14 #2
Allison apagó la luz y las dos muchachas se metieron en la cama.
Allison empezó a inventarse una historia de amor intelectual.
Según ella, el amor intelectual se diferenciaba del amor físico en que un intelectual, cuando quería besar a una chica, primero le decía que sus labios eran como el terciopelo carmesí.
En realidad, el amor intelectual estaba lleno de imágenes tales como ojos tan profundos como estanques, dientes como perlas y piel como el alabastro.
—Si habla tanto —dijo Kathy con soñolencia—, ¿cuándo tiene tiempo para hacer otras cosas?
Allison se quedó dormida pensando que la próxima vez que estuviera sola con Norman intentaría lograr que dejara de ser un intelectual durante un rato.
Aproximadamente a esa misma hora, Constance MacKenzie y Tomas Makris estaban sentados en el bar del Hotel Jackson de White River.
Ella y Tom, pensó Constance, pasaban mucho tiempo en restaurantes y bares.
No podían ir a otro sitio. Constance no quería ir al apartamento de Tom en la rectoría y no le gustaba tenerlo en su casa cuando Allison estaba allí.
Sin embargo, mientras levantaba su segunda copa, Constance pensó que empezaba a estar cansada de los bares y restaurantes.
—Si estuviéramos casados —dijo Tom de repente—, sólo saldríamos a tomar una copa y a cenar cuando quisiéramos. En nuestro aniversario de boda, por ejemplo.
—Estaba pensando en lo mismo —admitió Constance—. Empiezo a sentirme como un viajante, cuyo hábitat natural es el bar más cercano.
—Ésta —dijo Tom— es la mejor oportunidad que me has ofrecido en más de dos años. Ahora, lo natural es que yo diga: «¿Entonces, ¿cuándo?», de modo que lo diré. Entonces, ¿cuándo? ¿O quieres que lo adorne un poco? Algo como: «Entonces, querida, sé mía. Dos pueden vivir con el mismo dinero que uno».
—Tres —dijo Constance.
—Tres pueden vivir con el mismo dinero que dos. Con tu casa y mi sueldo.
—Oh, basta ya —dijo Constance con cansancio.
Tom bajó los ojos hacia su copa.
—Lo digo en serio, Connie —declaró—. ¿A qué estamos esperando?
—A que Allison sea mayor.
—Hemos tenido esta misma conversación tantas veces —le dijo Tom— que ya deberíamos saber lo que el otro va a contestar.
—Tom —dijo ella, cubriéndole una mano con las suyas—, pronto empezaré a hablar a Allison de nosotros. Tengo que ir muy despacio. Ella ni siquiera sabe que estoy pensando en volver a casarme. Pero se lo insinuaré pronto, Tom. Para ver cómo se toma la idea.
—No me gusta parecer insistente —repuso él—, pero ¿cuándo lo harás?
Constance reflexionó unos instantes.
—Mañana por la noche —contestó—. Ven a cenar.
—Apoyo moral, ¿eh?
Constance se echó a reír.
—Sí —admitió—. Además, si estás donde ella pueda verte no creo que sea capaz de oponerse a la idea de un padrastro tan guapo.
—Lo oigo, pero no lo creo —dijo Tom, levantando dos dedos en dirección al camarero—. Sin embargo, me encantan las celebraciones prematuras.
—Le diré: «Allison, los años pasan. Pronto serás mayor y me dejarás. Ya es hora de que piense en alguien con quien compartir mi vejez».
—Espera un poco más y ni siquiera nos quedará eso.
—¿Qué?
—La vejez.
Se cogieron de la mano y se sonrieron mirándose a los ojos.
—Somos peores que una pareja de jovencitos —dijo él—, cogidos de la mano y soñando despiertos.
—Hablando de jovencitos —dijo Constance—, ¿no es espantoso lo de Betty Anderson ?
—Todo depende de lo que consideres «espantoso» —repuso Tom, soltándole la mano cuando el camarero les llevó las bebidas—.
Espantoso que le haya tocado la peor parte, sí.
Espantoso que el chico de Harrington se haya librado de todo, sí.
