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Ese mismo viernes de octubre, hacia las cuatro de la tarde, Seth Buswell encontró a Leslie Harrington en Elm Street.
Intercambiaron los saludos de rigor porque, al fin y al cabo, eran hombres civilizados que habían nacido en la misma calle de la misma ciudad y de niños habían ido juntos a la escuela.
De hecho, se dijo irónicamente Seth, si uno se detenía a pensar en ello, él y Leslie tenían muchas cosas en común.
—¿Seguís jugando a cartas los viernes por la noche? —preguntó Leslie.
Seth apenas pudo disimular su sorpresa, pues esto era lo más cercano a un ruego que jamás había oído en labios de Leslie.
—Sí —contestó Seth.
Una incómoda pausa siguió a esta única palabra.
Ambos hombres aguardaban a que el otro hablara, pero Seth no formuló la esperada invitación y Leslie no volvió a insinuar nada.
Los dos hombres se separaron con fingida indiferencia y el mismo pensamiento cruzó sus mentes.
Leslie Harrington no había jugado a póquer con los hombres de Chestnut Street desde 1939, y si dependiese de Seth, jamás volvería a hacerlo.
Durante años, había habido un pacto entre los jugadores de póquer de los viernes por la noche consistente en que si uno de ellos no podía asistir a la partida de cartas semanal, telefonearía a Seth para notificárselo lo antes posible después de la cena.
Una noche, cuatro años atrás, Leslie le telefoneó.
Era la noche del día en que el jurado llegó a una decisión en el caso de Ellsworth contra Harrington.
—Seth —le dijo Leslie—, estoy agotado después de pasarme el día en el juzgado. No cuentes conmigo para la partida de esta noche.
—Está bien, Leslie —contestó Seth, dominado todavía por la rabia de la tarde—. No contaré contigo, ni esta noche ni la noche de ningún viernes a partir de ahora. No quiero volver a verte en mi casa.
—Oh, vamos, no te precipites, Seth —dijo Leslie—. Al fin y al cabo, hace años que somos amigos.
—Nada de amigos —replicó Seth—. Por coincidencia, hemos nacido en la misma calle de la misma ciudad. Por una desafortunada coincidencia, podría añadir —y con estas palabras colgó el teléfono a Leslie.
«Sí, realmente —pensó Seth, mientras subía los anchos peldaños que conducían a su casa—, Leslie y yo tenemos muchas cosas en común.
La misma ciudad, la misma calle y los mismos amigos.
Incluso la misma mujer, en otros tiempos.
¡Qué fácil es, qué peligrosamente fácil es odiar a un hombre a causa de los defectos de uno mismo! »
Este último pensamiento produjo a Seth tal repugnancia que le pareció notar el sabor de la bilis en la boca, y en cuanto hubo entrado en su casa se sirvió una copa lo bastante larga como para ahogar el más desagradable de los sabores.
Cuando llegó Matthew Swain , unos minutos antes que los demás, el dueño del periódico estaba completamente borracho.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó el médico, pasando por encima de las piernas de Seth para llegar a la mesa donde estaba la botella—. ¿A qué se debe todo esto?
—He estado pensando, querido amigo —dijo Seth, lo bastante borracho para arrastrar las palabras, algo que jamás habría hecho estando sobrio— en la facilidad con que un hombre culpa a otro de sus propios defectos.
Y esto, viejo amigo —Seth cerró un ojo y levantó el dedo índice—, es un pensamiento muy grave.
Para utilizar un término médico, incluso podría decir que es un pensamiento preñado de significado.
El médico se sirvió una copa y tomó asiento.
—Veo que esta noche no nos será muy difícil desplumarte —dijo.
—Ah, Matthew , ¿dónde tienes el alma que puedes hablar de cartas cuando yo he encontrado la solución a los problemas del mundo?
—Discúlpame, Napoleón —dijo el médico—. Está sonando el timbre.
—Si todos los hombres —declaró Seth, haciendo caso omiso de las palabras del médico— dejaran de odiar y culpar a los demás hombres por sus propios fracasos y defectos, el mal desaparecería del mundo, desde las guerras hasta las calumnias.
Matthew Swain , que había ido a abrir la puerta, volvió a entrar en la habitación seguido de Charles Partridge, Jared Clarke y Dexter Humphrey.
—Todos embarcados en un bote que hace agua —dijo Seth, a modo de saludo.
—¿Qué le pasa? —inquirió Jared Clarke, innecesariamente.
