Peyton Place (Peyton Place 1) 16
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Poco después de las seis, Constance MacKenzie entró en su casa de Beech Street .

No la asaltó ninguna premonición trágica mientras paseaba la mirada por el salón.

Montó en cólera. No se había hecho nada.

Los ceniceros aún estaban llenos de colillas de la noche pasada, los almohadones del sofá estaban sin ahuecar y había dos revistas en el suelo, exactamente en el mismo sitio donde las había dejado el día anterior.

La alfombra no había visto un aspirador desde el último día de limpieza de Nellie Cross, quien ciertamente debería haberlo pasado aquella mañana.

Constance fue a la cocina y casi estalló en sollozos al ver el desorden que reinaba allí.

Había platos con yema de huevo incrustada encima de la mesa, y cacharros sucios en el fregadero.

El cubo de basura estaba lleno, y la cafetera de cristal, aún medio llena, continuaba sobre uno de los fogones de la cocina eléctrica.

—Esa maldita Nellie —le murmuró airadamente Constance, olvidándose de todas las veces que había vuelto a casa y la había encontrado impecable—. ¡No ha hecho nada en todo el día!

Constance, que había pasado toda la tarde deseando darse una ducha fría y cambiarse de ropa, dejó el bolso, el sombrero y los guantes encima de la nevera.

Cogió un delantal de Nellie que colgaba de un clavo en la parte interior de la puerta del armario de la limpieza y empezó a llenar el fregadero con agua limpia.

Un bistec, patatas fritas y una ensalada verde, pensó.

Eso era lo que Allison y Tom tendrían para cenar.

No había tiempo para nada más. En cuanto a Allison, ¿dónde podía estar?

Constance le había dicho claramente que volviera a casa con tiempo suficiente para bañarse y cambiarse, pues el señor Makris iría a cenar a las siete y media.

Constance levantó los ojos hacia el reloj que colgaba encima de la cocina.

Las seis y media. Bueno, la cena se retrasaría y ella no podría evitarlo.

Evidentemente, nadie podía esperar que preparase algo en una cocina tan sucia como ésta.

A las siete, cuando Constance subió a su habitación, dio una ojeada a través de la puerta entreabierta del dormitorio de Allison. La habitación estaba vacía, la cama seguía sin hacer y había un par de pijamas en el suelo.

¿Por qué esa niña no podía hacer lo que le decían ni una sola vez?

, se preguntó con ira. Y, ¿por qué Nellie Cross no había limpiado la casa?

Nellie había llegado muy temprano aquella mañana.

Había llegado antes de que Constance se marchara a trabajar.

Había tenido todo el día para limpiar. Constance se encogió de hombros con impaciencia.

Esto venía a demostrar, pensó, lo poco que se podía confiar en la gente.

Si querías algo bien hecho, tenías que hacerlo tú misma.

Constance se duchó y se vistió con la misma eficiencia con que lo hacía todo.

De camino hacia abajo, cerró la puerta de Allison.

En el caso de que Tom fuera al cuarto de baño, no quería que pasara frente a la habitación de su hija y viera una cama sin hacer.

Cuando Tom tocó el timbre a las siete y veinticinco, Constance fue a recibirle con el aspecto de alguien que no ha hecho más que limarse las uñas en toda la tarde.

Llevaba una coctelera en una mano y un cigarrillo en la otra.

En la co cina, las patatas chisporroteaban en la freidora y la ensalada se enfriaba en la nevera, a punto para ser aliñada.

—Por casualidad, no habrás visto a Allison en el camino, ¿verdad?

—No —contestó Tom—, no la he visto. ¿Le dijiste el motivo de la cena?

—No. Sólo le dije que vendrías a las siete y media, y que debía llegar temprano a casa.

—Debe de estar haciendo algo interesante y se ha olvidado de la hora.

—Seguramente —repuso Constance—. Tomemos una copa primero.

Después llamaré a Kathy Ellsworth . Allison debe de estar en su casa.

¡Qué día! —suspiró, después de servir las bebidas—.

Mucho calor, ninguna venta importante y después me encuentro toda la casa sucia.

Nellie no ha hecho absolutamente nada de lo que debía, y Allison no es capaz de llegar a la hora que le digo. Será mejor que llame a Kathy.

Fue una noche que Tom jamás olvidaría.

—Hola, ¿Kathy? —dijo Constance al teléfono—. Escucha, Kathy, ¿querrás decir a Allison que venga a casa? Ya lleva una hora de retraso.

—Pero señora MacKenzie —protestó Kathy—, Allison no está aquí.

—¿Que no está? —Constance se sobresaltó—. Entonces, ¿dónde está?

—Se ha ido de picnic con Norman Page —dijo Kathy, que había compartido todas las confidencias de Allison y no le importó traicionar una de ellas ahora que ella y Allison se habían enfadado—. Salió muy temprano, señora MacKenzie —dijo Kathy.

—¿Estaba todavía Nellie Cross en casa cuando te fuiste esta mañana, Kathy?

—Sí, señora MacKenzie. Allison estuvo muy antipática con Nellie esta mañana. Estuvo muy antipática con todo el mundo. Llamó a Nellie vieja loca y estúpida.

—Gracias, Kathy —dijo Constance, y colgó el auricular con un fuerte golpe.

Casi enseguida volvió a descolgarlo y pidió a la telefonista que llamara a Evelyn Page .