Particularmente espantoso que Leslie Harrington hiciera lo que hizo, sí.
Pero por lo demás, no tan espantoso. Ni inesperado, por cierto.
—Por el amor de Dios, Tom —dijo Constance—. Cómo puedes aceptar con tanta tranquilidad que niños de quince y dieciséis años vayan por ahí... —Hizo una pausa, en busca de la frase adecuada—. Vayan por ahí haciendo cosas —terminó.
Tom sonrió.
—Pues así es —dijo.
—¿Me dirás también que, si nos casáramos y Allison hiciera algo, se metiera en un lío, o incluso si tuviera suerte y no llegara a... —Se interrumpió, incapaz de encontrar las palabras para expresar sus pensamientos.
—Si Allison, o cualquier otra chica, va por ahí, digamos que haciendo cosas, no puedo decir que lo encuentre tan horrible como tú querrías que lo encontrase —repuso Tom, cruzando los brazos y apoyándose en el respaldo de su silla.
—Por el amor de Dios, Tom. Es anormal en una criatura de esa edad. No es normal que un crío piense demasiado en el sexo.
—¿A qué te refieres con «demasiado»?
Una de las pocas cosas de Tom que molestaban a Constance era su costumbre de cuestionar de sus argumentos toda palabra cuestionable.
Constance había descubierto que, con mucha frecuencia, Tom podía quitar todo el sentido y la lógica a sus opiniones haciéndole decir exactamente lo que ella quería significar, palabra por palabra.
—Con la palabra demasiado —contestó con brusquedad—, quiero decir lo que he dicho.
Es pensar demasiado en el sexo cuando una niña de quince años permite que un niño como Harrington se la lleve de paseo y haga lo que quiera con ella.
Si Betty no hubiera pensado demasiado en el sexo durante años, ni siquiera sabría cuándo un chico quiere llevársela de paseo por lo que puede conseguir. La idea no entraría en su cabeza.
—¡Uf! —exclamó Tom, encendiendo un cigarrillo—. ¡Qué confundida estás!
—¡No lo estoy! No es normal que una muchacha de quince años sea tan lista como Betty. Bueno, al parecer no lo ha sido bastante.
—Yo me inclinaría a pensar que si Betty, a los quince años, no pensara en el sexo, sería anormal.
Mucho más que si pensara en él, cosa que evidentemente ha hecho.
Creo que cualquier muchacha normal —dijo él, apuntándola con el cigarrillo—, y «normal» es una palabra tuya, no mía, ha pensado mucho en el sexo.
—¡Está bien! —concedió Constance de mala gana—. Pero pensar y hacer son dos cosas distintas. Y nada de lo que digas me hará creer que es totalmente normal que dos niños como Betty Anderson y Rodney Harrington vayan por ahí haciendo... cosas el uno con el otro.
Tom alzó una ceja.
—¿Qué demonios tienes contra las palabras relaciones sexuales? —preguntó—. Son muy útiles y exactas. Sin embargo, prefieres devanarte los sesos durante quince minutos para encontrar un equivalente.
—Lo llames como lo llames, sigo considerando inadecuado que los niños lo hagan.
—En los últimos minutos —dijo Tom— has calificado lo que pasó entre Betty y Rodney de «espantoso» y «anormal», y ahora de «inadecuado».
Yo no voy por ahí defendiendo la fornicación en todas las esquinas y tener un hijo ilegítimo en todas las casas, y por estas razones admitiré que no lo considero «adecuado».
Pero puesto que sé que un joven de quince o dieciséis años, y a veces menos, está físicamente preparado para el sexo, no puedo estar de acuerdo en que Betty y Rodney sean «anormales».
Y como también sé que, además de que un joven está físicamente preparado para el sexo a los quince o dieciséis años, su mente ha sido educada y condicionada para el sexo y siente un impulso básico hacia él, no puedo estar de acuerdo contigo cuando dices que Betty y Rodney te parecen «espantosos».
—Un impulso básico —se burló Constance—. Ahora me apabullarás con tus términos freudianos y me dirás que el sexo es como comer, beber y defecar.