—Ha encontrado la solución a los problemas del mundo —dijo el doctor Swain.
—Hum... —dijo Dexter Humphrey, que carecía de sentido del humor—. Estaba bien cuando le he visto esta tarde. Bueno, yo he venido para jugar a cartas. ¿Vamos a jugar?
—Sírvanse ustedes mismos, caballeros —dijo Seth, agitando una mano con generosidad—. Siéntanse como en su propia casa. Yo, por mi parte, me quedaré aquí sentado y meditaré.
—¿Qué mosca te ha picado, Seth, para empezar a beber tan temprano? —preguntó Partridge.
Seth miró al abogado.
—¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez, Charlie, que la tolerancia puede llegar a un punto en que ya no es tolerancia? Cuando eso sucede, la nobilísima actitud de la que nosotros nos sentimos tan orgullosos degenera en debilidad y conformismo.
—¡Vaya! —exclamó Partridge, enjugándose exageradamente la frente—. Hablas como si estuvieras haciendo un discurso en un club de estudiantes. ¿Qué pretendes decir?
—Me estaba refiriendo —dijo Seth con dignidad— a ti y a mí y a todos nosotros, en relación a Leslie Harrington .
Hubo un incómodo silencio durante el cual Seth miró a todos sus amigos. Al fin, Dexter Humphrey tosió.
—Empecemos la partida —dijo, y se dirigió hacia la cocina de Seth.
—Todos nosotros, absolutamente todos, odiamos a Leslie a causa de nuestros propios defectos —dijo Seth, y se dejó caer sobre el respaldo de su sillón bebiendo lentamente de su vaso.
Si Seth Buswell y Leslie Harrington tenían algún rasgo en común, era la despreocupación.
La diferencia entre ellos, en ese aspecto, era que, mientras Leslie había luchado por alcanzarla, Seth nunca había tenido que hacerlo.
George Buswell , el padre de Seth, fue tan rico como el padre de Leslie Harrington y mucho más eminente en el estado, por lo que proyectó una larga sombra.
Pero mientras Leslie sintió la apremiante necesidad de triunfar, Seth abandonó toda esperanza de batir su propia marca a una edad tan temprana que ya no recordaba cuándo, y esto le había ahorrado la preocupación del fracaso con la que Leslie tuvo que aprender a vivir.
Seth no tenía un recuerdo consciente de su decisión, pues ésta se había desvanecido en la más imprecisa de las sensaciones a lo largo de los años.
«Nadie podrá decir jamás que no estoy a la altura de mi padre a pesar de todos mis esfuerzos, pues nunca intentaré estarlo.»
Esta determinación del joven Seth marcó el principio de lo que su padre criticó después como «la pereza de Seth» y su madre denominó «la total falta de ambición de Seth».
Cualquiera que fuese su nombre, esta decisión había conferido a Seth un tranquilo desinterés.
Él se dejó llevar a lo largo de su juventud y durante sus cuatro años en Dartmouth, y de igual modo más tarde se dejó llevar hasta la dirección del Peyton Place Times .
Se dejó llevar, como desinteresado, cuando murieron sus padres y cuando perdió a su novia, y poco después de eso el desinterés de Seth empezó a conocerse en Peyton Place como la tolerancia de Seth.
—Si no te importa nada, es fácil ser tolerante —dijo una vez Seth a su amigo, el joven doctor Swain—. Ningún aspecto de una situación puede influirte y eso te permite ver ambos lados con claridad y sensatez.
El joven doctor Swain, que se había casado dos semanas antes con una muchacha llamada Emily Gilbert, contestó:
—Preferiría estar muerto a pasar por la vida sin que nada me importara.
Y como a un hombre le resultaba difícil, si no imposible, sobrevivir sin ningún amor, Seth había volcado el suyo en Peyton Place . El suyo era un amor tolerante e imparcial que no exigía ni esperaba nada a cambio, pareciendo a todos los demás interés y orgullo cívico en vez de amor.
«Deberíamos tener una nueva escuela superior —había escrito Seth en un editorial—, pero, naturalmente, esto nos costará algo.
Los impuestos aumentarán. Por otra parte, no podremos educar a muchos jóvenes inteligentes con las instalaciones que ahora tenemos.
Yo creo que son las personas con hijos y las que esperan tenerlos algún día, quienes deben decidir si pa gamos 1,24 dólares más por cada mil en impuestos sobre bienes o si nos contentamos con la educación primaria. »