Peyton Place (Peyton Place 1) 1
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—Hola, césped congregacionista. Hoy tienes un aspecto excelente —dijo Kenny, sonriendo con ternura.

—Buenas tardes, pequeño seto verde. Necesitas un corte de pelo, ¿eh? Veremos qué puedo hacer por ti mañana por la mañana.

Los ancianos que descansaban en los bancos de delante del juzgado, aprovechando los últimos rayos de sol, abrieron sus ojos soñolientos para observar a Kenny.

—Por ahí va Kenny Stearns —dijo un anciano, y extrajo un reloj de oro de su bolsillo—. Se dirige a las escuelas. Tiene que estar allí a las tres.

—Miradle, moviendo la cabeza y sonriendo y hablando con ese seto. Está chalado. Siempre lo ha estado.

—Yo no diría tanto —declaró Clayton Frazier, que ahora era mucho más viejo y débil, pero que aún adoraba discutir—. Kenny siempre estuvo bien hasta el accidente. Aún está bien. Quizá beba un poco más, pero no es el único que bebe en esta ciudad.

—¡Qué accidente ni qué ocho cuartos! No fue un accidente que Kenny se cortara el pie. Fue cuando él y todos sus amigotes se encerraron en la bodega y se quedaron ahí todo el invierno. Entonces tuvieron aquella pelea y se atacaron unos a otros con cuchillos. Así fue cómo Kenny se desgració el pie.

—No fue todo el invierno —manifestó Clayton, imperturbable—. Esos tipos no se quedaron en la bodega de Kenny más de cinco o seis semanas. Y tampoco fue una pelea de borrachos. Kenny se cayó por las escaleras con el hacha en las manos y se hirió a sí mismo. Eso es lo que pasó.

—Eso es lo que él dice. Yo he oído otra cosa. De todos modos, no importa. No sirvió para que Kenny dejara de beber. No debe de haber pasado cinco minutos sobrio en más de diez años. No me extraña que su mujer haga lo que hace.

—Ginny nunca ha sido una buena mujer —dijo Clayton, calándose el viejo sombrero de fieltro hasta los ojos—. Nunca. Ella fue la causa de que Kenny empezara a beber.

—Quizá sí. Pero no puedes culparla por no cambiar si él tampoco cambia.

—Reconozco que Ginny habría podido cambiar —comentó Clayton Frazier teniendo, como siempre, la última palabra—. Nació haciendo lo que hace. Kenny, al menos, nació sobrio.

A ninguno de los hombres se le ocurrió una réplica adecuada a este comentario, de modo que guardaron silencio y siguieron a Kenny con la mirada hasta que giró por Maple Street y se perdió de vista.

Tampoco se les ocurrió pensar que todos los días, desde hacía años, contemplaban a Kenny hasta que giraba por Maple Street y se perdía de vista.

—Hola, hermosas Quimby de dos cabezas —dijo Kenny a una hilera de ásteres púrpuras—. No, esto no está bien. Esperad un momento.

Kenny se detuvo durante unos instantes frente a una gran casa blanca de Maple Street que había ayudado a pintar la primavera anterior.

Se rascó la arrugada nuca, siempre quemada por el sol.

Las persianas de la casa blanca estaban subidas hasta la mitad de las ventanas, y eso fue lo que iluminó a Kenny.

Se volvió hacia la hilera de ásteres y les hizo una solemne reverencia.

—Perdonadme —dijo—. Hola, hermosas Carter de dos cabezas. Os ruego que me disculpéis. —Se quedó inmóvil un momento y contempló las flores con una expresión pensativa en la cara—. No sé, pero yo preferiría que me llamaran Quimby, incluso por equivocación —dijo al fin.

Satisfecho por haber dicho lo que él consideraba un gran insulto contra Roberta y Harmon Carter, Kenny reanudó su marcha hacia las escuelas de Peyton Place .

Justo al llegar al seto que separaba la escuela elemental de la primera casa de Maple Street, Kenny se detuvo y alzó los ojos hacia el campanario.

¡Allí estaba! Más reluciente y luminosa que el sol de octubre.

—¡Hola, preciosa! —exclamó Kenny, dirigiéndose a la campana de la escuela—. ¡Enseguida estoy contigo!

La bruñida campana brillaba y centelleaba alentadoramente mientras Kenny se encaminaba hacia la puerta de la escuela elemental. Ahora andaba con un afán que nunca tenía cuando se acercaba a otra cosa que no fuera su campana.

¿Acaso la campana no lo sabía?, pensó Kenny. Claro que sí. Sólo había que ver lo negra que se había puesto por falta de amorosos cuidados cuando él tuvo el accidente. ¡Pero cómo había relucido cuando él regresó!

—Pensabas que me había muerto, ¿verdad, preciosa? —inquirió Kenny.

Mucha gente le había dado por muerto aquella vez, pensó Kenny. Incluso el viejo doctor Swain. Oh, después todos lo negaron, pero Kenny recordaba cómo habían hablado. Lo recordaba como si hubiera sucedido el día anterior y el doctor estuviese inclinado sobre él.

—Está bien muerto —había dicho el doctor, y Kenny había contestado: «¡De ninguna manera!», pero nadie parecía escucharle.

