Peyton Place (Peyton Place 1) 15 #3
59%

15 #3

No es que culpara a Lucas por ello. No fue culpa suya que una mujerzuela le contagiara la gonorrea, y él hizo lo que debía al traspasar la enfermedad a su esposa. ¿Dónde podía un hombre dejar una cosa así para librarse de ella si no podía dejársela a su propia esposa?

Pero había algo más. Algo que debería recordar.

¿Qué era? Nellie Cross permaneció inmóvil, primero abriendo desmesuradamente los ojos y después cerrándolos con fuerza.

El esfuerzo por recordar le hizo apretar los labios, y una línea de sudor apareció encima de su labio superior. Al fin se encogió de hombros.

Esforzarse no le haría ningún bien. Por mucho que lo intentara, su pobre cabeza no le dejaría pensar qué era lo que habría tenido que recordar.

Estaba relacionado con tener un niño, y que la ahorcaran si se acordaba de algo más.

Recordaba que estaba echada en la cama y se retorcía de dolor.

Sin embargo, el doctor Swain estaba allí, tal como siempre que se le necesitaba.

Debió de quedarse toda la noche, aunque ella no recordaba haberle visto cuando amaneció.

De todos modos, no importaba. Ella ya no le necesitaba cuando amaneció.

Entonces ya había pasado todo, y oyó llorar al pequeño Joey.

Lo más raro de todo, sin embargo, fue que el pequeño Joey entrara andando desde el exterior.

Ella le vio con toda claridad, trasponiendo la puerta y gritando que su padre había desaparecido.

Fue después de esto cuando vio el pus por primera vez.

Fue después de que Joey entrara, porque entonces ella se levantó y salió al retrete.

Entonces lo vio por primera vez. Manando de su cuerpo como un río, amarillo y espeso.

Entonces comprendió que no fue un niño lo que había tenido la noche anterior.

Fue la gonorrea. Dejó que su marido la contagiara como habría hecho cualquier mujer decente.

Sin embargo, era extraño. A veces habría podido jurar que se trataba de algo relacionado con tener un niño.

Estaba segura de haber oído que el doctor hablaba de un niño.

El hijo de Lucas, dijo el doctor. Le oyó diciéndolo con toda claridad.

El hijo de Lucas. Si ahora pudiera recordar cuándo había sido...

No pudo ser mucho tiempo atrás, porque entonces hacía calor, igual que ahora, y no había llovido desde hacía mucho tiempo.

Los bosques estaban secos, le había dicho Lucas, secos como la pólvora y listos para explotar en cualquier momento.

El doctor debió de hablar del niño aquel día porque ella y Lucas hablaron mientras comían de que los bosques estaban secos y todo eso.

Habían esperado un rato a Selena, pero no se había presentado.

«Debe de estar con ese bastardo de Carter», dijo Lucas.

Lucas era un buen padre para sus hijos, tan bueno para Selena como para los suyos propios.

No dejaba que ninguno de sus hijos se desmandara.

Pero Selena siguió sin llegar, ni siquiera apareció después de oscurecer.

Y no podía estar con el joven Carter, porque él había ido a buscarla.

Lucas pareció volverse loco cuando vio que Selena no estaba con el joven Carter.

«En algún callejón oscuro, con otro bastardo», dijo Lucas, y al final, Carter y Joey salieron a buscarla.

¡Santo Dios, cómo le dolía la cabeza! Levantó los brazos y los separó todo lo que pudo, pero sus manos no llegaban a las sienes de su dolorida cabeza. Crecía más y más a cada segundo...

Allison tenía toda la razón. Su cabeza explotaría y ensuciaría el limpio suelo de baldosas.

Pero eso no era lo que Allison había dicho, ¿verdad?

No podía recordarlo con claridad. No. No, no era eso.

Allison había dicho algo de Lucas. Algo mezquino, como siempre hacía.

Y no se le podía decir nada a esa sabelotodo.

Siempre hablaba del modo en que Lucas pegaba a Nellie, y aunque Nellie le había dicho muchas veces que un hombre no va por ahí pegando a una mujer que no le importa, la señorita Allison Sabelotodo no hizo ningún caso.

Ésa siempre creía saberlo todo. Y Nellie se lo había explicado.

