Peyton Place (Peyton Place 1) 2
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Constante Makris cerró la puerta del horno y se enderezó con una exclamación de sorpresa. Su marido se le había acercado silenciosamente por detrás y la había rodeado con los brazos. La apretó con fuerza y ella se relajó inmediatamente sobre su pecho.

—No me aprietes tanto —dijo, riendo.

—No puedo evitarlo —contestó él con los labios sobre su nuca—. Cuando te agachas de este modo para mirar dentro del horno no soy dueño de mí mismo. Tu trasero es el culpable de todo.

—Para ser un hombre de cuarenta y un años tienes ideas muy juveniles —dijo ella, moviendo sensualmente su cabeza mientras la besaba en el cuello.

Él cruzó los brazos delante de Constance y posó las manos sobre sus senos.

—Y tú —dijo quedamente, respirando junto a su oído— tienes un cuerpo muy juvenil para ser una señora de treinta y nueve años.

—Déjame —pidió ella—. El bizcocho se quemará si no me sueltas inmediatamente.

—Bizcocho —dijo él, en un susurro despectivo—. ¿Quién quiere un bizcocho?

—Nadie —dijo ella y giró la cabeza, acercándose más a él y levantando los labios.

La besó como solía hacer, primero suavemente y de un modo indagador, después con fuerza, y después suavemente otra vez.

—Cuatro años —dijo con voz ronca— y aún me haces sentir como si estuviera a punto de poseerte por primera vez.

—El bizcocho —dijo Constance— se quemará sin remedio. Ya lo huelo.

—¿Sabes que tienes el pecho de una virgen?

—preguntó Tom—. No puedo comprenderlo. Deberías de tener algo de la erótica flaccidez propia de la edad madura.

Sin embargo, aquí estás, con el pecho túrgido y firme, como dice siempre el detective antes de seducir a la joven sospechosa de asesinato en las novelas policíacas.

—¿Y tú sabes que no tienes nada de tacto? —preguntó ella—. ¿Ni sentido de la oportunidad? El pecho no es un tema adecuado para tratar antes de cenar.

Tom sonrió y echó hacia atrás la parte superior de su cuerpo para mirarla a la cara.

—Entonces, ¿qué tema debemos tratar? —preguntó, moviendo lentamente las caderas y los muslos contra los de ella.

—El tema del bizcocho —dijo Constance con burlona severidad—. Eso es. Y el del pescado que tenemos esta noche para cenar.

—¡Pescado! —exclamó Tom y bajó los brazos.

—Sí, pescado. Te conviene comerlo de vez en cuando.

—Iré a preparar algo de beber —dijo tristemente Tom—. Si tengo que comer pescado, debo fortificarme por adelantado.

—De paso, enciéndeme un cigarrillo, ¿quieres? —dijo Constance mientras él se dirigía hacia el salón—. Hoy ha llegado el nuevo McCall’s . Trae un relato de Allison.

—¿Dónde está?

—Encima de la mesa del salón.

Tom volvió a la cocina llevando dos vasos, dos cigarrillos y una revista. Dio a Constance un vaso y un cigarrillo, y después se sentó a la mesa de la cocina y dio un sorbo a su bebida mientras hojeaba la revista.

—Aquí está —dijo—. Vaya un título. «Cuidado, muchacha trabajadora.»

—Es sobre una chica que trabaja en una agencia de publicidad de Nueva York —explicó Constance—.

Es una chica con carrera que aspira a ocupar el puesto de su jefe.

El jefe es joven y guapo y la chica no puede evitarlo.

Se enamora de él. Al final se casa con él, después de comprender que le ama más que a su carrera.

—Santo Dios —dijo Tom y cerró la revista—. Me pregunto si habrá empezado la novela que quería escribir.

—No lo sé. Alcánzame un agarrador, ¿quieres? —Constance retiró el bizcocho del horno—. Quizás haya abandonado la idea de escribir una novela. Las revistas pagan muy bien, ¿sabes? Y ella aún es muy joven. Siempre he pensado que los novelistas tenían que ser de mediana edad.

—No, si tienen tanto talento como Allison.

Por otra parte, yo siempre he oído decir que los autores deben tener alguna experiencia de la vida antes de sentarse a escribir sobre ella.

—Tom se rió—. Me pregunto si el editor que compró el primer relato de Allison sigue aún en el negocio.

También me pregunto si tiene una remota idea de las consecuencias de su acto.

Constance se echó a reír.

—Ésta sí que fue toda una historia. «El gato de Lisa.» Me gustaría saber de dónde sacó Allison esa idea.

—De Somerset Maugham —dijo Tom—. Allison creyó realmente que había irrumpido en los círculos literarios más selectos cuando esa historia ganó el premio.

