu apuesta.
—Yo paso.
—Canta.
— Full .
—Jesús, y yo aquí sentado con tres reyes.
«Mis amigos», pensó Seth, tragándose las náuseas causadas por demasiado alcohol en su estómago vacío, y causadas también por recuerdos desagradables. «Mis buenos y leales amigos», pensó Seth, y, como un fantasma, una voz del pasado le hizo sobresaltar.
«¡Y creía que era usted mi amigo!»
Seth terminó su bebida y se sirvió otra.
«Lo era, ¿sabes? —pensó, dirigiéndose a una Allison MacKenzie de largo tiempo atrás—.
Si me hubieras escuchado, te habrías ahorrado muchos malos ratos.
Te estaba enseñando a no apasionarte demasiado por nada.
Este asunto del apasionamiento era evidente en ti, cielo.
Se reflejaba en tus escritos, y eso, querida joven, dulce, inteligente y preciosa Allison, no favorece una prosa clara, imparcial y analítica. »
—¡Escalera, de reina y de color, por Dios! ¡De espadas! —gritó la entusiástica voz de Charles Partridge.
«Mi amigo —pensó Seth—; mi buen amigo Charlie Partridge . ¡Qué excusas nos hemos inventado en nuestras buenas épocas, Charlie! ¡Qué excusas tan hermosas, nobles y elevadas!»
Y de repente Seth volvió a estar en 1939. En octubre de 1939. Durante el veranillo de San Martín de 1939, en una sala abarrotada del juzgado, mientras su amigo Charlie Partridge hablaba suavemente a su amiga Allison MacKenzie.
—Ahora, querida, recuerda que has jurado decir la verdad. Quiero que expliques al tribunal todo lo que ocurrió la noche del Día del Trabajo de este año. No te asustes, querida, aquí estamos entre amigos.
—¿Amigos? —La voz de la niña no fue la voz de una niña, no fue la misma voz que dio las gracias a Seth cuando éste le dio la oportunidad de escribir para el periódico por dinero—.
¿Amigos? —Una voz muy tensa y controlada para una joven de dieciséis años—.
Kathy Ellsworth es mi amiga. Es la única amiga que tengo en Peyton Place .
Más tarde Seth se consoló a sí mismo pensando que sólo se había imaginado ver los ojos de Allison MacKenzie fijos en los suyos en la sala abarrotada.