Cuando a un hombre no le importaba una mujer, le volvía la espalda, pero cuando le importaba mucho, y quería enseñarla bien, la pegaba.

Bueno, Allison cambiaría de opinión tarde o temprano.

Igual que todos los demás. Todos verían que Lucas era un buen hombre, incapaz de contagiar la gonorrea a nadie más que a su esposa.

Sin embargo, era extraño. Habría podido jurar que tenía algo que ver con un niño.

Un hijo de Lucas. Pero no podía ser eso, porque Lucas nunca se iría y la dejaría estando embarazada.

La pegaba mucho y eso demostraba que la quería, ¿no?

Además, allí estaba Joey, ya crecido y llorando, de modo que no podía tener nada que ver con un niño.

Sin embargo, era extraño. Oyó al doctor con toda claridad.

—Nellie.

Paseó la mirada por la cocina vacía.

—¿Eres tú, Lucas?

—Sí. Estoy arriba.

Sin experimentar el menor asombro, Nellie dejó la cocina de las MacKenzie y subió la escalera hasta el segundo piso. Miró en el dormitorio vacío de Allison.

—¿Estás aquí, Lucas? —preguntó.

—Aquí, detrás de la ventana, Nellie.

Fue a la ventana y miró la calle vacía, y entonces le vio.

—¿Qué estás haciendo ahí, Lucas?

—Estoy muerto, Nellie. Ahora soy un ángel, Nellie. ¿No ves cómo floto?

—Lo veo, Lucas. ¿Te diviertes ahí fuera?

—Bueno, siempre hay mucho que beber y nadie tiene que trabajar. Pero un hombre no está bien si no tiene a su mujer.

Nellie se rió tímidamente.

—¿Has venido a buscarme, Lucas?

—He venido a buscarte un día tras otro, Nellie. Pero nunca te quedas el tiempo suficiente en un sitio para que te encuentre, una chica guapa como tú.

—Oh, vamos, Lucas. Siempre has sido un adulador.

—Nada de eso, Nellie. Todo lo que digo es verdad. Ven conmigo, Nellie. Echo de menos a una chica guapa como tú.

—Oh, basta ya.

—Es verdad, Nellie. Eres la mujer más guapa que he visto en mi vida. Mírate al espejo si no me crees.

—Es lo que voy a hacer, charlatán.

Se acercó al armario de Allison y abrió la puerta. Se contempló en el largo espejo sujeto a la parte interior de la puerta.

—¿Lo ves, Nellie? ¿Qué te decía yo?

Ahora estaba a su lado, soplando el suave cabello de su nuca. Le vio detrás de la imagen de la delgada y hermosa muchacha reflejada en el espejo.

—Un hombre no está bien sin su mujer —murmuró Lucas—. Vamos, Nellie. Estoy muy solo sin ti. Mi cama está fría.

Nellie se alisó el cabello de la nuca con un bonito gesto.

—De acuerdo, Lucas —dijo—. Ninguna muchacha podría resistirse a tus halagos. Ahora sal mientras me visto. No tardo ni un minuto.

Mientras hablaba, Nellie acariciaba el resistente cordón de seda de la bata de Allison, que colgaba de un clavo en la parte interior de la puerta del armario, y un momento después sonreía, mientras arrastraba una silla hasta el armario.

Tuvo que intentarlo dos veces antes de pasar el extremo del cordón de seda por encima de la viga de cinco por diez que el armario ocultaba en su interior.

—Deja de pasear de un lado a otro, Lucas —rió—. Pareces un garañón. No tardaré nada. Me estoy arreglando como una maniquí que vi una vez en una revista.

—Bueno, maldita sea, Nellie, un hombre no tiene paciencia para esperar eternamente a una chica tan guapa como tú. Date prisa.

—Quería preguntarte una cosa, Lucas —dijo Nellie—, pero no recuerdo claramente qué era. Tenía algo que ver con tener un hijo.

—No está bien que una jovencita como tú piense en esas cosas —contestó Lucas—. Vamos, date prisa.

Durante el rápido segundo que siguió a la patada con que volcó la silla, y antes de que el fuerte cordón de seda de la bata de Allison MacKenzie pusiera fin a su vida, Nellie Cross lo recordó.

«¡Selena!», gritó silenciosamente. ¡Era Selena la que iba a tener un hijo de Lucas!