Peyton Place (Peyton Place 1) 15
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El día siguiente era sábado y empezó lo que Seth Buswell, sin ironías por una vez, denominaría más tarde «la mala época del año treinta y nueve».

La sequía continuaba en Peyton Place . La tierra se extendía, quemada y estéril, bajo el sol de agosto, y en el ambiente había esa peculiar y expectante quietud que se produce cuando todos los hombres, mujeres y niños observan las colinas que rodean su ciudad.

Un forastero pasó por Peyton Place a primera hora de ese sábado por la mañana.

Aparcó su coche en Elm Street y fue a la cafetería de Hyde.

Corey Hyde tenía las manos en las caderas y miraba por una ventana de la parte trasera de la cafetería.

Clayton Frazier, al lado de Corey y con una taza de café en la mano, también miraba.

El forastero estiró el cuello para mirar por encima de las cabezas de Corey y Clayton, pero por la ventana no se veía más que una hilera de colinas rematadas por árboles inmóviles y amarillentos.

—Café —dijo el forastero, y por un momento los hombros de Corey se pusieron en tensión antes de volver la cabeza.

—Sí, señor. Enseguida —respondió Corey.

Clayton Frazier se dirigió lentamente hacia un taburete del extremo de la barra, pero un taburete, según observó el forastero, desde donde el anciano podía contemplar la hilera de le janas colinas a través de la ventana.

Corey puso una taza, un plato y una cuchara sobre la barra delante del forastero.

—¿Eso es todo, señor? —preguntó Corey.

—Sí —contestó el forastero, y Corey le dejó para ocupar su lugar junto a la ventana.

Este forastero en concreto se diferenciaba de los que solían pasar por el norte de Nueva Inglaterra, o de los que venían una temporada durante el verano, en que era un hombre sensible.

Era un representante literario de camino hacia Canadá para pasar unas vacaciones con su cliente número uno, un escritor prolífico, pero alcohólico, y notó algo de la expectante tensión que invadía la ciudad donde se encontró a primera hora de un sábado por la mañana.

Dio una fuerte palmada sobre la barra de Corey Hyde .

—¿Qué le pasa a todo el mundo por aquí? —preguntó—. Actúan como si esperasen el juicio final. Hace menos de cinco minutos me he detenido en la gasolinera y el hombre que había allí estaba tan ocupado observando y esperando algo que me ha costado averiguar lo que le debía. ¿Qué espera todo el mundo?

Corey y Clayton, que se habían sobresaltado casi con temor al oír la palmada del forastero sobre la barra, no se sobresaltaron hasta el punto de contestar al forastero con una respuesta directa.

—¿Adónde se dirige? —preguntó Clayton Frazier.

—A Canadá —contestó el forastero, casi apaciguado ahora que había conseguido arrancar una respuesta a alguien en este lugar cansado y aprensivo.

—¿En coche? —preguntó Clayton, que acababa de fijarse en el Cadillac gris aparcado fuera.

—Sí —dijo el forastero—. Tengo dos semanas y pensé que el viaje en coche podía ser lento y agradable. Ahora me arrepiento de no haber tomado el tren. He pasado un calor espantoso desde que salí de Nueva York.

—Hmm —gruñó Clayton—. Nueva York, ¿eh? ¿La ciudad de Nueva York?

—Sí —contestó el forastero.

—Un largo viaje.

—Bueno, ahora ya he pasado lo peor —dijo el forastero, tomando un sorbo de café—. La frontera canadiense no puede estar a más de tres horas de aquí.

—Sí —repuso Clayton—, así es. Puede hacerlo en tres horas; y si va deprisa, incluso en menos.

El desconocido sonrió a la cara arrugada de aquel viejo no demasiado limpio.

—¿Qué prisa hay? —inquirió con afabilidad, pensando en la divertida anécdota que podría contar a sus amigos cuando volviera a Nueva York.

Practicaría aquel tonillo nasal, y cuando regresara a casa hablaría del pintoresco nativo que había conocido en el norte de Nueva Inglaterra—.

¿Qué prisa hay, abuelo? —preguntó alegremente.

Clayton Frazier dejó su taza de café sobre la barra y miró al forastero con dureza.

—Vaya deprisa, señor —dijo—. Deje atrás esa hilera de colinas lo más deprisa que pueda. Quizás esté lloviendo en Canadá.

El forastero se echó a reír. Por Dios que aquello parecía una historia de un mal escritor. «Deje atrás esa hilera de colinas, forastero, o es usted hombre muerto.»

—¿Qué quiere decir? —preguntó, tragándose la risa con el resto del café—. ¿Qué tiene que ver la lluvia de Canadá con que yo llegue rápidamente allí?

—Aquí no tenemos lluvia —le comentó Clayton Frazier, volviéndose a mirar por la ventana—. No hemos tenido desde junio.

—¡Oh! —exclamó el forastero, sintiéndose bastante decepcionado—. ¿Es esto lo que espera todo el mundo? ¿Lluvia?

Clayton Frazier no le miró otra vez.

—Incendios —dijo—. Todo el mundo espera que comiencen los incendios, señor. Si es usted listo, se irá deprisa. Dejará atrás esas colinas antes de que comiencen los incendios.

Unos minutos después, el forastero se detuvo con la mano en la puerta de su coche.