—¿Ha vuelto ya tu hijo a casa? —inquirió en cuanto Evelyn Page contestó.

—Eso no es asunto tuyo —replicó inmediatamente Evelyn, enfadada por el tono de Constance.

—Se ha llevado a mi hija por ahí y eso sí que es asunto mío —dijo Constance—. Se la ha llevado de picnic sólo Dios sabe dónde.

—¡De picnic! —exclamó Evelyn Page, con el mismo tono que habría empleado si Constance le hubiera dicho que Allison y Norman estaban en una reunión de drogadictos—. ¿ Norman y Allison, de picnic? ¿Solos?

—No he supuesto por un solo momento, señora Page —dijo Constance con sarcasmo—, que su hijo invitara a todos sus amigos cuando vio la oportunidad de salir a solas con mi hija.

—¿Solos? —repitió Evelyn, incapaz de borrar la terrible visión que esta palabra había hecho aparecer ante sus ojos—. ¿Norman solo con Allison?

Constance colgó bruscamente.

—¿Y bien? —inquirió, volviéndose hacia Tom, que estaba cómodamente sentado en una butaca y exhalaba humo hacia el techo—. ¿Qué opinas de todo esto?

—Opino que deberíamos empezar a cenar —dijo Tom con calma—.

Y que deberíamos meter la cena de Allison en el horno para mantenerla caliente.

Después podemos jugar a las damas o escuchar discos hasta que llegue, momento en que le daremos de cenar y actuaremos como si nada extraordinario hubiera pasado.

—¡Está en el bosque con Norman Page! —exclamó Constance.

Tom la miró fijamente.

—¿Y qué? —preguntó.

—¿Y qué? —gritó Constance—. ¿Y qué? ¡Sólo Dios sabe qué están haciendo! ¡No me he sacrificado toda la vida por Allison para que se vaya por ahí con un chico! ¡No lo toleraré! —exclamó, dando una patada en el suelo y tirando el cigarrillo a la chimenea vacía—. ¡Te aseguro que no lo toleraré!

Tom no levantó la voz.

—Tendrás que tolerarlo hasta que vuelva a casa, por lo menos —dijo—. Ahora no se puede hacer nada, y si eres tan inteligente como espero, no actuarás así cuando llegue. Como me dijiste anoche, Allison cumplirá dieciséis años en otoño. Alguna vez tiene que probar sus alas.

—¡No va a probar sus alas en el bosque sola con un chico! —declaró Constance—. Vamos, iremos a buscarla en tu coche.

—Oh, ya basta —dijo Tom con desagrado—. Estás haciendo una montaña de un grano de arena.

Una madre no puede ir en persecución de una hija sin que ambas queden en ridículo, especialmente a los ojos de la hija.

Si ha habido un accidente, te enterarás enseguida.

Pero si no ha ocurrido nada, que es lo más probable, Allison nunca te perdonaría que salieras a buscarla como si tuviera seis años en vez de dieciséis. No podemos hacer nada más que esperar.

—¡Nada! —exclamó Constance—. ¡Allison no es tu hija y no te importa lo que pueda estar haciendo! Guárdate tus originales teorías sobre niños e impulsos sexuales, Tom Makris. ¡No quiero que las apliques a Allison!

Tom se mostró casi escandalizado.

—¿Por qué estás tan segura de que el retraso de Allison tiene algo que ver con el sexo? —preguntó.

—¡No seas estúpido! —exclamó Constance—. ¿Qué otra cosa puede hacer con un muchacho en el bosque? ¿Qué otra cosa tienen los hombres en la cabeza? Todos son iguales. ¡Sólo piensan en eso!

Tom no contestó, pero la miró con atención, especulativamente, y Constance le volvió la espalda y encendió un cigarrillo con dedos temblorosos.

—Me voy a buscar a Allison —dijo—. Si no me llevas en coche, iré andando.

En ese momento, Evelyn Page irrumpió en el salón. No llamó con los nudillos ni tocó el timbre, sino que abrió la puerta y entró sin anunciarse. Tenía el cabello en desorden y los ojos desorbitados y parecía, pensó Makris, realmente una loca.

—¿Dónde está mi hijo? —jadeó, y la cara de Constance se llenó de unas feas manchas rojas.

—Si le vigilaras mejor —dijo Constance—, no sólo sabrías dónde está Norman, sino también adónde ha llevado a Allison.

—Norman no se ha llevado a Allison a ninguna parte —protestó Evelyn—. En todo caso, ha sido Allison quien se ha llevado a Norman.

—No me vengas con ésas —replicó Constance—. Él es un hombre, ¿no? ¡No intentes convencerme de lo que no es! Él sabía lo que hacía. A Allison jamás se le hubiese ocurrido ir al bosque con un chico.

—¡No te atrevas a decir una sola palabra en contra de Norman!

—gritó Evelyn con histerismo—. A él no le interesan las chicas.

Nunca le han interesado. Si Allison ha logrado atraer su atención, la culpa no es más que suya.

Y tuya —concluyó con una mirada en dirección a Tom—.

Algunas mujeres suelen ir detrás de los hombres.

¡Y las hijas suelen parecerse a sus madres!

—¡Zorra! —gritó Constance, y si Tom no se hubiera levantado, se habría abalanzado sobre Evelyn.

«¡Santo Dios!», pensó Tom.

—¡Ya basta! —exclamó vivamente, y Constance se quedó inmóvil.