Peyton Place (Peyton Place 1) 1 #2
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El 39 fue un mal año para Selena y Joey Cross .

Después del suicidio de Nellie, los Cross se encontraron solos en el mundo, siendo Selena una muchacha de apenas dieciséis años y Joey un niño delgado y mal nutrido de nueve.

En cuanto Nellie hubo sido convenientemente enterrada, alguien —y muchas personas en Peyton Place decían que fueron Roberta y Harmon Carter— dio parte al Departamento de Bienestar Social sobre Selena y Joey.

Al poco tiempo, una asistenta social llamó a la puerta de la cabaña de los Cross.

Selena y Joey se hallaban en el corral de las ovejas en aquel momento, y, como los grandes coches negros con el escudo del estado esmaltado en las puertas delanteras y las mujeres de cabello corto y traje sastre que llevaban un maletín eran cosas muy raras en Peyton Place , Selena sospechó enseguida.

En cuanto la asistenta social hubo entrado en la cabaña, Selena agarró a Joey de la mano y corrió a casa de Constance MacKenzie.

Constance, aterrorizada de que la descubrieran, ocultó a los Cross en el sótano de su casa mientras se ponía en contacto con Seth Buswell y Charles Partridge.

Fue Seth quien finalmente localizó a Paul, el hijo mayor de Lucas Cross y hermanastro de Selena.

Paul Cross llegó a la ciudad conduciendo su propio automóvil y acompañado de su esposa, a la que había conocido y con la que se había casado en la parte norte del estado.

Su nombre era Gladys, y Gladys fue la clave de todo.

Hubo muchas personas en Peyton Place dispuestas a criticar a la esposa de Paul, pues Gladys era una exuberante rubia con un cabello tan obviamente teñido que incluso los niños pequeños se fijaban en ello y lo comentaban.

Hubo algunos que dijeron que Gladys había sido una de las mujeres fáciles que circulaban por Woodsville dispuesta a complacer a leñadores con dinero que gastar, pero lo único que la señorita Thornton sabía de ella era lo que Joey le dijo, y lo que supo por boca de Seth Buswell y Matthew Swain.

Gladys, según Matthews Swain, entró en la cabaña de los Cross, dio un vistazo a su alrededor y exclamó:

—¡Jesús, qué mierda de casa es ésta!

Al día siguiente, se corrió la voz en la ciudad de que Paul Cross había venido para quedarse.

Obtuvo un buen empleo en uno de los aserraderos casi enseguida y al cabo de dos semanas había agua corriente en la cabaña de los Cross.

Después de un año, ya no era un cabaña sino una casa con cañerías y un dormitorio para cada uno.

El único vestigio de la antigua propiedad de los Cross era el viejo corral que Lucas había construido y que ahora albergaba las ovejas de Joey.

El mayor motivo de orgullo para Joey era que una de sus ovejas hubiese ganado tres cintas azules en tres ferias del condado en el mismo año.

—Paul está loco dejando que su esposa invierta tanto dinero en un sitio que ni siquiera es tuyo —dijeron unas cuantas personas en la ciudad—. La casa y la tierra aún pertenecen a Lucas Cross.

—Lucas debe de estar muerto —dijeron casi todos en Peyton Place— . Si no, ya habría vuelto.

Paul Cross, a quien nadie había creído capaz de sentir una emoción tan noble como el amor familiar, desconcertó a la ciudad volviendo a casa para proteger a su medio hermano y a su hermanastra.

En diciembre de 1941, el día siguiente a Pearl Harbor , desconcertó aún más a todo el mundo abandonando su empleo y alistándose en el ejército.

—Veremos lo que pasa ahora —se dijo en Peyton Place, con los ojos fijos en Gladys—. No tardará en largarse y abandonar a los Cross a su propia suerte.

Pero Gladys, ahora reservada, aunque tan exuberante y rubia platino como siempre, se quedó en Peyton Place hasta que Selena se hubo graduado en la escuela superior.

Dos semanas después, cuando Selena empezó a trabajar en la tienda de modas de Constante como gerente, dejó la ciudad y se marchó a Texas para reunirse con Paul.

«¿Complejos? Hum —pensó la señorita Thornton mirando a Joey, que correría a su casa después de las clases para dar de comer a sus ovejas y hacer la cena para su hermana—. Me gustaría conocer a un niño tan leal a su madre como es Joey a su hermana.»

Por encima de su cabeza, se oyó la primera nota de la campana de Kenny y la clase empezó a rebullir.

—¡Silencio! —ordenó la señorita Thornton—. Puedes dejar de leer, Joey. Permaneced en silencio hasta que os dé permiso para salir.

Hubo un murmullo malhumorado en las últimas filas de la clase que ella simuló no oír.

—¿Están ordenados todos los pupitres?

—Sí, señorita Thornton.

—Podéis levantaros.

—Podéis levantaros —remedó una voz procedente de las últimas filas.

—Podéis salir —dijo la señorita Thornton.

El atronador éxodo comenzó, y todos los niños menos uno salieron de clase.

—Everett —dijo la señorita Thornton—. Siéntate, Everett. Pasarás los siguientes treinta minutos conmigo.

«Bueno —pensó—, no soy tan vieja, después de todo, si aún puedo dominarlos de este modo.»

Ni por un instante se le ocurrió pensar que unos años atrás ningún niño se habría atrevido a parodiarla desde las últimas filas de la clase.

Pero si esa idea hubiera pasado por su mente, la señorita Thornton habría encontrado a quién culpar.

—La guerra —habría podido decir, como decía todo el mundo en el otoño de 1943—. Nada es igual desde que empezó la guerra.