14 #3
—En primer lugar, Freud jamás afirmó tal cosa, pero lo pasaremos por alto. Y en segundo lugar, yo no pongo el sexo en el mismo plano que las cosas que has nombrado. Lo pongo a continuación del instinto de conservación, donde debe estar.
—Oh —dijo Constance, con un gesto de impaciencia—, los hombres me ponéis enferma. Supongo que estabas dominado por este impulso básico a la edad de quince o dieciséis años.
—Catorce —repuso Tom, y se rió al ver la expresión de su cara—.
Tenía catorce años. Ella vivía en un cuarto del mismo piso que yo y la sorprendí en el lavabo del final del pasillo.
La tomé estando de pie, con el olor de las patatas hervidas demasiado rato en demasiada agua y la porquería y la orina a nuestro alrededor, y me gustó.
Incluso podría decir que me encantó, y deseé volver a hacerlo cuanto antes.
—Y ésta es la segunda cosa que me molesta de ti —dijo Constance—.
La primera es el modo en que siempre destrozas mis argumentos, y la segunda es el modo en que pareces tratar de ser deliberadamente crudo.
No te importa lo que dices, ni a quién. A veces creo que te pasas las noches despierto pensando en las cosas que puedes decir para escandalizar a los demás.
—Razonamiento falso —contestó Tom—. ¿Qué debo hacer contigo?
—No hables de ese modo —dijo ella—. No es necesario ni bonito.
—¡Dios mío! —exclamó Tom—. ¡Bonito! Algunas de las cosas que digo quizá no sean especialmente «bonitas», pero son ciertas.
Quizá no fuera bonito por mi parte tener relaciones sexuales con la pequeña Sadie, o como se llamara, en un lavabo del pasillo, pero es cierto.
Sucedió, y sucedió exactamente como te lo he contado.
Además, mi reacción fue tal como te he dicho.
¿Qué hay de ti? Supongo que no pensaste jamás en el sexo hasta que estuviste casada, y entonces te presentaste ante tu flamante marido toda dulzura y virginidad, sin un solo pensamiento de anhelo.
Constance titubeó un momento. Era una oportunidad perfecta. Podía devolver la sonrisa a Tom y decir: «La verdad es que no era mi marido». Esta noche sería una buena ocasión para decirlo, antes de hablar con Allison. Levantó los ojos hacia la cara expectante de Tom, y el momento se desvaneció.
—La verdad —dijo— es que así fue. Y siguió siéndolo. El sexo siempre fue algo que le permití como una especie de favor.
—¡Qué mentirosa eres! —exclamó Tom.
Constance notó que tenía las manos frías mientras esperaba temerosamente sus siguientes palabras.
Ahora vendría. Ahora la miraría con desprecio y diría: «Jamás fue tu marido.
Eres una mentirosa. Era tu amante y le diste un hijo.
Tu situación era igual que la de Betty y Rodney, con la diferencia de que tú eras lo bastante mayor para saber lo que hacías».
—¡Qué mentirosa eres! —repitió Tom—. ¿Quieres hacerme creer que cuando te entregas a mí es para hacerme un favor?
—Contigo es distinto —dijo Constance, y terminó apre suradamente su bebida—. Pero de todos modos —añadió, con una risa nerviosa—, nunca me harás creer que es lo más adecuado para unos niños. Caramba, si Allison llegara a hacer algo así, la mataría.
—Hay una historia bastante macabra que ahora viene a cuento —dijo Tom mientras se levantaba y dejaba un billete sobre la cuenta que el camarero había llevado—.
Es sobre una mujer que vistió a su hijita con un traje nuevo.
Dijo a su hijita que si salía de la casa y se caía en el barro, la mataría.
La niña salió de la casa y se cayó en el barro y su madre la mató.
—¿Es un chiste? —preguntó Constance, tomándole del brazo mientras se dirigía hacia el coche.
—No lo creo —repuso Tom.
Constance se apoyó cómodamente en el respaldo del asiento delantero del coche.
—Quizás haya exagerado un poco —dijo—. Pero hablo en serio cuando digo que no toleraría que Allison se comportara como ha hecho Betty durante años.
Afortunadamente, no tengo que preocuparme por eso.
Allison no es así. Dudo que piense alguna vez en ello.
Siempre tiene la nariz metida en un libro y la cabeza en las nubes.
—Entonces te aconsejo que vigiles lo que lee —repuso Tom—.
Como me dijo una vez una niña de catorce años que creyó enamorarse de mí: «Al fin y al cabo, señor Makris, Julieta sólo tenía catorce años».
Vigila que Allison no empiece a pensar igual que Julieta.
O aún peor, igual que Mademoiselle de Maupin .
—¿Qué es eso? —preguntó Constance—. Ese nombre francés.
—Es el nombre de una famosa novela de un francés llamado Gautier —dijo Tom y se echó a reír.
—Ahora te burlas de mí porque mi educación literaria es muy deficiente. No me importa. No tengo que preocuparme por Allison. A sus dieciséis años, aún le encanta leer cuentos de hadas.
—Pensaba que sólo tenía quince.
—Bueno, cumplirá dieciséis en otoño —le contestó Constance, mordiéndose el labio inferior—. Y falta poco para el otoño.
—Sí, muy poco —dijo Tom—. La escuela abrirá dentro de dos semanas.
—Hablaré con ella mañana, sobre nosotros —dijo Constance—. Quizás el verano próximo...
—Claro que sí —dijo Tom, y apoyó el pie en el acelerador.
El coche se deslizó velozmente por la carretera en dirección a Peyton Place .