Miró hacia la hilera de colinas que había más allá de Peyton Place .

Las colinas estaban rematadas por árboles de un extraño color amarillento.

Era un tono insano, pensó el forastero. Feo.

Sin embargo, como era un hombre sensible, sintió una cierta aprensión.

Miró las inmóviles colinas amarillas y le pareció ver una veloz raya roja.

Se imaginó el modo en que la raya roja se movería, ansiosamente, vorazmente, casi alegremente, a través de la seca quietud que rodeaba Peyton Place .

El forastero subió a su coche y se alejó, y, cuando poco después observó que el cuentakilómetros indicaba ciento veinte, se burló de sí mismo pero no aminoró la velocidad.

Los que esperaban y observaban estaban en todas partes, pero aparte de esto, ese sábado empezó igual que otros innumerables sábados de aquel verano.

Allison MacKenzie y Kathy Ellsworth, que habían pasado la noche juntas, desayunaban en la cocina de las MacKenzie poco después de que Constance se hubiera marchado a la tienda.

Tomaban huevos, tostadas y café, y el sol iluminaba el mantel amarillo.

Nellie Cross fregaba ruidosamente los platos para insinuar a las muchachas que terminaran y se marcharan, pero ellas no le prestaban atención.

—He vivido más tiempo en Peyton Place que en cualquier otro sitio —dijo Kathy, mordisqueando distraídamente una tostada.

Estaba contemplando un grupo de malvarrosas que crecían junto a la valla de estacas blancas a través de la ventana.

El césped y las flores de las MacKenzie eran los más bonitos de Beech Street, y se habían mantenido así durante las semanas de sequía gracias a los cuidados de Joey Cross, a quien Constance había contratado con este fin—.

No querría marcharme jamás —continuó Kathy—.

Y no nos marcharemos. Mi madre le ha dicho a mi padre que no nos marcharemos.

—Yo sí que me marcharé —declaró Allison— en cuanto termine los estudios en la escuela superior. Iré a Barnard College . Está en la ciudad de Nueva York.

—Yo no —dijo Kathy—. Nunca me marcharé de aquí. Me casaré con Lew y viviré siempre en Peyton Place y tendré una familia numerosa. ¿Sabes una cosa?

—No. ¿Qué?

—Lew y yo compraremos una casa después de casarnos.

—¿Qué tiene eso de extraordinario? Todas las personas casadas terminan comprando una casa. Es algo que forma parte de esa estulta y absurda costumbre.

—Nosotros nunca hemos tenido una casa propia.

Hemos vivido en diecinueve casas distintas desde que nací y nunca hemos tenido una de propiedad.

Mi madre quiere comprar la casa que ahora tenemos alquilada, pero mi padre carece de crédito.

Así lo dijo el señor Humphrey, el del banco.

Yo creo que, de todos modos, él habría prestado el dinero a papá, pero el señor Harrington no le deja.

El señor Harrington dice que mi padre supone un riesgo demasiado grande.

—Podéis comprar una casa como la barraca de Nellie —dijo Allison, alzando cruelmente la voz para asegurarse de que Nellie la oyera.

No la había perdonado sus comentarios sobre Norman y Evelyn Page .

—¿Cuánto costaría una casa como ésa? —preguntó Kathy con seriedad.

Nellie no contestó ni miró a Allison. Miró el agua que llenaba el fregadero y se frotó la vena de su brazo izquierdo.

—Oh, prácticamente nada —contestó Allison con el mis mo tono estridente—.

Por Dios, todo el mundo puede comprar una barraca.

Lew podría ser un vago borracho y abandonarte, y tú podrías ser una vieja loca con pus en las venas, pero de todos modos podrías poseer una barraca.

Cualquiera puede poseer una barraca, incluso las personas locas y estúpidas que tienen la idea loca y estúpida de que son mejores que otras.

Al fin, Kathy se dio cuenta de la tensión que la rodeaba. Se volvió a mirar a Nellie y después se volvió hacia Allison.

—Eres mezquina, Allison —dijo con seriedad—. Y cruel.

—Igual que muchas otras personas —afirmó Allison, avergonzada de haber sido sorprendida en tan flagrante acto de crueldad pero incapaz de retroceder—. Como, por ejemplo, las personas que insultan a los demás y cuentan sucias mentiras sobre la gente. ¡Supongo que esto no es mezquino ni cruel!

—Se supone que debes presentar la otra mejilla —dijo virtuosamente Kathy, satisfecha de experimentar esta sensación de rectitud a expensas de otra persona—. Se lo he oído decir mil veces al padre Fitzgerald, y tú también.

—Quizá sí —replicó Allison, furiosa—, pero también he leído algo sobre arrancar el ojo que te ultraja. Esto se refiere a las personas a quienes consideras amigas, pero que van por ahí defendiendo a otras.

—Si lo dices por mí, Allison MacKenzie, atrévete a decirlo abiertamente. No seas tan solapada.

—¡Oh! —exclamó Allison, ofendida—. Ahora soy solapada, ¿verdad? Pues sí, Kathy Ellsworth , lo decía por ti. Ya está. ¡Creo que eres una tonta y una estúpida, hablando siempre de tu casa alquilada y de tu querido Lewis Welles, y de todas esas tonterías sobre casarte y tener niños, niños, niños!