15 #2
—¡Muy bien! —dijo Kathy, levantándose y manteniendo lo que se enorgullecía en calificar de «calma glacial»—. ¡Muy bien! ¡Me alegro mucho de haber averiguado lo que pensabas de mí antes de que fuera demasiado tarde! ¡Adiós!
Kathy salió majestuosamente por la puerta de la cocina, moviendo con indignación sus rectas caderas.
No explicó lo que quiso decir con haber averiguado lo que Allison pensaba de ella «antes de que fuera demasiado tarde».
Allison tampoco se detuvo a preguntárselo.
Fue una salida preciosa y ambas muchachas la aceptaron como tal, sin ninguna pregunta.
Kathy bajó por Beech Street con la cabeza muy alta, deseando con toda su alma que Allison estuviera mirándola, y Allison estalló en sollozos.
—¡Mira lo que has hecho! —dijo a Nellie Cross—.
Si no fuera por ti, mi mejor amiga no estaría enfadada conmigo.
Si no fuera por ti, yo no estaría llorando y poniéndome los ojos rojos.
Tengo que preparar una cesta de comida y encontrarme con Norman dentro de una hora.
¿Qué hará cuando me vea tan despeinada y con los ojos rojos? Contéstame a eso.
—Hum —dijo Nellie—. Probablemente te echará una ojeada y correrá a su casa con su mamá.
En cuanto Evelyn le vea llegar, empezará a desabrocharse el vestido.
—También para Nellie había cosas que eran realmente inolvidables.
En primer lugar, no podía perdonar a Allison por el modo en que la muchacha parecía buscar constantes oportunidades para criticar a Lucas, quien, desde su marcha de la ciudad, se había convertido en un dechado de virtudes a los ojos de Nellie.
La segunda razón por la que Nellie se resistía a perdonar era por algo que Allison había dicho.
No lo recordaba con exactitud, pero siempre que pensaba en ello el bulto lleno de pus de su cabeza empezaba a palpitar.
Ahora estaba palpitando, y Nellie se volvió hacia Allison y lanzó una carcajada burlona—.
Puedes apostar lo que quieras, encanto —dijo—.
Evelyn no necesita nada más que ver acercarse a ese niño suyo para prepararse a alimentarle.
—¡Te odio, te aborrezco y te desprecio, Nellie Cross! —exclamó Allison con histerismo—. Estás más loca que una cabra. Más loca que la señorita Hester Goodale, y pienso decir a mi madre que no te deje volver a trabajar aquí.
Entonces, Nellie recordó la segunda razón por la que no podía perdonar a Allison. Allison había dicho que estaba loca. Eso era, pensó Nellie. Sabía que se trataba de algo cruel como eso.
—¡Estás tan loca que deberían encerrarte en el manicomio de Concord!
—gritó Allison, con voz estridente y ruda por la rabia, el furor y las lágrimas—.
No culpo a Lucas por largarse y abandonarte.
Él sabía que terminarías en una celda acolchada de Concord.
Y yo espero que sea así. ¡Te lo habrías merecido!
Allison salió corriendo de la cocina y subió las escaleras hasta su habitación. Nellie se quedó mirando distraídamente por la ventana de encima del fregadero.
—Eso no es verdad —dijo al fin—. Nada de eso es verdad. No fue por eso que Lucas hizo lo que hizo.
Pero su cabeza palpitaba violentamente y las burbujas de jabón del fregadero le parecieron espesas y viscosas, como el pus.
Allison estaba inmóvil en medio de su dormitorio.
Deliberadamente, inhaló y exhaló a fondo varias veces, hasta que el dolor de la rabia que sentía en el pecho y en la garganta disminuyó.
Después fue al cuarto de baño y se puso una toalla húmeda encima de los ojos.
No permitiría que nadie le estropeara el día, pensó.
Una vez de nuevo en su habitación, se empolvó cuidadosamente la cara y se aplicó la pequeña cantidad de lápiz de labios que Constance le permitía, después de lo cual volvió a bajar a la cocina.
Silenciosamente, sin mirar siquiera a Nellie, que continuaba ante el fregadero, Allison empezó a hacer los bocadillos.
Cuando hubo terminado de meter el almuerzo en la cesta de picnic, se sentó y miró malhumoradamente por la ventana en espera de Norman.
Cuando al fin oyó el agudo timbre de su bicicleta, cogió la cesta y salió de la cocina sin una palabra.
Nellie no levantó la cabeza, ni siquiera cuando Alli son sacó la bicicleta del porche trasero tan ruidosamente como pudo, dejando que ésta chocara con todos los escalones.
Allison y Norman repartieron el peso del almuerzo entre las cestas de las dos bicicletas y se alejaron pedaleando.
—Espero que no te hayas levantado con el pie izquierdo —dijo Allison de mal humor—. Todos los demás parecen haberlo hecho.
—Yo no —contestó Norman, sonriendo—. ¿Quién es «todos los demás»?
—Oh, Kathy y Nellie. Supongo que mi madre también. Y aunque no lo haya hecho, probablemente estará tan irritable como los demás a la hora de cenar. Hace mucho calor.