—Bueno, al menos sirvió para reforzar su decisión de no ir a la universidad.

«El gato de Lisa» no había sido un buen relato.

Allison lo escribió a los diecisiete años para participar en un concurso organizado por una importante revista.

La revista había publicado una gran ilustración de un gato sobre un fondo consistente en una ventana entreabierta con cortinas rojas, y un jarrón de flores sobre la misma mesa donde se hallaba el gato.

«Escribid un relato de no más de cinco mil palabras sobre esta fotografía», pedía la revista a sus lectores, y ofrecía un primer premio de doscientos cincuenta dólares.

Algo mucho más importante para Allison en aquella época era el hecho de que la revista anunciara la publicación del relato ganador en el siguiente número.

Allison se sentó inmediatamente y empezó a escribir la historia de un gato.

Trataba de un caballero inglés del cuerpo diplomático que compraba a su infiel esposa, Lisa, un gato negro como regalo de aniversario.

Cuando una tarde el caballero inglés regresó inesperadamente a su casa, los tristes maullidos del gato atrajeron su atención y descubrió a su infiel Lisa en los brazos de un amante.

Tom había pensado a menudo que quizás el encargado de leer los relatos presentados a concurso estaba cansado, o que quizás el triste final de la historia, en el que el caballero inglés iba a un lugar designado por Allison como «el norte del país» y contraía la peste y moría, le pareció atrayente.

Sea como fuere, Allison fue declarada ganadora, recibió un cheque por la cantidad prometida y el relato apareció en el siguiente número.

—Quizá la suerte le haya sonreído demasiado pronto —dijo Tom—. Quizás esté demasiado ocupada trabajando en Nueva York para tener experiencias.

Constance empezó a poner la mesa distraídamente, colocando los platos y vasos en su lugar adecuado gracias a un largo hábito más que a un pensamiento consciente.

—Nunca creí que permanecería tanto tiempo lejos de casa —dijo—. Pensé que volvería antes de seis meses y ya hace más de dos años que está en Nueva York. ¿Crees que después de casarnos la hicimos sentir que sobraba?

—No, creo que no —repuso Tom—. Aunque Allison y yo nunca nos hemos entendido tan bien como yo hubiera deseado, creo que empezó a pensar en marcharse cuando Nellie Cross se suicidó.

Había una especie de convenio sobreentendido entre Tom y Constance.

Siempre que se referían a la mala época del 39, hablaban de sus desastres en términos del suicidio de Nellie Cross.

No hablaban de esta misma época como el período en que Allison se enteró de lo de su padre y de las circunstancias de su nacimiento.

—Pero creo que su determinación tomó fuerza —continuó Tom— después del accidente de Kathy Ellsworth , durante el juicio. Creo que no volvió a sentir lo mismo que antes acerca de Peyton Place una vez hubo terminado.

—Si éste fue su principal motivo para marcharse fue bastante tonto —declaró Constance—. La demanda de los Ellsworth contra Leslie Harrington no tenía nada que ver con Allison. No era asunto suyo.

—Fue asunto de todo el mundo —dijo Tom con calma.

Más tarde, mientras Constance estaba lavando los platos de la cena, pensó que probablemente Tom había tenido razón al decir que la demanda de los Ellsworth contra Leslie Harrington fue asunto de todo el mundo.

Fue una situación que dividió a Peyton Place y por ese motivo se convirtió en un asunto de interés para todos.

Sin embargo, recordó Constance, no sólo fue el asunto Ellsworth lo que cambió a Allison.

Allison había empezado a cambiar antes de eso.

No volvió a ser una niña a partir del día en que Constance fue a recogerla al hospital para llevarla a casa, después de aquel desafortunado asunto con Norman Page y la espantosa tragedia de Nellie Cross.

«Y también lo otro —pensó Constance de mala gana—.

La verdad sobre su padre y sobre mí. Debe de importarle muchísimo aunque siempre finja que no le afecta en absoluto.

Me pregunto si será verdad eso de que los bastardos suelen tener éxito en el campo que escogen porque les parece que deben compensar el hecho de no tener padre.

» Constance bajó la mirada hacia el agua jabonosa del fregadero y, de repente, las burbujas empezaron a brillar a través de sus lágrimas.

No tenía derecho a ser tan feliz, sobre todo después del modo en que había fallado a Allison.

Se enjugó una lágrima que se deslizaba por su mejilla frotando la cara sobre el hombro y oyó los desafinados silbidos de Tom, que trabajaba en el sótano con la sierra circular.

«¡Tengo tanto! —pensó, sintiéndose culpable—. Pero debería haber comprendido que Allison estaba antes que nada.»