Peyton Place (Peyton Place 1) 2 #2
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No lo comprendió así en el año 39. Recordaba con demasiada claridad la calurosa noche del suicidio de Nellie Cross, cuando Allison se hallaba en el hospital con una conmoción.

Lo que más preocupaba a Constance aquella noche era haber perdido a Tomas Makris.

Cuando se hubo hecho todo lo posible, Tom sacó lentamente el coche del aparcamiento situado detrás del hospital de Peyton Place .

Constance recordaba que no habló, y tampoco lo hizo ella mientras permanecía inmóvil en el asiento delantero del coche a poca distancia de él.

Tom no le pidió que se acercara más a él, como hacía normalmente, ni le cogió la mano, y Constance continuó inmóvil, apoyada en la puerta de su lado del coche con el desagradable sabor del miedo en la boca.

En silencio, Tom condujo el coche hasta un lugar llamado Road’s End y cuando apagó los faros vieron la ciudad extendida ante ellos, como una alfombra.

Tom permaneció inmóvil largo rato, contemplando la ciudad, y Constance no se atrevió a hablar.

Al fin, él echó la colilla de su cigarrillo a la oscuridad y se volvió hacia ella.

A la tenue luz de la luna, su cara pareció a Constance más impenetrable que nunca, y empezó a temblar.

—Cuéntamelo todo —dijo él, pero no la tocó, ni siquiera cuando ella fue incapaz de seguir reteniendo los sollozos.

—No hay nada que contar —dijo—. Nunca en mi vida he estado casada.

Eso es todo. Allison es hija ilegítima y he hecho todo lo posible para mantenerlo en secreto desde que nació, mi madre y yo alteramos su partida de nacimiento para que nadie lo supiera jamás.

Es un año mayor de lo que ella cree. Hice todo lo que se me ocurrió para protegerla, pero no puedo cambiar el hecho de que sea una bastarda.

—Todo eso de proteger a tu hija suena muy bien, pero no es más que una mentira —dijo brutalmente Tom—.

Tus maquinaciones estaban destinadas a protegerte a ti misma, no a ella.

Y de todos modos, ¿tenías que lanzárselo a la cara tal como has hecho?

He visto actos crueles en mi vida, Constance.

Muchos. Pero nunca he visto nada que pueda compararse con lo que has hecho a Allison esta noche.

—¿Qué demonios querías que hiciera? —exclamó Constance, sabiendo que parecía una arpía y no importándole, incapaz de retener las palabras que acudían a sus labios—.

¿Qué demonios debía hacer con ella? ¿Dejar que se desmandara?

¿Dejar que se fuera por ahí con todos los chicos que conociera?

¿Es eso lo que debía hacer para que al menos hubiese una madre en el mundo que actuara de acuerdo con tus originales teorías sobre el sexo?

—Pero tú no sabes si Allison ha hecho algo reprobable con Norman —dijo fríamente Tom.

—¡Cómo que no lo sé! Es igual que su padre. Cuanto más la miro, más me recuerda a Allison MacKenzie. El sexo. Es en lo único que él pensaba y su hija ilegítima hace lo mismo. Ni siquiera tengo que esforzarme demasiado para ver a Allison MacKenzie cuando miro a su hija.

—No es a Allison MacKenzie a quien ves cuando miras a tu hija —dijo Tom—.

Te ves a ti misma, y eso es lo que te horroriza.

Tienes miedo de que llegue a ser como tú, que termine con un hijo ilegítimo en los brazos igual que tú.

Eso es lo que viste al mirar a Allison y a Norman esta noche.

No se te ha ocurrido pensar que quizás ella sea distinta de como tú eras.

—¡No es verdad! —exclamó Constance—. A esa edad yo no era como Allison. Jamás se me habría ocurrido irme al bosque con un muchacho para hacer lo que Allison ha hecho.

—¿Cómo sabes qué ha hecho Allison? No le has dado la oportunidad de contártelo antes de empezar a atacarla por todos lados con tu lengua viperina.