—Tendría que llover —añadió Norman mientras llegaban al final de Elm Street y enfilaban la carretera—. He oído decir al señor Frazier que la milicia del estado ha sido alertada por si se producen incendios forestales. Mira.
Señaló hacia las colinas del este y los ojos de Allison siguieron esta dirección.
—Lo sé —suspiró—. Todo el mundo lleva días y días esperando. Quizá llueva mañana.
El cielo estaba totalmente azul, tan brillante como un esmalte, y el sol relucía en todo su esplendor. En todo este espacio azul y amarillo, ninguna nube podía sobrevivir, y no se veía ningún jirón ni retazo de color blanco.
—No lloverá —dijo Norman.
Él no lo sabía con seguridad, pero ésta era la opinión que aquel día se formulaba en toda la ciudad.
Los agricultores, que habían perdido hacía tiempo toda esperanza de salvar sus cosechas, permanecían con el rostro inalterable delante del Citizens’ National Bank .
Sus rostros eran los mismos que en primavera, cuando los hombres habían sembrado la tierra.
Sin embargo, era comprensible que alguna profunda arruga en el cuello, o tallada en la piel de la nariz a la boca, se hubiera tor nado gris.
Un agricultor no podía pasar mucho tiempo contemplando sus campos quemados sin llenarse de polvo.
Los agricultores permanecían delante del banco, esperando a que Dexter Humphrey llegara y se sentara detrás de su mesa en el departamento de préstamos hipotecarios, y miraban al cielo y decían: «No lloverá».
Lo decían con el mismo tono que habrían empleado si hubiera estado lloviendo una semana y expresaran su opinión sobre el clima del día siguiente.
—No, supongo que no lloverá —dijo Allison MacKenzie, ajustándose las gafas de sol sobre el resbaladizo puente de la nariz—. Empujemos un rato, Norman. Hace demasiado calor para pedalear.
Llegaron al fin al recodo del río e hicieron lo mismo que en anteriores visitas al lugar, pero había una sutil diferencia en este día en particular.
Era como si cada uno de ellos intuyera que los sábados de la juventud son pocos, y preciosos, y esta sensación que ninguno de los dos habría podido definir o describir hacía que cada uno de los momentos pasados juntos fuera demasiado corto, desapareciese demasiado deprisa, y, al mismo tiempo, les pareciera más claro y definido.
Se bañaron, comieron y leyeron, y Norman cepilló el largo cabello de Allison.
Ella acercó la cara a él y le dijo que era igual que seda.
Como la barba del maíz en agosto, cuando la estación no era seca.
Durante un rato, fingieron que eran Robinson Crusoe y Viernes, pero después decidieron que ambos eran Thoreau y que el río Connecticut era la laguna Walden.
—Quedémonos todo el día —pidió Allison—. He traído comida más que suficiente.
—Quedémonos hasta que oscurezca —dijo Norman—. Los dos llevamos luces en las bicicletas. Regresaremos sin ningún problema.
—Veremos cómo sale la luna —dijo Allison, entusiasmada.
—Lo malo es que estamos mirando en la dirección contra ria —comentó Norman, con sentido práctico—. La luna no se levanta por encima de Vermont. Sale por el otro lado.
—Podemos imaginárnoslo —sugirió Allison.
—Sí, podemos hacerlo —aceptó Norman.
—¡Oh, qué día tan hermoso! —exclamó Allison, alargando los brazos—. ¿Cómo puede alguien estar de mal humor en un día como éste?
—Yo no lo estoy —dijo Norman.
—Yo lo estaba —confesó Allison, y por un momento el sol le pareció menos brillante—. He sido muy cruel con Nellie Cross. Tendré que pedirle perdón el lunes.
La sombra de vergüenza sentida por Allison se desvaneció rápidamente en cuanto tomó tan buena resolución. El sol recuperó toda su brillantez, y Allison asió la mano de Norman.
—¡Corramos! —exclamó alegremente—. Me siento tan feliz que podría correr durante una hora sin cansarme.
Nada le hizo sospechar que éste sería el último día de su infancia.
Durante los minutos en que Allison y Norman corrían por la franja de playa arenosa a orillas del río Connecticut, Nellie Cross se apartaba del fregadero en la cocina de las MacKenzie y se sentaba en el suelo.
Le parecía que sólo había pasado unos minutos de pie desde que Allison la dejó, pero estaba cansada.
Tenía la sensación de que su cabeza se había vuelto enorme, y se la sostuvo cuidadosamente sobre el cuello para evitar que se cayera y se rompiera en mil pedazos sobre el limpio suelo de baldosas.
Se apoyó en un armario y le pareció totalmente natural estar sentada en el suelo de la cocina un caluroso sábado por la tarde, para que sus pies doloridos descansaran de estar de pie demasiado rato en un mismo lugar.
Estiró las piernas y cruzó los brazos encima del pecho.
No haría daño a nadie, pensó, si recordaba a Lucas unos momentos, y quizás eso la hiciera sentirse mucho mejor. A veces ocurría.
Pero en aquel momento no pudo pensar en Lucas con demasiada claridad. Había demasiadas cosas dentro de su enorme cabeza llena de pus.