Le echaron en una especie de cama, llevada por un par de individuos enormes, y le enviaron al hospital.

Kenny lo recordaba muy bien. Las enfermeras también creyeron que estaba muerto, y cuando Kenny gritó lo contrario, no le escucharon más que el doctor.

Ginny había creído que estaba muerto, o muriéndose, por lo menos.

—¿Está muerto, doctor? —le oyó preguntar Kenny.

—¡No, perra! —gritó él, pero ella no le oyó.

Él se lo dijo más tarde.

—Pensabas que estaba muerto, ¿eh? Pues no lo estoy ni lo he estado. ¡Se necesita algo más que un pequeño corte en el pie para matarme!

—¡Por Dios que sí! —rugió Kenny, dirigiéndose a la campana de la escuela con voz alta y espesa—. ¡Se necesita más que un maldito corte de nada para matar a un tío como yo!

La voz de Kenny se introdujo con claridad por las ventanas abiertas de la estancia donde la señorita Elsie Thornton daba clase a octavo.

Antes de que el eco de la voz de Kenny se hubiera desvanecido, la señorita Thornton había dado un fuerte golpe sobre el borde de su mesa en un intento por anticiparse al desorden que siempre causaban los comentarios de Kenny.

«Vuelve a estar borracho —pensó la señorita Thornton con cansancio—. Habrá que hacer algo respecto a Kenny. Debo exponerlo ante la junta escolar. Uno de estos días se caerá del campanario, o resbalará por las escaleras, y éste será el fin de Kenny. Un triste fin para una vida malgastada.»

La señorita Thornton recordaría más tarde sus pensamientos de aquel viernes por la tarde, pero en aquel momento no malgastó más tiempo con ellos.

Volvió a golpear el borde de su mesa e hizo su habitual pregunta sobre quién deseaba quedarse treinta minutos con ella después de que sonara la campana.

Finalmente, la calma volvió a reinar en la clase, pero cada día era más difícil para la señorita Thornton mantener su mano de hierro con los estudiantes.

Casi siempre culpaba de este estado de cosas a las personas a quienes los brillantes profesores salidos de la universidad le habían dicho que culpara; es decir, a los padres de los niños a quienes enseñaba.

El mal comportamiento en clase, le habían dicho estos brillantes profesores, era el reflejo directo del medio ambiente familiar de un niño.

En los últimos cuatro o cinco años, la señorita Thornton había aprendido a utilizar una palabra que no era demasiado popular cuando ella estuvo en el Smith College .

La palabra era «complejo». Todos los niños tenían alguno, decían los brillantes profesores, y era el complejo de este niño determinado lo que le hacía portarse mal en clase.

Casi siempre, la señorita Thornton estaba de acuerdo con estas nuevas teorías, pero, a veces, cuando se sentía muy cansada, como todos los viernes por la tarde, recordaba los días en que con complejos o sin complejos, podía obligar a un niño a portarse bien mientras estaba dentro de los confines de su clase.

En tardes como ésta, la señorita Thornton comprendía que estaba envejeciendo y que se sentía realmente muy cansada.

—Puedes leer hasta el final de la clase, Joey —dijo, después de que una ojeada a su reloj le revelara que eran las tres menos diez.

Joey Cross se levantó y empezó a leer en voz alta Las aventuras de Tom Sawyer .

Leía bien, pronunciando las palabras claramente, pero con esa singular falta de expresión que suelen tener los muchachos en edad de ir a la escuela elemental cuando se les pide que lean ante sus compañeros.

La señorita Thornton entrecerró los ojos, y la única parte de su mente que permaneció atenta a la voz de Joey fue la parte que dice a una maestra experimentada cuándo se ha pronunciado mal una palabra.

«Éste —pensó la señorita Thornton— es un niño que debería tener todos los complejos del libro.

Un bruto borracho por padre, que huyó y le abandonó, una suicida por madre, y jamás un bocado de comida decente o una cantidad adecuada de protección o ropa hasta que tuvo nueve años.

Sin embargo, después de adaptarse a una forma de vida normal parece ser víctima de menos complejos que la mayoría de los niños que nacen sin conocer otra cosa que lo que Joey conoce desde hace sólo cuatro años.

Es el chico más inteligente de la clase, es menos travieso que la mayoría y no se pelea ni maldice más que los otros.

¿Complejos? Hum. Me estoy haciendo vieja, esto es todo.

Sólo desearía que todos fuesen tan inteligentes y fáciles de manejar como Joey Cross . »

Joey no lo sabía, y tampoco sus condiscípulos, pero era el niño mimado de la señorita Thornton.

Era la imagen de Joey la que cruzaba por su mente siempre que se desanimaba y soñaba con retirarse.

Si puedo enseñar una sola cosa a un solo niño ...

Siempre que pensaba en su más secreta y prometedora esperanza, era a Joey a quien veía.

Era cierto que la señorita Thorn ton tenía un niño mimado diferente todos los años.

No fue Joey el año anterior, ni sería Joey el año próximo, pero por el momento estaba en octavo y era en él en quien la señorita Thornton cifraba sus anhelos de éxito.