—¡Te digo que lo sé!

—¿Por experiencia? —preguntó Tom.

—¡Oh, cómo te odio! —exclamó ella con rencor—. ¡Cómo te odio!

—No —dijo Tom—, no me odias. Odias la verdad, pero no me odias a mí. La diferencia entre nosotros, Constance, es que yo sé aceptar la verdad, por muy dura que sea. Lo que sí odio son las personas mentirosas.

Puso el coche en marcha y la llevó rápidamente a su casa de Beech Street sin pronunciar una palabra más; Constance comprendió que le había perdido.

—¿Cómo has podido decir alguna vez que me amabas? —preguntó mientras bajaba del coche—. ¿Cómo puedes haberme amado y después hablarme como me has hablado esta noche?

—No he dicho que te ame menos, Constance —repuso Tom con cansancio—.

Sólo he dicho que odio a las personas mentirosas.

Hace dos años que quiero casarme contigo porque te amo.

Sigo queriendo casarme contigo porque sigo amándote, pero no puedo mirarte sabiendo que mientes cada vez que la verdad te parece demasiado desagradable para aceptarla.

—Supongo que tú nunca has mentido —dijo ella con infantilismo.

—Muy pocas veces —contestó él—; sólo cuando la verdad habría hecho más mal que bien, y casi nunca he llegado hasta el punto de mentirme a mí mismo. Además, Constance, jamás te he mentido a ti. No puede haber belleza, ni confianza, ni seguridad entre un hombre y una mujer si no hay verdad.

—Está bien —dijo airadamente Constance—. Si lo que quieres es la verdad, entra en casa y te diré la verdad. Hasta la última palabra de la verdad. Vamos.

Él la siguió al interior de la casa, cerrando la puerta tras sí, y ella le condujo al salón. Él cerró las cortinas y la puerta que daba al vestíbulo mientras ella se sentaba rígidamente en el sofá y le observaba.

—¿Quieres una copa? —preguntó tímidamente ella, calmada de repente.

—No —contestó Tom, apoyado en la puerta cerrada que daba al vestíbulo—. Y tú tampoco. Terminemos de una vez. Empieza, y empieza por el principio y, por el amor de Dios, intenta ser sincera con los dos aunque sólo sea esta vez.

Tenía el aspecto de un carcelero mientras esperaba que ella comenzara a hablar, y sus facciones reflejaban una dureza que Constance nunca le había visto.

No se suavizó cuando ella empezó el vacilante relato de los hechos.

Varias veces se apartó de la puerta para encender un cigarrillo, pero no le ofreció ninguno, y varias veces, con una voz que ella no reconoció como suya, la interrumpió para obligarla a puntualizar.

—Eso es una mentira —dijo una vez, y Constance, atrapada en una telaraña hecha por ella misma, volvió a empezar el relato de un incidente determinado.

—¿Qué has omitido? —preguntó, cuando ella confesó un hecho sobre sí misma que siempre había considerado vergonzoso.

—Repítelo otra vez —dijo—. Veamos si puedes decir lo mismo dos veces.

Fue una noche que Constance no olvidaría jamás y cuando tocó a su fin, Tom se apoyó, pálido y ojeroso, en la puerta cerrada.

—¿Eso es todo? —inquirió.

—Sí —contestó ella, y él la creyó.

Constance no se dio cuenta hasta mucho después de lo que Tom había hecho por ella.

En las semanas siguientes se sintió como una persona nueva y distinta que andara libremente y sin miedo por primera vez en su vida.

Nunca más necesitó refugiarse en mentiras y subterfugios, y sólo entonces comprendió lo que Tom había querido decir al hablar del peso muerto que era el caparazón con el que ella se había recubierto.

Pero aquella noche no se dio cuenta de nada.

No sintió nada más que una terrible necesidad, un apetito que le hizo dar un paso adelante por primera vez en su vida.

—Por favor —murmuró, y antes de que Tom pudiera moverse echó a correr hacia él—. ¡Por favor! —exclamó—. Por favor. Por favor.